Sin poder imaginar las verdaderas consecuencias de sus acciones, Zachin se levanta de su asiento, adoptando el papel de una de las tres amigas del concierto.
—hola —saluda con el mejor disfraz que se haya puesto.
En cuanto habla con la princesa y Juana, de forma imperceptible, dentro de sus iris comienzan a destellar hilos que existen más allá de los fotones, de la luz y de la oscuridad; hilos que no obedecen a ninguna fuerza física y que, aun así, se entrelazan para dar forma a las emociones. Allí, en uno de los dominios del Destino, los sentimientos de Belanir se preparan para enfrentarse a los de una mujer que ha decidido abandonar el sufrimiento a cambio de un mundo de sueños: el paraíso de su familia.
Los labios de Zachin no son capaces de decir ni una verdad. En cambio, se acerca a la princesa para hacerle saber que está allí si la necesita y que puede contar con ella para lo que sea. Isabel no tarda en alegrarse de tener una amiga como ella y le confiesa, con el corazón abierto, cuánto aprecia sus palabras, sin saber que su vida está en riesgo de terminar.
—Tengo hambre —anuncia Juana, tomando ambas manos de Isabel y Zachin.
—Yo también —responde Isabel—. ¡Vamos!
—Sí —confirma Zachin, lista para matarla.
Las tres salen del cuarto y se dirigen al comedor, dejando atrás la habitación cerrada, que brevemente conserva el eco de sus voces y una presencia más. Aquella figura que se mezcla entre las sombras conserva las últimas imágenes de su creadora: las de Zachin.
Adoptando la forma femenina sin rasgos definidos, esa emoción atraviesa el techo y se interna en el oscuro cielo. Su aceleración es tal que pronto abandona el planeta y se adentra más allá del sistema solar. Sin que transcurra un segundo, ya está saliendo de la galaxia para tocar la siguiente. El poder de los hilos le permite sobrepasar miles de ellas, hasta que finalmente abandona el universo.
Desde esa expansión, la emoción incrementa aún más su velocidad y en el horizonte que se forma, una mujer se hace visible.
En aquella luz se despliega la vida de Zachin: una demonia traicionada por su propio clan, una mujer condenada a existir en un mundo que la desprecia y, finalmente, alguien que encuentra el amor hasta casarse con un ángel. En esa vida, además, tiene hijos: dos adoptados y otros dos que ella misma da a luz.
La emoción prosigue su recorrido, contemplando las imágenes de Zachin, quien solo deseaba que esa felicidad continuara, hasta que los Sextos llegaron y destruyeron todo lo que había construido..
Cuando finalmente alcanza el futuro, la emoción encuentra el hogar de Zachin. Desciende a través del techo y llega hasta su habitación, donde la descubre descansando junto a Eucalis. Permanece allí durante un instante y, al siguiente, se desvanece, consumida por los sueños de aquella a quien pertenece.
Zachin revive los fragmentos de acontecimientos ocurridos mucho tiempo atrás. Se revuelve de un lado a otro, afligida por haber tenido que matar a alguien que jamás le había hecho daño. La intensidad de aquella emoción termina por obligarla a despertar.
Al descubrir que no había sido más que una pesadilla, se incorpora sin hacer ruido y se dirige hacia la puerta. La abre con cuidado y la cierra para salir por el pasillo. Camina sin hacer ruido hasta llegar al cuarto de su preciada hija, donde cerca a la ventana se ve la cuna de Yudaxia.
Hace todo lo posible por no despertarla cuando la toma entre sus brazos y la estrecha contra su corazón. Con su niña en sus brazos, se acerca más a la ventana.
—Mi bella Yudaxia, ya nada podrá lastimarnos. Podemos vivir felices para siempre —murmura Zachin sin apartar sus labios de su pequeña—. Juntos. Todos nosotros. Tu padre, Éfratan, NÍvili, Ana y Miguel viviremos en este paraíso, donde nadie nos separará; ni los Sextos, ni el transcurso del tiempo… o el Destino.
Inclina su mejilla con la de su bebé, feliz de haber alcanzado el poder necesario para proteger lo que ama.
