Pasos hacia el Destino

Capítulo 151, Paraíso, (2)

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Durante el viaje a Mos, Belanir permanece preocupada con Tomás, que no deja de señalar todo lo que ve por la ventana. Ella nombra los árboles, los animales, las aves y los objetos en el cielo para que él lo repita. Con paciencia y cariño lo anima en cada intento y, cuando consigue pronunciar los nombres correctamente, le da un beso.
Se siente afortunada de tenerlo a su lado, que después de todo lo que ha sucedido, aún tiene una razón para seguir adelante. Contemplando los grandes y tiernos ojos de Tomás, sabe que ha llegado el momento de confesarle a Yoleh lo que estuvo a punto de hacer aquella noche; ojalá pueda perdonarla.
—¿Mami? —dice Tomás, colocando la palma en la cara de Belanir.

Esa simple palabra conmueve el corazón de quien había anhelado escucharla durante tanto tiempo. Ella lo abraza con fuerza, esperando que, cuando llegue el día de revelar lo que les hizo a sus padres, él también sea capaz de perdonarla.

En la entrada del pueblo, la carreta se ve obligada a detenerse por la enorme cantidad de gente que ha llegado. A Belanir no le cuesta creer que todos estén allí para decir adiós a la persona que se dedicó a protegerlos. Por todas partes se puede ver a la gente listas para celebrar la ocasión con comida y bailes.

Sale del carruaje y antes de seguir a la gente, les pide a sus guardianes que la esperen, pues desea ir únicamente con Tomás.

Muchos la reconocen y, aunque todavía le guardan cierto rencor, aceptan que también ha venido a despedirse del hombre que les cambió la vida. Ella acepta el trato que recibe de quienes preferirían mantenerla lejos. La mayoría hace lo que pueden por ignorarla; apenas unos pocos la saludan, más por temor a que descubra sus identidades.

Más adelante, atravesar la muralla de personas que se ha congregado parece ser imposible a pie. Había tantos que algunos se encontraban sobre los techos, y otros, sentados en las ramas de los árboles. Sin otra alternativa, agarra a Tomás y ambos se elevan hacia el cielo. Al ser la única capaz de hacerlo, nadie puede evitar alzar la cabeza. En cuanto desciende, ocupa un lugar al frente de la multitud, donde se encuentra directamente con el rostro de Yoleh. No tenía pensado acercarse más y, cuando él la invita a acompañarlo, lo hace.
El anciano Yoleh se alegra al ver que Tomás esté sano y feliz. En aprecio, le dedica una sonrisa a Belanir antes de dar un par de pasos hacia el podio.
—Es con tristeza que tengo que despedirme del lugar donde he vivido durante muchos años. Aquí construí mi vida, aquí encontré al amor de mi vida y aquí nació mi hijo. Y, aunque ellos ya no estén conmigo, siempre me acompañarán en mi corazón. También debo pedir perdón por haber ignorado las disculpas, por permitir que el odio y el resentimiento consumieran mi alma. Pero, gracias a un gran amigo, comprendí que aún me queda tiempo y pienso dedicar lo que me resta a ayudar a quienes lo necesiten. Jamás me olvidaré de ninguno de ustedes, que nunca dejaron de tenderme una mano.
Para sorpresa de todos los presentes, Yoleh invita a la reina a que se coloque a su lado.

—Al igual que nuestro amigo Nube, yo también voy a confiar en ella, en nuestra reina Belanir. Estoy seguro de que cuidará de ustedes de ahora en adelante. Gracias a todos por venir y desearme un buen viaje.

Al terminar, los aplausos inundan el aire junto con los vítores de personas que hasta sus abuelos le debían mucho. Aquella muestra de confianza obliga a Belanir a que se reproche otra vez por lo que pudo haber hecho de no haber sido por él.

Horas más tarde, adentro de la casa de Yoleh, ella descubre que casi todo ha sido empaquetado. Se pregunta si piensa llevárselo consigo, pero, al fijarse en las cajas, nota que llevan nombres de personas y lugares. Varias de ellas decían juguetes para el orfanato.
Tomás no está con ellos y, una vez que ambos toman asiento en la mesa de la cocina, Yoleh le sirve una taza de mate que de inmediato le recuerda a Nube.
—Sabe rico... Lo que dijiste, eso de poner tu confianza en mí, no me lo merezco. En realidad no merezco nada. Ni amor, ni amistad, ni gratitud —admite Belanir, aferrada la taza con ambas manos.
Yoleh se detiene unos segundos y luego le ofrece un pedazo de pastel.
—¿Todavía no eres capaz de perdonarte? —pregunta mientras toma asiento al otro lado de la mesa.
—No sabes lo que hice. No sabes quién soy en realidad —susurra Belanir, apretando los labios.
—Lo único que puedo decirte es que no hagas lo mismo que yo y rechaces al mundo. Aún tienes mucho tiempo; aprovéchalo para reparar el daño que has causado.
Ella no quería perder su amistad, aun así, necesitaba confesar la verdad.
—Estuve a punto... de asesinarte. Aquel día que fuiste al bosque, yo estaba allí con una daga... y eso no es lo peor —confiesa con las mejillas llenas de lágrimas incapaces de alzarlos para verlo—. Yo liberé el virus que pudo haber acabado con miles de humanos.
Él no sabía la magnitud de su maldad; de que ella fuera la responsable de la tempestad que enfermó a decenas de niños.
—¿Por qué?
Se encontraba tan alterada y sofocada que hasta su sudor se le estaba saliendo.
—Porque los odiaba... Porque odiaba mi vida... y quería que otros sufrieran más que yo...
Ella esperaba escucharlo decir a que se marche y que no desea volver a verla.
—Hiciste bien en admitirlo. Tal vez no pueda perdonarte por todo lo que hiciste, pero no te guardo rencor, porque sé que has cambiado.
Aquellas palabras alzan la cabeza de Belanir.
—Lucha por ellos y estoy seguro de que algún día serás capaz de perdonarte —agrega tomando la parte de un padre.
La roja expresión de Belanir se posa en la persona que siente que le ha cambiado su destino.




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