Pasos hacia el Destino

Capítulo 148, Rasgos de los Maestros

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Ambas armadas de Phong y Yalos no se conceden ni un instante de descanso; ambos presionan a sus fuerzas a seguir luchando.

Yalos conserva la esperanza de que sus refuerzos aniquilen la retaguardia de los dragones; lo único que tiene que hacer es aguantar. Con ese objetivo, ordena a todos sus magos disponibles a atacar cada barco enemigo.

En el otro frente, Phong deposita la misma confianza en Yizé y sus dragones. Está convencido de que sus magos romperán el centro y la columna de la línea imperial. Por ello, ordena a su flota mantener un fuego incesante sin ceder terreno.

Yizé logró ver el ataque que acabó con el mago que estuvo a punto de matarlos. Se vuelve hacia Jidka y nota el mal estado de su hombro por la forma en que lo sostiene. Le pregunta si se encuentra bien y, al recibir una respuesta afirmativa, la felicita. También le pide que se prepare, porque lo peor aún está por llegar.
Ella todavía siente el ardor en el pecho. Ha logrado detener la hemorragia con el parche médico que también debía reducir el dolor de la quemadura; por el momento no hacía un buen trabajo. Si se entonara en tierra, correría directo adentro de un pozo de agua. Aun así, agradece seguir con vida. Viendo que su dragón, pese al dolor, las quemaduras y los agujeros que desgarran sus alas, continúa obedeciendo a Yizé, encuentra el deseo de seguir luchando.
Al día le queda media hora de luz antes de que el sol desaparezca. Aquello es favorable y perjudicial. Lo bueno es que les ofrecería cobertura, lo malo es que a estas alturas Yizé lo considera más un inconveniente, pues los magos pueden ver mejor que ellos en la oscuridad. De todas formas, atacar la flota de refuerzos directamente les va a costar. Le hubiera gustado tener más tiempo con Cloí o por lo menos despedirse de ella, de su padre y de su madre.
Contemplando el enorme sol en la distancia, reducido ya a la mitad, le invade la nostalgia al pensar que mañana se va a elevar en los cielos sin él. Después baja la vista hacia la fotografía de la persona con la que estuvo cerca de compartir su vida; espera que al menos, ella pueda ser feliz.

Aún le queda una cosa por hacer: darle una oportunidad a su compañera.

Jidka recibe el mensaje de Yizé que busque el mecanismo de liberación situado debajo de su asiento. Lo encuentra al tantear una especie de asa por la que puede introducir la mano. Él le indica que para liberarla primero tiene que girarla en el sentido del reloj. Le sigue explicando que la use cuando se quede sin municiones o si él o el dragón queden incapacitados. Antes de acabar, le agradece por su servicio.
Ella permanece admirándolo, no solo por la inspiración de un hombre valiente o porque su vida depende de él, sino porque experimenta algo por primera vez. En el silencio de su casco gira la cabeza de un lado a otro y empieza a percibir extrañas voces que su corazón interpreta como los sentimientos de su gente, incluso los de los dragones. Durante esos breves segundos, el dolor, la preocupación y las dudas se desvanecen.

Se pregunta de que quizá el golpe que recibió fue demasiado fuerte. Aun así, una pequeña parte de ella anhelaba que aquello fuera cierto.

Con un enorme sacrificio, los dragones consiguieron deshacerse de los magos, pero otro grupo, más grande, se dirige hacia ellos. El plan no cambia: proteger a los doscientos cincuenta dragones que transportan las bombas.
Yizé fija la vista en el comunicador, deseando escuchar la voz de Cloí; con el casco puesto y el rugido del viento envolviéndolo, aquello ya era imposible.
—Te amo... —murmura al rozar la fotografía de ambos, tomada durante su primera cita. La punta de su dedo recorre el rostro de la joven de piel morena, iluminado por su sonrisa.

Cuando aparta la mano de la imagen, acepta que ha llegado el momento de cumplir su misión. Extrae el arma de la funda de su chaleco y la alza hacia el cielo. Está a punto de disparar, consciente de que, una vez lo haga, no habrá un paso atrás. Entonces, al ver caer a otro dragón, aprieta el gatillo.

A las ocho y media de la tarde, dos mil quinientos dragones repliegan sus alas y se lanzan abajo. Los magos imperiales descargan una lluvia de rayos que destroza a decenas de ellos, pero esta vez los jinetes no se detienen. En respuesta, Jidka y los demás lanceros de cohetes disparan en un desesperado intento por detener la masacre, los proyectiles son destruidos antes de alcanzar su objetivo. Ella no soporta ver cómo los dragones se colocan para protegerlos, caen uno tras otro. Incluso cuando se hallaban cubiertos de sangre o con una sola ala, ninguno deja de entregarse al sacrificio.
Incapaz de soportarlo por más tiempo, cierra los ojos y trata de extraer el poder que logró despertar momentos atrás. Aprieta los puños con fuerza, buscándolo, intentando reencontrarse con aquella extraña sensación.
Cuando vuelve a abrirlos, permite que sus sentimientos la guíen una vez más.

Todo lo que la rodea se reduce en velocidad. Percibe cada fuerza que la envuelve y su conciencia se expande hasta sobrepasar los límites de lo que ella pensaba ser posible. Capaz de distinguir las barreras que aparecen y desaparecen entre los destellos de las explosiones, descubre el punto más vulnerable. Sin apartar la vista, aguarda el instante preciso... y dispara.

El cohete que abandona la formación de dragones parecía idéntico a los demás, por lo que los magos esperaban detenerlo sin dificultad. Levantan las mismas barreras y cuando debería estallar, el proyectil las atraviesa. El asombro que se produce en ellos no era diferente al de Yizé y de los otros humanos.
Más magos alzan nuevas defensas, y ninguna consigue frenarlo. Intentan derribarlo con rayos, pero ya era demasiado tarde. La explosión arrasa a cientos de ellos y, antes de que el resto pueda procesar lo sucedido, otro cohete ya los había alcanzado.




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