Siguiendo la instrucción, toma un profundo tazón de aire y empuja con todas sus fuerzas.
—Ya lo puedo ver —anima la enfermera—. Toma aire, respira. ¡Empuja!
Los gemidos y gruñidos de agonía que suelta no consiguen borrar la felicidad que siente. Cuando vuelve a hacer fuerza, una intensa punzada recorre su cuerpo cuando su carne se desgarra para abrir paso a los primeros gritos de una nueva voz en el mundo. Sin concederse un instante de descanso, empuja una vez más y otro llanto de otro bebé se suma a la habitación.
Las lágrimas que se resbalan por sus mejillas se mezclan con el sudor y con la débil sonrisa de quien por fin ha conseguido aquello que tanto había anhelado.
—Bien hecho cariño. ¡Bien hecho, Zachin! —exclama Eucalis sin soltarle la mano.
Ella no tiene que esperar mucho para sostener a sus mellizos, que al tenerlos, de inmediato dejan de llorar. Sin haberse dado cuenta, su dolor se había ido, y lo único que ella quería en ese instante era desearles una buena vida, tanto para los dos como para Miguel y Ana, sus otros hijos.
Eucalis prosigue a besarle la frente antes de tomar a uno de los bebés, al que había nacido primero, mientras que ella se prepara para escuchar el nombre que tenía preparado.
—Tu nombre será Éfratan, Éfratan Yanos —declara Eucalis. Luego toma a su otro bebé—. Y tú serás Nívilis, Nívilis Yanos.
Aunque el cansancio está por vencerla, reúne las fuerzas para grabar aquel instante en su alma, con la esperanza de recordarlo por siempre. Con sus dos hermosos hijos a su lado, permite que el nuevo capítulo de su vida dé comienzo.
Cinco meses después del nacimiento de sus mellizos, y a pesar de querer permanecer junto a ellos, decide que ha llegado el momento de regresar a su puesto como capitana de la Zona 3 de la capital. En cuanto cruza la entrada del cuartel, todos sus compañeros, miembros de su extensa familia, salen a recibirla. De los veintiuno, la jovencita de dieciséis años llamada Usina, hermana de la teniente Garra, es quien le da el abrazo más fuerte, acompañado de felicitaciones.
Ella les agradece a todos y, poco después, se preparan para salir a la ciudad e iniciar las rondas.
El día transcurre tan rápido que, antes de darse cuenta, ya está de regreso a su hogar, donde toda su familia la espera. Ya no viven cerca de las catedrales, sino en la Zona 8, donde las casas son mucho más espaciosas y adecuadas para una familia grande.
De las tres sirvientas que tuvo en Encan, solo le queda María, quien ahora comparte su posición de ama del hogar con el mayordomo de Eucalis. A juzgar por lo que ha visto, se llevan bastante bien. No sabe mucho de Yang, pero espera que la este pasando bien en su país. En cuanto a Juana, siempre será una buena amiga de la princesa Isabel.
Bajándose de la carreta, encuentra a Eucalis sosteniendo a sus mellizos junto a Miguel y Ana, con quienes ella se ha vuelto especialmente protectora. Ana es la primera en recibir un beso, seguida por Miguel, que se cuelga de su cuello durante unos segundos.
—¿Cómo fue el día, cariño? —pregunta Eucalis, con evidente ganas de entregarle a uno de los pequeños.
Ella finge no entender sus intenciones y le ofrece una larga explicación de su jornada. Por supuesto, eso causa que Eucalis se frustre y, antes de que de verdad se moleste, le sonríe, tomando a Nívilis para entrar a la casa llena de deliciosos aromas de comida.
Con el paso de los años, ella asciende adentro de la corte de la Emperatriz hasta convertirse en una de los cinco comandantes de todas las fuerzas.
Ocho años después.
Hoy está a cargo de la seguridad del palacio real y de los invitados que han llegado para celebrar la bendición de la princesa de Qinton. Si era sincera consigo misma, su labor consistía más en supervisar la organización de la ceremonia que en preparar la defensa, pues nadie se atrevería a atacar el país cuando una Diosa lo protegía de manera literal.
Las carretas no cesan de cruzar las calles con provisiones para el banquete, adornos y toda clase de suministros. También llegan artistas encargados de los espectáculos y de los concursos. Entre los recién llegados distingue a una pareja con un niño sentado en el regazo de la mujer. La reconoce enseguida como una de las mejores reposteras del reino. Era natural que hubiese sido invitada para preparar los postres de la celebración, pero no sabía que tuviera un hijo.
Se dirige a ellos para recibirlos personalmente.
—Hola —saluda, extendiendo la mano para comprobar el certificado de invitación.
—Hola —responde Eali, entregándole el documento con el sello oficial.
—¿Cómo están? ¿Ese es tu hijo?
—Muy bien —contesta Liyul, animando a su pequeño a saludarla—. Sí, es mi hijo Ámilis. Di hola.
Zachin descubre que el niño es muy tímido y, además, uno de los más hermosos que ha visto. Cuando él le sonríe apenas logra contener el impulso de acariciarle las mejillas. Tras revisar el certificado, les permite el paso.
Las horas transcurren y cuando ya no puede soportar la hambre, se dirige al comedor con la intención de tomar un par de piernas de pollo fritas. Antes de llegar, algo llama su atención: uno de los guardianes personales de la Emperatriz se alejaba con el hijo de la pastelera.
La curiosidad la lleva a seguirlos.
Sin perderlos de vista, comprueba que ambos se dirigen afuera del palacio. Planea detenerlos y preguntar por qué se lo llevaba consigo. Estaba a punto de hacerlo cuando, a la distancia, Ansaidifel los esperaba junto con Sabari.
Hace cuanto puede por acercarse sin ser descubierta, hasta quedar detrás de un árbol. Desde allí los observa sin poder escucharlos. En cuanto el guardián se retira, las dos reciben a Ámilis con una alegría imposible de ocultar. La Emperatriz no pierde tiempo en abrazarlo y cubrirlo de besos.
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