Pasos hacia el Destino

Capítulo 149, Cartas

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—Mis días en “Rivia” están por acabar. Esta será la última carta que escriba desde este lado del mundo.
La voz que emerge del papel, afirma que Muler tiene entre sus manos las últimas palabras del autor del libro que descansa junto a él, sobre el escritorio. Entre todos los volúmenes que han catalogado durante todo el día, la caja llena de cartas y el libro médico son los únicos que decidió mantener a su lado por el momento. Tal vez sea porque, de algún modo, siente una conexión con aquel hombre.
Son las cinco de la mañana y, cada vez que termina una de aquellas cartas, no puede resistirse a comenzar la siguiente. Ha aprendido mucho de ese anciano. La razón por la que decidió emprender un viaje a cada rincón del mundo fue para cumplir la promesa que le hizo a su pequeño amigo.
Durante más de quince años recorrió cientos de millas en busca de las enfermedades más extrañas, aquellas cuyos síntomas específicos atacan el cuerpo femenino. A lo largo de ese recorrido logró ayudar a decenas de personas, ampliando el conocimiento médico.

Las cartas de la caja estaban dirigida a su mejor anfitriona, la persona que le proporcionó los recursos necesarios para continuar con su labor: la reina de Laod, Belanir Bosha.

Su última paciente fue una aldeana atacada por un agresivo virus que induce el cancer en el cuerpo. Describe que al principio los síntomas son leves; no obstante, basta poco tiempo para que la víctima comenzara a sufrir intensos dolores de vientre. Pasó meses buscando tratamientos capaces de frenar la propagación de la enfermedad, aunque en cada intento el virus demostraba ser el mayor obstáculo. Incluso los magos fueron incapaces de ayudarla, pues cada vez que intervenían, la infección reaparecía.
Para Muler, lo verdaderamente impresionante no fue que aquel anciano lograra curarla, sino que jamás perdió la fe en que era posible encontrar soluciones incluso para los desafíos más difíciles.
La historia de la ardilla no lo recuerda como el hombre más valioso de esos tiempos, sino como un anciano de corazón quebrado. Ahora comprende que aquel pequeño animal no solo cambió la vida de una reina, sino también la de un hombre que había perdido tanto a su familia como su propia identidad.
—Han pasado tantos años, pero todavía extraño a nuestro querido amigo. A veces sueño con mi familia junto a Nube, viendo a mi hijo jugar con él; espero volver a verlos pronto. Tengo que agradecerte por toda la ayuda que me has brindado durante todo este tiempo. Lo único que puedo decir es que logramos salvar a muchas personas y, al final, eso es lo que verdaderamente importa. Siempre les hablo de una reina de mi país que descubrió el verdadero significado de la compasión y el amor, y que está destinada a cambiar el mundo.
Muler se detiene por un momento al notar que, a diferencia del resto de las cartas, aquella en particular presentaba arrugas y marcas que permitían deducir que habían sido provocadas por lágrimas y por la fuerza con que fue apretada.
—Sé que no me queda mucho tiempo y espero que mi trabajo pueda ayudarle cuando él lo necesite. Por eso tengo que pedirte un favor. Sé que este tipo de libro va a dejar de ser útil cuando la magia siga avanzando y, con toda probabilidad, terminará desapareciendo con el paso de los años. Lo que pido es que conserves uno para que logre sobrevivir.
A su lado descansa el libro que aquel hombre escribió para ella. Se dice que quizá por esa razón no contiene el nombre de su autor. También piensa que sucedió lo que predijo y que, en efecto, todos los ejemplares publicados en aquella época desaparecieron.
—Gracias por todo y espero verte pronto. Tu amigo, “Yoleh Siag”.
Una de las razones por las que Muler se siente satisfecho es que ahora conoce el nombre completo no solo del autor del libro, sino también del protagonista de la historia de la ardilla. Entre sus manos reposan las pruebas de que, por más que aquella historia parezca un simple cuento, realmente ocurrió.
Junto a ellas también se encontraba la carta de Nevia, en la que confesaba su tristeza tras enterarse de que Yoleh había fallecido al día siguiente de su regreso a Laod.
Al terminar de leer la carta, la dobla con cuidado y la guarda en su sobre antes de devolverla a la caja. Luego junto con el libro, los coloca adentro de otra caja y, antes de cerrarla, se quita los guantes para guardarlos en el gabinete.
Desearía quedarse con el original; no obstante, carece de la influencia necesaria cuando sabe muy bien que a la Gran Emperatriz le gusta coleccionar libros de gran relevancia, especialmente aquellos relacionados con el pasado. Al menos, su hallazgo le otorgará una buena recompensa.

