Mientras descienden por el cielo, Ámilis reconoce el lugar antes de que sus pies toquen tierra. Todo permanece igual a como lo recuerda: la gran montaña de cinco picos, la ciudad acunada a sus pies, los bosques densos y el castillo de la emperatriz Ansaidifel. Allí pasó los primeros años de su vida.
Los tres frenan en el aire.
—¿Cómo es posible? —dice, girando la cabeza para escanear el horizonte—. Pensé que Astra había sido destruida.
El anciano también reconoce el lugar, pues era el último sitio en el que había estado antes de que el Quinto lo transportara al futuro.
—Este es la capital, Dizem'anzij —afirma el anciano.
—El mundo es real, pero la gente no lo es. Aquí están quienes decidieron entregar sus destinos a cambio de vivir sin el sufrimiento de sus pérdidas —explica el Quinto, dirigiendo sus siguientes palabras hacia Ámilis—. Y una de ellas es quien debía ayudarte a sobrevivir a la destrucción de tu país.
—¿Quién? —Ámilis no puede evitar mirar a su maestro, quien todavía carga la olla. A él le debe su vida; mejor dicho, todos los que aún viven le deben mucho, incluida Yudaxi.
—Una mujer que perdió su hogar, su esposo y sus hijos: la Ama, Zachin. De seguro ya se ha dado cuenta de que hemos llegado. No nos atacará hasta que no tenga otra opción porque, después de todo, este es su paraíso.
Ámilis vuelve la atención hacia la ciudad.
—No vinimos necesariamente para acabar con esta ilusión, sino para que tú puedas conseguir la victoria.
Ámilis y el anciano tenían muchas cosas que querían saber al respecto, aunque la expresión del Quinto les da a entender que no puede revelar más de lo debido. Dicho eso, los tres prosiguen su camino hasta aterrizar.
A ambos lados de las calles, la gente se les queda observándolos. Cada vez que pasan junto a alguien, esa persona se detiene incapaz de ocultar su preocupación; incluso quienes viajan en los carruajes abren las ventanas.
Ámilis distingue, en lo alto de las viviendas, a mujeres, hombres y niños apartando las cortinas para contemplarlos. Se distrae tanto que termina tropezando con una niña. La levanta rápidamente y se disculpa. Al tomarla de las manos, siente el frío que emana de ellas.
—¿Estás bien? —Aun sabiendo que ella no era real, Ámilis solo podía ver a su hija en aquella niña.
La pequeña asiente y, con una sonrisa, vuelve hacia los brazos de un hombre que, sin duda, es un Sexto. La expresión de aquel padre no es diferente a la que él adopta cuando Liliul se lastima. El hombre toma a su hija y, en lugar de quedarse allí con el resto de la gente, se aleja. Ámilis los observa partir y comprende que, esta vez, él es el monstruo; el que ha llegado para acabar con ellos.
Ámilis nunca había conocido este lado de los Sextos. A pesar de su crueldad, algunos todavía querían conservar una parte de su humanidad. Aun así, sabe que no puede olvidar lo que han hecho ni el deseo que tienen de destruirlos. Por ahora no sabe qué necesita hacer exactamente para ganar; solo espera que, al final, pueda salvar a Liliul y Yudaxi.
Uno de los observadores se encuentra en lo más alto del planeta. Los irises de Zachin se intensifican con aros rojos, reflejando su profundo odio al descubrir que el Guerrero Imbatible se ha atrevido a entrar en su mundo. Anhela arrancarle la piel, hacerle sufrir por involucrar a sus seres queridos, pero sabe que no puede hacerlo. Si atacara, ambos acabarían destruyéndolo todo. Al menos, sabe que él no puede lastimarlos.
Ya se han enfrentado antes, y ella perdió más de una vez. Ahora, no obstante, las circunstancias son distintas. Su poder es mucho mayor y ha conseguido unir el Arte del Destino con el poder de la Soledad.
—Me las vas a pagar —promete, viendo cómo los tres guerreros se acercan a su casa, donde su familia se prepara para ir de vacaciones.
Sin intercambiar muchas palabras, Ámilis, el Quinto y el anciano dejan atrás a docenas de personas que permanecen fijos en ellos hasta que llegan a una residencia rodeada por rejas.
—¿Aquí vive… Zachin? —pregunta Ámilis, impresionado por el tamaño de la vivienda, al menos cuatro veces más que las demás.
—Sí. ¿Están listos? —El Quinto se asegura de que ambos lo estén—. No sé qué va a ocurrir, será mejor que no la provoquemos.
Ámilis comienza a quitarse la armadura y, junto con su maestro, los guarda adentro de la olla tanto el equipo como las armas. Cuando terminan, tocan el timbre de la reja. No pasa mucho tiempo antes de que un hombre vestido de negro se acerque.
