Pasos hacia el Destino

Capítulo 153, Paraíso, (4)

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Con varias carpetas de documentos sobre el asiento junto a ella y sin dejar de escuchar los incesantes sonidos de galopes, Zachin ya puede ver las largas rejas del castillo imperial. Hoy, sus defensas permanecen en máxima alerta; incluso docenas de buques de guerra patrullan los cielos.
Ha logrado deshacerse de sus dudas por el momento, hasta se siente un poco sorprendida por ese cambio de actitud. Ahora que puede concentrarse, dirige su atención en la misión.
Una decisión que ha tomado es que no va a matar a la princesa por la espalda. Eso no significa que tenga pensado arriesgarse más de lo debido; simplemente le concederá la oportunidad de defenderse. También debe mantenerse atenta al tiempo, pues alrededor de las nueve y media comenzarán las explosiones, las cuales, además de debilitar a los magos, servirán como la señal para que todos los agentes abandonen la capital.
Es seguro que su guardiana, Drágala, estará cerca de ella. Preferiría no verse obligada a matarla; aun así, lo hará si no le deja otra alternativa. Lo mismo ocurrirá con cualquiera que se interponga en su camino. Al menos no tendrá que preocuparse por Diluvi’Yudax, quien en estos instantes se encuentra con la emperatriz de Imas.
El cargo que ha conseguido en la corte no es uno prestigioso; consiste en redactar documentos para estandarizarlos conforme al idioma legal y actualizar sus sellos. Sin ese puesto, habría sido mucho más difícil entrar, sin importar que fuera amiga de la princesa. En un día como este, además, su presencia habría despertado demasiadas sospechas.
En cuanto repasa otros detalles de la misión, el carruaje finalmente llega a la entrada y antes de que puedan continuar por los cercos de arbustos que conducen a distintos sectores del complejo imperial, los guardianes los detienen. Su conductor les informa de que ella pertenece al personal de la corte y a pesar de que les muestra la documentación correspondiente, uno de ellos se acerca a la ventanilla para pedirle a que salga.
Bajando del carruaje nota que muchos otros vehículos están siendo inspeccionados.
—Dama Vianlinet, disculpe la molestia, pero necesito revisar el carruaje —indica el guerrero.
Ella accede sin protestar. Comprende que esa medida es para combatir contra las nuevas armas de la usurpadora, las cuales, según tiene entendido, fueron creadas en Pumas.

La inspección concluye con rapidez y, tras recibir la autorización para avanzar, ella le agradece con una sonrisa.

Minutos después, está rumbo a la biblioteca por los pasillos abiertos cuando alguien la llama.
—¡Yíduit! Hola —saluda Juana, quien por estos días podría pasarse con una de las amas de la corte.
—Hola, ¿cómo estás? —Zachin percibe la inquietud reflejada en su expresión.
—Bien. Bueno, la verdad estoy preocupada por lo que pueda suceder. Ojalá todo se resuelva pronto —comenta mientras camina a su lado.
—Yo también lo espero. ¿Y cómo está Isabel?
Juana guarda silencio un instante antes de responder, procurando encontrar las palabras adecuadas.
—Ella... no está segura de lo que debe hacer. El otro día me contó que su madre le pidió que regresara a su reino, pero tú sabes que está casada con el príncipe y tiene una hija. No lo dice abiertamente, pero es evidente lo mucho que le duele todo lo que está ocurriendo en su país.
Ni la tristeza de aquellas palabras ni el amor de una hija por su madre consiguen conmover el corazón de Zachin.
—Entiendo. Yo tampoco sabría qué hacer. ¿Por qué no le preguntas si quisiera cenar juntas; las tres? Tal vez eso le levante el ánimo —propone Zachin con una sonrisa que protege sus verdaderas intenciones.
—Por supuesto. Estoy segura de que la idea le agradará. Voy a preguntarle a que traiga a Deiyora.
—¡No! —La exclamación escapa los labios de Zachin que por un instante casi pierde el control del color de sus ojos—. Quiero decir... no sería prudente, porque tengo pensado beber un poco.
—Tienes razón. Se lo preguntaré de inmediato y creo que aceptará. Si no, seremos solo nosotras dos.
—Claro. Estaré en mi oficina.

Al verla alejarse, Zachin se siente afortunada de que las circunstancias se hayan vuelto más favorables. Está casi convencida de que Isabel aceptará; lo único que necesita es retenerla hasta las nueve y, si no aparece su guardaespaldas, mejor aún.

Durante las horas siguientes aparenta dedicarse a su trabajo, pero en realidad estudia cada sala del castillo en los planos: sus salidas, sus dimensiones, el número de ventanas, el grosor de sus paredes. De todas ellas, tres resultan las más adecuadas por sus salidas en caso de que las cosas no salgan como ella quisiera.

Una vez que termina de repasar su plan, se dirige al lugar donde ha decidido matar a la princesa. La sala se encuentra en el ala oeste del castillo, donde se almacenan las uvas y barriles de vino, un sitio perfecto para ocultar un arsenal. El ambiente es medio oscuro y, apenas da la primera bocanada de aire, huele el aroma de las distintas variedades de licor. No es tan amplia como había imaginado; sin embargo, sus muros son lo bastante sólidos para soportar un duelo final. Lo que le queda, es avisar a su contacto para que deposite el equipo de armas en ese lugar.

Sabe que hay un total de nueve espías, incluyéndola. Uno de ellos es un guerrero encargado de proteger el sector norte; otra es una empleada encargada de limpiar las habitaciones. Del resto no conoce sus identidades. De ese modo, cada integrante dispone de la información de dos contactos para que, en caso de ser capturado y torturado, únicamente pueda revelar dos nombres. Aquel mago será quien le entregue lo que pida, así que parte de inmediato en su búsqueda.

Al salir afuera, no tarda mucho en encontrarlo conversando con un grupo de cinco que cualquiera confundiría con amigos inseparables. Él ocupa el centro, con una amplia sonrisa y los brazos apoyados sobre los hombros de sus compañeros. Ella empieza a seguirlos, procurando que él se percate de su presencia.




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