Pasos hacia el Destino

Capítulo 157, Paraíso, (8)

·········⋆ 𓆩༶𓆪 ⋆·········

Está a punto de amanecer en Laod, y la lluvia todavía golpea los tejados.
Belanir junto a Tomás bajan las escaleras para preparar el desayuno. Él ya tiene ocho años y, de la misma forma, su país ha cambiado. Tuvieron que pasar varios años, pero su gente ya no está tan dividida como antes y a pesar de que las cosas no son perfectas, las reformas que impuso han dado buenos frutos. Una de ellas es la imparcialidad de las leyes: no importa si alguien es mago, rico o sea la reina; la justicia es la misma para todos.

La otra, probablemente la más importante por encima de las regulaciones de contratos, la libertad y la prosperidad, es el servicio humanitario. La norma exige que después de alcanzar los dieciséis años, cada habitante debe dedicar dos años a mejorar las condiciones de la población, de lo contrario uno no podrá participar en elecciones o en los rangos de la corte. Hubo mucha oposición a su implementación, sin embargo, era una medida necesaria para transformar el país. Para conseguir que todos la cumplieran, ella tuvo que dar el ejemplo.

Hoy es el último día del servicio que ha realizado en el orfanato de Mos. Durante dos años, ha lavado, cocinado, atendido de los animales y los jardines. Ella se detiene antes de pisar el primer piso.
—¿Mamá? —pregunta Tomás sin dejar de ir la mano de su madre.
—¿Por qué no hacemos un mate hoy? —propone Belanir, recordando tanto a Yoleh como a Nube.

—Sí —responde Tomás con una sonrisa, haciendo que su madre lo acompañe.

Ella ha vivido en el orfanato por casi veinticuatro meses y, aunque de vez en cuando ha tenido que regresar a su castillo para ayudar a sus ministros, puede decirse que ha cumplido con su deber.

En cuanto coloca la leña en la estufa, debe levantar la olla que le ha servido en alimentar a treinta niños, una cifra que algunas veces ha alcanzado hasta los cincuenta. Es la misma que Nube le preparó el mate aquel día y cada vez que la usa, le trae buenos recuerdos. Ha pensado en llevársela consigo y regalarles otras nuevas, porque, en el fondo, siente que esa olla contiene algo especial. No solo por las memorias que guarda, sino porque representa su nueva vida.

Para no desperdiciar nada, las cáscaras de frutas que había cortado el día anterior, su hijo se las trae. Había restos de mangos, plátanos, piñas y muchas otras que las echa adentro para darle buen sabor al agua que empieza a hervir. Mientras tanto, su hijo continúa llevándole los ingredientes que necesita. Ella fríe huevos, prepara el pan y hornea numerosas galletas.

Con la llegada del sol, después de casi dos horas, los dos terminan.

Al salir al comedor, la reciben las voces de los niños que ya no pueden esperar para probar los platos hechos por una de las mejores cocineras que el orfanato haya tenido. Los demás encargados la ayudan a repartir los platos y vasos, que no tardan en tener que ser rellenados de más comida y mate.

El último en recibir su plato es Tomás, que aguarda pacientemente sin dejar de admirar a su madre trabajando.

Horas más tarde, Belanir lava las sábanas, barre los pisos y limpia los vidrios. Luego se pone a tejer y remendar la ropa, en tanto los niños y su hijo juegan y estudian.

Al llegar las tres de la tarde, después de limpiar los baños, la invade la tristeza. Le tomó varios días memorizar cada uno de los nombres de los niños que ahora lleva en el corazón. Una parte de ella está cansada de levantarse temprano; la otra se alegra de haberlo hecho, de haber podido aprender a apreciar el trabajo de quienes sirven en aquel lugar. Ahora comprende que la palabra felicidad lleva consigo tremendo esfuerzo.

Posa sus ojos en sus manos maltratadas, con las uñas rajadas y ampollas bajo los dedos, que también tuvieron el privilegio de sostener a personas que dependieron de su trabajo. Luego, cierra la puerta donde las escobas, tinas, tijeras, hilos de tejer y muchas otras cosas se despiden de ella en silencio.

Cuando empaqueta toda su ropa y la de Tomás, sale de su cuarto. No espera que suceda mucho, solo espera que ojalá no se ponga a llorar. Piensa en despedirse de los niños y decirles que pueden ir a su castillo cuando lo deseen. Mientras espera que terminen las clases adentro del comedor, Tomás, los encargados y todos los niños del orfanato se le acercan.

Sobre su regazo no dejan de caer cartas de agradecimiento que logran robarle el aire y le sacan las lágrimas. En ese instante es capaz de encontrar finalmente la paz y el amor hacia sí misma. Con cada lágrima que derrama, el dolor que la había consumido, es remplazado por algo mejor: una nueva apreciación por la vida. Ella los abraza, y todos juntos se echan a llorar.

De regreso a su castillo, con una bolsa llena de cariñosas escrituras, sus maletas y la olla, Belanir todavía se siente triste y feliz. No deja de acariciar el cabello de Tomás, que se había quedado dormido. Al contemplar la silueta de su castillo por la ventana, se promete que jamás perderá su fe.

Días después, Tomás y sus amigos corrían por los pasillos cuando se percata de su madre cerca de la olla. Curioso, se le acerca.
—¿Qué estas haciendo? —pregunta con sus grandes y tiernos ojos.
Ella le explica que está marcando la olla con el símbolo de la fe en la gente. Por el resto del día, los dos se la pasan hablando y riendo hasta que la olla termina con la marca, una que Belanir admira por unos minutos. En aquel término cinco, ella gravó la amistad con Nube, el pasado sin sus padres, de su vida como una guerrera, de su tristeza cuando perdió a Nevia, de la mala persona que fue con muchas personas como Yoleh, y finalmente, su vida con Tomás.

En ese número habita un pedazo de su vida, que espera que algún día pueda ayudar a la gente que lo necesite.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.