Pasos hacia el Destino

Capítulo 159, Paraíso, (10)

·········⋆ 𓆩༶𓆪 ⋆·········

Ámilis se queda congelado. No sabe qué decirle a la persona que lo amó durante todos los días de su vida. Ella le habla como si el tiempo no hubiera pasado, y él solo puede contener las ganas de abrazarla.
—¿Muchacho? ¿Pasa algo? —pregunta Liyul al acercarse—. ¿Por qué no descansas?
Ella lo ayuda a sentarse en una de las sillas. Luego se dirige hacia los postres y comienza a escoger el mejor pastel del día. Lo coloca en una bandeja al lado de caramelos.
—Primero prueba los caramelos. Te van a gustar.
Los dulces que prueba Ámilis eran iguales a los que disfrutaba durante su niñez; sin embargo, su mente insiste en que ella no puede ser real, que la mujer frente a él debería existir solo en sus recuerdos. Aun así, el aroma de la tienda, repleta de docenas de pasteles, galletas y cantidades interminables de caramelos, le hace sentir lo contrario. También lo hace su corazón.
—Ahora prueba el pastel —lo invita Liyul, sentándose a su lado.
Ámilis toma el tenedor y corta lentamente un trozo generoso de pastel. Se lo lleva a la boca y, al reconocer aquel sabor, algo dentro de él se rompe. No consigue contener las lágrimas y para que no lo vea, se oculta con la mano.

Al darse cuenta de que está llorando, Liyul se levanta y lo estrecha contra su pecho para consolarlo.

Durante tantos años, él había deseado volver a verla y poder hacerlo en lo que quizá fuera el último día de su vida le parece un milagro, como si aquel anhelo hubiera encontrado finalmente la manera de cumplirse. La rodea con los brazos y permanece con ella todo el tiempo que le sea posible.

Cuando se separan, Liyul le pregunta su nombre.
—Me llamo Ámilis… —Se detiene antes de pronunciar el resto.
Liyul se sorprende al escuchar aquel nombre. Además de tener un cabello parecido al suyo, el muchacho guarda un gran parecido físico con Eali. Al principio había sentido cierta inquietud al verlo; sin embargo, después de conversar con él, comprende que se trata de un buen muchacho.
—¿Te sientes mejor? —Liyul tenía muchas ganas de entender por qué se puso a llorar.
—Sí.
Ámilis se limpia los ojos con las servilletas que recibe. Luego prosigue a terminar el pastel.
—¿Me podrías decir si podemos ayudarte?
—No, estoy bien… Es que me recordaste a alguien muy especial.
—Ya veo… ¿Se te antoja otra torta? ¿Qué tal una de mango?
Antes de que Ámilis pueda responder, Liyul ya estaba escogiendo otra entre los postres de la tienda.
—¿Tu nombre? Ámilis… Es igual al de…
—¡Hola! ¿Cómo estás, amigo? —interrumpe Eali al entrar por la puerta trasera junto a su hija.
Al escuchar su voz, Ámilis reconoce de inmediato el mismo tono que tantas veces oyó durante su infancia. Por un momento vuelve a sentirse como un niño, con una mueca de alegría que parece extraída de aquellos días.
—Muy bien —contesta Ámilis.
Eali y su hija se detienen al percibir algo extraño en él, pero al notar que Liyul lo trata con cariño, dejan de lado aquella inquietud y se acercan.
—Bienvenido a nuestro negocio familiar. Aquí hay de los mejores postres del país —continúa Eali.
—Sin duda lo son —responde Ámilis mientras acepta la otra torta.
—Nunca te he visto por estas partes. ¿Eres un extranjero? —pregunta Eali, acomodando las cajas que ha traído de su viaje, llenas de frutas para las próximas fiestas.
—En realidad, soy de un sitio que está bien lejos. ¿Quieren que los ayude?
—Si no es mucho pedir. Tenemos bastantes cajas.
—Lo sé…
Esas palabras se escapan de Ámilis sin que pueda evitarlo. Durante tantos años tuvo que ayudar a su padre con aquellas mismas tareas.
Eali lo mira durante un par de segundos antes de hablarle a su hija.
—¿Por qué no vas a ayudar a tu madre? Ustedes dos pueden preparar algo rico para nuestro invitado.
Su hija hace una mueca de disgusto. Preferiría quedarse allí y descubrir quién es aquel muchacho que ha aparecido de repente, aunque al final, termina obedeciendo.
—¿Cómo te llamas? —Eali le estrecha la mano.
—Ámilis.
—Yo me llamo Eali. Mi esposa es Liyul y mi hija se llama Cálida. ¿Comenzamos?

—Sí.

Los dos traen más cajas adentro y muchas otras al almacén de la tienda. Eali no tarda en sorprenderse por la fuerza de Ámilis. En que él carga una caja en cada viaje, el muchacho podía llevar hasta tres sin mostrar el mínimo esfuerzo.

Después de varias idas y vueltas, Eali termina empapado en sudor. Ámilis, en cambio, sigue tan tranquilo como al principio, sin siquiera una gota en la frente.

—Espero que tengas hambre, porque de seguro van a preparar un buen almuerzo —anuncia Eali, invitándolo a pasar a la sala de la casa—. Ya vuelvo. Voy a darme una ducha. Si necesitas algo, pídeselo a las chicas.

Desde donde está, Ámilis ya puede percibir el delicioso aroma de la comida que su madre está preparando. En cuanto espera, recorre el cuarto y se detiene frente a varias fotografías. En algunas aparecen sus padres cuando eran más jóvenes, junto al caballo blanco llamado Melenas. Pasa de una imagen a otra, contemplando a su madre montada sobre él durante el desfile de caballos. Después encuentra las fotografías de su matrimonio y, finalmente, las de Cálida.
Ámilis toma una de ellas. Es la de su hermana, una niña que nunca existió en su pasado. Allí, su padre y su madre la sostienen con un amor tan evidente que resulta difícil apartar la vista. Pasa lentamente un dedo por sus rostros, tratando de sentir sus emociones.
Gira hacia la cocina, donde su madre sigue preparando la comida que pronto compartirán.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.