Observando que ya eran las seis de la mañana, se levanta de la silla y se deja caer sobre la cama para disfrutar de un merecido descanso.

***

En la capital de Encan, Zachin recorre el centro de comercio. Sabe que algo importante está por sucederle; puede sentirlo en la piel, incluso en los huesos.
Otra persona la saluda: el vendedor de panes que suele reservarle sus mejores barras. Esta vez le entrega un bolillo con queso, completamente gratis y ella le dedica una sonrisa bajo la sombra de su sombrero. Un poco más adelante, uno de los mejores fruteros le obsequia una bolsa de ensalada de frutas recién cortada. Al igual que el panadero, se la entrega sin pedir nada a cambio.
Se pregunta si la vida que ha construido en aquella ciudad será la razón por la que se siente de ese modo. Sabía que tarde o temprano el papel de Yiduit llegaría a su fin, aunque jamás imaginó que eso la afectaría de semejante manera. Aquellos días de tranquilidad habían transformado su forma de pensar.
Continúa su camino hasta salir del centro comercial en dirección a su hogar. El sendero que la guía, le afectan las piernas como si se tratara de una empinada. El esfuerzo de solo caminar de regreso, le hace entender que hoy es el último día en que va a poder llevar puesta su máscara.
Mientras carga la bolsa con los regalos de personas convencidas de que es alguien bondadosa, se sumerge en sus pensamientos. Tiene la oportunidad de renunciar, escapar hacia cualquier lugar y empezar de nuevo. Todavía es joven; todavía conserva las fuerzas; Aún no ha manchado sus manos con sangre inocente: todavía tiene tiempo.
Cierra los ojos y reflexiona.
El demonio que habita en ella le exige luchar, no solo por su gente, sino también por su lugar en la cima de todos los clanes, en la Zulier. La guerrera que lleva adentro le recuerda que esto no es distinto de las innumerables batallas contra sus enemigos; apenas es una nueva versión de aquella misma guerra. La mujer que también forma parte de ella le susurra que, cuando todo termine, podrá alcanzar una vida mejor y, quizá, encontrar el amor que la ayude a dejar atrás este episodio de su existencia.
Se pregunta si cada una de esas facetas representa lo que realmente es, la vida de alguien que nunca ha dejado de luchar. Entonces, ¿por qué su cuerpo es incapaz de librarse de aquella enorme duda? No comprende por qué le aterra la idea de convertirse en la persona que acabe con la vida de la princesa. ¿Será porque le arrebatará una madre a una bebé? ¿O porque tuvo que fingir ser su amiga? Se esfuerza aún más por encontrar una respuesta que explique la emoción que desestabiliza su ser. Ella no es una buena persona y jamás lo ha sido; ha matado y no tiene sentido que, a estas alturas de su vida, empiece a preocuparse.
—¿Por qué me siento de esta manera? Dímelo —le pregunta a aquello que habita en su corazón y que intenta detenerla.
Se detiene frente a la calle donde se encuentra su casa, con la cabeza inclinada. Aunque el sol brillaba con intensidad, una sombra parecía envolverla. Sus ojos permanecen clavados en la oscuridad de aquella incertidumbre que se niega a ofrecer una respuesta a alguien que todavía no está preparada para escucharla. Al decidir desafiar su destino, el destino de todos los que la aman y de quienes llegarán a amarla comienza a resquebrajarse.




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