Cuando la devuelve a la cuna, los ojos de Zachin adquieren lentamente un tono rojizo y la sonrisa, antes rebosante de alegría, se transforma en una mueca torcida, marcada por la obsesión y el desquicio. Su cuerpo empieza a alargarse de manera sobrenatural, hasta casi rozar el techo; debajo de ella, el suelo cruje bajo el peso que ahora debe soportar.
—Sigue durmiendo y sigue soñando —susurra Zachin. Su cabello comienza a retorcerse sobre sí mismo.
Minutos después, entra en su cuarto y, procurando no despertar a su amado esposo, se acomoda en la cama para volver a dormir.
***
En otra parte de lo que queda de esa existencia, en el último universo y hogar del Guerrero Imbatible, Ámilis se encuentra pensando qué podría regalarle a su esposa para el día de los regalos, pues ya ha terminado de fabricar el juguete para Liliul.
La muñeca de madera todavía necesita ser pintada. Cuando está por escoger los colores que empleará para el cabello y los ojos, Yudaxi sienta el plato de almuerzo en la mesa.
—Te quedó bonita —comenta, dejando a su lado el guisado de puerco.
Él alza la cabeza hacia ella. En su semblante se aprecian las huellas de sus numerosas batallas: el ojo izquierdo es falso y le falta la mitad de la ceja de ese lado. Al sonreír, sus dientes postizos quedan al descubierto. En el otro lado de la cabeza perdió una oreja, aunque su cabello consigue ocultar parcialmente su ausencia.
—Solo espero que le guste —murmura con voz ronca, ligeramente entrecortada debido a las múltiples fracturas que su mandíbula ha recibido.
Yudaxi le asegura que le encantará. Aquellas palabras hacen que Ámilis deje la muñeca sobre la mesa, revelando también la falta de dos de sus dedos, donde su anillo de matrimonio tiene que ser cargado por su dedo índice. Él la agarra de la cintura y la atrae para que se siente en su regazo. Ella recibe el afecto de un hombre que, después de tantas peleas y pérdidas de varios de sus amigos, todavía puede expresar su afección.
—Estás muy cariñoso hoy —comenta Yudaxi, jugueteando con el cabello de Ámilis.
—Contigo, siempre.
Están a punto de besarse cuando la puerta se abre. Al descubrir que es Liliul, dando saltos, alegre por haber ganado, Ámilis se apresura a esconder la muñeca.
—¡Mamá, papá, he conseguido el primer puesto! ¡Y miren mi rana! —exclama la niña de ocho años, con el rostro sucio de barro y exaltada por su victoria, como si acabara de conquistar el premio más grande de todos los tiempos tras enfrentarse a los adversarios más feroces del pueblo.
Asustado por más extraños seres, el animal se altera y emplea todos sus músculos para zafarse de los dedos de su prisionera. Liliul trata de sujetarlo, pero sus manos cubiertas de lodo terminan facilitándole la huida. La rana se impulsa en el aire y acaba sobre la cabeza de Yudaxi.
Por unos segundos Yudaxi se mantiene inmóvil, pero al sentir las diminutas patas suelta un grito. Ámilis no puede ayudarla sin correr el riesgo de revelar el juguete, así que se limita a pedirle calma mientras guarda la muñeca adentro de una bolsa.
—Es solo una rana —le asegura él.
Yudaxi, lejos de tranquilizarse, comienza a dar saltos para librarse del animal. Antes de conseguirlo, termina sentada en el suelo, con el rostro enrojecido y el vestido cubierto de pequeñas manchas de barro; Liliul queda con la cara aún más sucia que antes, y Ámilis rompe a carcajadas, invitándolas a reír con él. Ambas aceptan de inmediato.
Los tres se ríen durante un buen rato, hasta que la espada colgada en la pared comienza a vibrar.
Ámilis habría querido prolongar aquella alegría y disfrutar un poco más de la felicidad junto a ellas, pero se obliga a acercarse al arma. Yudaxi comprende que ese es su deber y que hay personas que necesitan de su protección.
—¿Te vas a ir? —pregunta Liliul.
—Sí, pero regresaré pronto. Mantén el plato caliente —responde Ámilis, tomando la espada.
—Te esperaremos —asegura Yudaxi, orgullosa de ser su esposa.
—Adiós, papi —dice Liliul que a pesar de tener el rostro sucio, sus palabras eran las más emotivas para su padre.
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