Manteniendo su vida cotidiana, Zachin se prepara para salir. Como de costumbre, Eucalis y sus dos gemelos regresan del campo de entrenamiento. En cuanto entran, ambos Nívili y Éfratan mantienen expresiones de muchachos que ni siquiera juntos pudieron derrotar a su padre. Eucalis, en cambio, les desea buena suerte la próxima vez sin que reciba una palabra a cambio.
—Te gusta poner sal en la herida —comenta Zachin antes de despedirse de sus hijos, que se apresuran a entrar a sus cuartos.
—¿Qué clase de padre sería si iría fácil con mis hijos? Tienen que aprender que aún les queda mucho para convertirse en verdaderos guerreros. De todas maneras, tú tampoco vas fácil con ellos. Hay días en los que apenas pueden caminar después de entrenar contigo.
—Conmigo es diferente —indica Zachin, asegurando su espada en su cinturón.
—¿De qué forma?
—Yo soy la más fuerte en la familia y del ejército y, si no fuera por la Diosa y el Maestro Lutao, sería la más fuerte del continente —aclara Zachin—. Por esa razón, no hay competencia entre nosotros.
—Creo que deberíamos comprobar esa declaración; ¿quién de los dos es más fuerte?
—Cuando quieras, mi amor. Cualquier hora, cualquier lugar.
Para no comprobar si Zachin habla en serio, Eucalis le avisa que tiene que alistarse, aunque antes le da un beso en los labios, uno que pone de buen humor a ambos.
Horas más tarde, sentada en su oficina, se pone a pensar en el más grande acontecimiento que afectó a cada habitante del planeta. Lo extraño es que nadie parece dispuesto a hablar de aquel evento. O quizá no sea tan raro como imagina, porque ella misma quisiera olvidarlo por completo. Se ha calculado que por lo menos una cuarta parte de todas las personas murieron. Está a punto de pensar en otro detalle de la guerra y en lo que pudo haberle sucedido a su familia, cuando se da cuenta de que está desperdiciando el tiempo.
En vez de eso, decide concentrarse en los reportes que ha recibido en la mañana. El Imperio de Pumas ha comenzado a rearmarse. Lee cada página y, al final, concluye que no tienen de qué preocuparse: sin Sol’yudax, carecen de un líder capaz de dirigir sus fuerzas.
Viendo cómo las aves viajan por el cielo desde la ventana, le parece que los días se están yendo demasiado rápido que el fin de año es en un par de semanas. Eucalis y ella han planeado viajar al continente de Apas para celebrarlo en el Valle de los Dragones. Les habría gustado que Ana y Miguel los acompañaran, pero al menos sus gemelos y sus novias han decidido ir con ellos.
Una de las cosas que le queda por solucionar son sus migrañas. No son dolorosas; más bien son una molestia. Se presentan con mayor frecuencia cuando intenta recordar ciertas memorias que terminan en mareos de cabeza. Los magos que la atienden insisten en que el problema es psicológico y que, si se profundizan en sus recuerdos en los mundos de los demonios, es probable que puedan ayudarla. La otra opción es pedirle a la Diosa que intervenga. Si eso tampoco funciona, quizá lo mejor sea aceptar que tendrá que convivir con aquella molestia por el resto de su vida.
En cuanto termina de leer los reportes del día, se levanta de su asiento y sale de la oficina. Allí, sus capitanes le traen a su hija.
—Hola, mamá. He terminado mis estudios y vine para visitarte —anuncia Yudaxia.
Zachin se sorprende por lo tanto que su hija ha crecido; a catorce años ya está a punto de alcanzarla en altura.
—Hola —responde Zachin mientras agradece a sus amigos por traerla—. ¿Te apetece algo? ¿Por qué no vamos por unos postres?
Su hija asiente con una suave sonrisa.
Durante el camino hablan de chicos, en especial de aquellos que Yudaxia considera apuestos. El primero que menciona es al hijo de la cantante Shi’el, un muchacho de diecisiete años cuya voz es comparable a la de su madre. Otro de los nombres que menciona es el hijo de la princesa, que solo tiene once años. Admite que es un poco infantil, pero que si se convierte en un hombre como su padre, podría terminar siendo el más deseado del país.
Al prestarle mayor atención a su hija, se fascina de la rebosante vida que tiene. Alza el brazo y lo posa en el hombro de Yudaxia para acercarla. Las dos siguen conversando de más chicos, de las vacaciones que planean tomar y muchas otras cosas. Hasta que su cabeza vuelve a molestarla.
—¿Sucede algo? —pregunta Yudaxia.
Zachin se ve obligada a soltar a su hija.
—¿Mamá?
—Estoy bien, estoy bien. Es un simple mareo —dice Zachin para tranquilizarla.
—¿Por qué no regresamos? —propone Yudaxia sin apartarse de ella, visiblemente preocupada.
—En serio, estoy bien, cariño —asegura Zachin.
Las dos esperan un par de minutos más antes de reanudar el camino.
Cuando están a punto de cruzar la calle para llegar a la pastelería, Zachin nota por el costado del ojo un reflejo peculiar: el de una olla en medio de la calle. Gira de inmediato sin que la encuentre. No sabe por qué, pero ese objeto la aterra.
Trata de calmarse y a Yudaxia que no dejaba de suplicarle a que le de la mano. Entonces otro reflejo vuelve a aparecer. Esta vez, junto a la olla, también había un niño. En un intento por deshacerse de aquellas imágenes, dobla el cuello y de nuevo otro reflejo le muestra a alguien que se acerca al pequeño: una mujer.
—¡Mamá! —exclama Yudaxia, incapaz de hacer otra cosa que observar a su madre llevarse las manos a los oídos.
—No, no, no... ¡Déjenme en paz! —exige Zachin antes de hacer añicos los vidrios.
Las personas que presencian lo ocurrido se acercan para ayudar a la comandante del reino, que termina tendida en el suelo.
A medida que las voces se vuelven distantes, tanto de los ciudadanos como la de Yudaxia, Zachin abre sus verdaderos ojos y descubre sus manos cubiertas en escamas. Tiene que bajarlas para olvidar, aunque sea por un instante, lo que realmente es.
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