—¿Caballeros?
—Hola, buenos días —saluda Ámilis, procurando ocultar su falso ojo—. Hemos venido para hablar con la ama de la casa.
—¿Cómo se llaman?
—Mi nombre es Ámilis Condárkelas. Este es Olla, mi maestro, y él es el Quinto.
—Nombres muy peculiares, aunque el tuyo lo reconozco. ¿No podrías ser el hijo de Eali Condárkelas, el Corredor?
Para el mayordomo, Eali había sido uno de los pocos que representaron a los humanos en el campeonato de las carreras. Lo extraño era su apariencia, la de un hombre que había presenciado demasiadas batallas. Le faltaban algunos dedos y una oreja. Había algo más que no lograba comprender: su cuerpo le provocaba cierto temor. Aun así, al confirmar que era su hijo, la emoción de encontrarse ante alguien relacionado con aquel competidor lo impulsa a dejarlos entrar.
En el interior de la casa, varios cuadros dejan claro cuánto ama Zachin a sus hijos. En cada uno, ella, con su largo cabello y hermoso rostro, aparece mostrando una gran felicidad.
El mayordomo les pide que esperen en la sala. Al poco rato, una joven aparece acompañada por una de las sirvientas.
—Hola —saluda Yudaxia, incapaz de ocultar su sorpresa y su temor.
—Hola —Ámilis le sonríe, esperando transmitirle que son amigos—. Vinimos a ver a tu madre.
Yudaxia trata de comprender aquel miedo, pues nunca en su vida había experimentado algo parecido con otras personas. La expresión del más joven del grupo consigue tranquilizarla lo suficiente como para ofrecerles algo de beber.
—¿No quieren un refresco?
—Gracias. Si no es mucha molestia —contesta Ámilis.
—María, ¿por qué no nos traes un jugo de fresas y pasteles? —pide Yudaxia. Tiene que repetir la orden una vez más, pues no era la única que les temía.
María se apresura a retirarse, llevándose una mano al pecho.
—¿Cómo te llamas? —El anciano dice para poder calmarla un poco más.
La jovencita le responde que se llama Yudaxia Yanos. El anciano le confiesa que conoció a su madre hace mucho tiempo. Jamás imaginó que la Ama de los Sextos sería la misma mujer que lo había acogido en su hogar. Le entristecía pensar que, después de perder a tantos seres queridos, hubiera tenido que entregar su vida a aquellos monstruos y crear esta ilusión. No la critica ni la juzga, a pesar de que ella misma le había arrebatado a muchos de sus amigos y estudiantes.
—¿Eres un soldado de Qinton? —consigue preguntar Yudaxia, dividida entre el miedo y la curiosidad por conocerlo mejor.
—Por un tiempo lo fui, durante la invasión de la ciudad.
—Aquella batalla fue terrible —comenta Yudaxia, acercándose al guerrero, que resulta hacerse más extraordinario cuanto más lo contempla. Su cabello era parecido al del príncipe, aunque el resto de su apariencia resultaba completamente distinto—. ¿Cuántos años tenías? ¿Y tu mano?
Ámilis levanta el brazo izquierdo para mostrar los dedos que le faltaban.
—Eso sucedió cuando tenía catorce años. Mis dedos… los perdí tratando de salvar a mi futura esposa.
Las palabras del guerrero hacen que Yudaxia se acerque unos pasos más.
—Te pareces al príncipe. ¿No estás relacionado con él?
—No. Mi… padre es un humano y mi madre es una maga.
—¿Tu ojo? ¿Tu oreja?
Yudaxia, con sus ojos celestes, contempla al hombre que no puede contener las ganas de tocarle el cabello. Al escuchar la respuesta, extiende la mano.
—Para salvar a la gente, tuve que sacrificarlos.
—Ese anillo… ¿estás casado? —inquiere Yudaxia, sintiendo un calor muy raro provenir de la mano que comienza a sostener.
—Sí. También tengo una hija.
—¿Cómo se llaman? —No sabe por qué, pero obtiene un fuerte deseo de continuar tocándolo. No se debe a una atracción hacia él, sino a que su calor le resulta reconfortante.
—Yudaxi y mi hija se llama Liliul.
—¿Yudaxi? ¿Quién eres?
Ámilis estaba a punto de confesarle la verdad: que él era el Guerrero Imbatible y que su esposa era la princesa de Qinton. Apenas lo piensa y toda la luz del lugar se oscurece. A través de las ventanas, los tres distinguen la enorme cara de la Ama afuera del planeta que no quería que respondiera aquella pregunta.
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