El día parecía destinado a concluir con la misma tranquilidad que tantos otros en la escuela del maestro Lutao. Él y Jaquelin tuvieron un fuerte entrenamiento de puños que puso a muchos de los espectadores al borde de sus asientos.
En cuanto se despide de sus estudiantes, se alegra de que Jaquelin haya tomado en serio su entrenamiento, porque en pocas semanas ha progresado bastante, aunque le queda un largo recorrido para dominar cada arte de los siete maestros de su escuela.
Ya afuera, cerrando las puertas con aldabas, está por ofrecerle a Jaquelin una merecida felicitación cuando un extraño resplandor lo hace girar. El día era claro, con el cielo despejado, y aquella luz no provenía de ningún mago o de algún cuerpo celeste. Era parecido al aura de A’iana. Se pregunta si podría ser ella; si ha regresado.
Permite que el arte del destino le revele la respuesta. Pronto descubre que no se trata de ella, sino de otra persona a punto de despertar el poder que todos poseemos.
—¿Maestro? ¿Ocurre algo? —Jaquelin también dirige su atención hacia la misma dirección—. ¿Hay algo allá?
—Alguien está cerca de usar el arte del destino —responde.
Jaquelin recurre a su magia para extender su percepción, aun así no encuentra a nadie. Hasta hoy, no lo ha presenciado emplear aquella habilidad. Lo que no puede negar es que realmente posee un poder único, tal como su estudiante A’iana. Los golpes que lanza durante los entrenamientos contienen tanta fuerza y precisión que ni los músculos ni la práctica por sí solos serían capaces de alcanzar.
—¿Quién cree que podría ser? —lo pregunta, con la esperanza de escuchar el nombre de A’iana.
—No lo sé. Lo que sí sé es que se trata de alguien que pese al terror que siente, está dispuesto a enfrentarlo con lo que tiene.
Jaquelin frunce el ceño. La idea de que otra persona pudiera acercarse a ese poder, le produce una molestia difícil de ocultar.
—Entonces eso significa que va a obtener el arte del destino —lo comenta sin ocultar su mal humor.
—No; despertarlo no es lo mismo que dominarlo, pero de todas formas le va a servir —Lutao se vuelve hacia Jaquelin—. Bueno, ¿te gustaría acompañarme a cenar? Hay algo que quiero decirte.
Ella se sorprende por el repentino cambio de tema y, sin objetar, acepta. Otra cosa que siempre le ha parecido curioso de su maestro es que no le gusta usar magia o, al menos, no depender demasiado de ella, pese al empeño que pone en aprender sus múltiples aplicaciones.
En rumbo al restaurante favorito de Lutao, decide apartar de su mente el hecho de que está allí para asesinarlo algún día.
Volando en el cielo, el dragón de Jidka se reúne con el resto de los dragones. El casco que tiene ahora pesa más que el anterior. La trompa destinada a suministrarle aire le resulta incómoda, pero los cristales frente a sus ojos son tan transparentes que se comparan a los de anteojos. Sus oídos también permanecen protegidos, tanto así que puede escuchar sus propios latidos.
Las siguientes señales hechas con manos y dedos que recibe de Yizé le indican que van a aumentar la velocidad. Lo único positivo es que si sobrevive, ya no estará tan asustada de volar.
A ambos lados surcan numerosos dragones, demasiados para contarlos, junto con varios magos.
Presiona el botón en su asiento para que Yizé pueda ver, a través de su espejo, los signos que hace con las manos para que le diga cuántos dragones participarán en la misión. Él le hace saber que serán alrededor de tres mil, un poco menos de la mitad de todos los dragones disponibles.
De ellos, solo doscientos cincuenta transportan las bombas especiales, y en el que viajan, es uno de ellos. También agrega que los más grandes son los que cargan las armas pesadas. Jidka mueve la cabeza de un lado a otro y distingue los artefactos parcialmente ocultos entre las patas encogidas.
Por el momento se concentra en su trabajo en lugar de pensar en las innumerables maneras en que aquel podría ser el último día. Su asiento tiene la capacidad de elevarse un par de pies, lo suficiente para situarla en la cabina de proyectiles. Esa cabina ofrece una mínima protección contra el viento que en su parte superior consiste de paneles y cristales reforzados.
El lanza-cohete es un modelo que ya ha utilizado antes que ofrece una ropulsión superior a la que está acostumbrada. El auto-cargador almacena un total de sesenta y cinco proyectiles, una cantidad insuficiente para un enfrentamiento prolongado. También dispone de un rifle montado que sí cuenta con abundantes municiones junto con su propio sistema de carga automática.
Su deber consiste en derribar a cualquier mago que intente detenerlos. Suena simple en concepto, sin embargo, en práctica, es todo lo contrario. Un combate en tierra firme no se compara a uno en el aire encima de un dragón; mucho menos cuando los adversarios poseen poderes mágicos. La cantidad de factores que tendrá que considerar para siquiera acertar se va a multiplicar cuando tengan que evadir ataques. Antes de que pueda ponerse a calcular la velocidad a la que se desplazan, una señal de Yizé la apresura a prepararse.
A nueve millas de la armada enemiga, los dragones comienzan a ascender por encima de las nubes. Ella se aferra con fuerza a su asiento y contempla cómo el resto imita la maniobra. No puede escuchar lo que transmite la radio, pero Yizé se encarga en comunicarle que el refuerzo imperial acaba de desplegar a sus magos para interceptarlos.
Ella prosigue a activar el mecanismo que eleva su asiento. Con cada pulgada que la acerca a la cabina, la presión del aire la empuja más contra las barras. Una vez que los engranajes se detienen, ella se halla protegida por los paneles que son capaces de desviar los fuertes vientos.
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