La batalla entre el Guerrero Imbatible y los Sextos ha comenzado. Él no solo se enfrenta a quienes destruyeron gran parte de la existencia, sino también con aquellos que se suponía debieron ser sus compañeros.
Los cuerpos de algunos Sextos ya no conservaban semejanza alguna con sus formas originales. Extremidades demasiado largas y huesos que emergían de sus columnas componían sus figuras monstruosas, diseñadas para convertir cada parte de su anatomía en un arma.
Ámilis es acorralado por cinco Sextos que desaparecen y reaparecen a sus flancos, como si la distancia no fuera un límite ni una barrera. Aunque poseen numerosas garras y dientes capaces de despedazarlo, ninguno consigue tocarlo. Las ganas de matarlo combinada con la frustración, lleva a uno de los cinco a romper la sincronía que mantenían. En cuanto sucede, el Guerrero Imbatible aprovecha la oportunidad: el Sexto despliega su largo brazo en un intento de cortarle el pecho. Ámilis lo bloquea con su arma, desviando el ataque a unos centímetros de su armadura, aprovechando el movimiento para decapitarlo.
Los otros Sextos no pueden creer que uno de ellos haya fallado en mantener la formación y, sin posibilidad de huir, son abatidos con expresiones que solo lamentan no ser capaces de regresar junto a las personas que aman.
En uno de los mundos-paraísos, una mujer sale de su casa lista para salir con su novio. Apenas él la saluda con un complemento de su belleza cuando su cuerpo comienza a desvanecerse. Se apresura a extender la mano para sujetarlo, pero sus dedos lo atraviesan.
Su grito se propaga con los gemidos de varios otros. Miles de habitantes se desvanecen dentro de sus hogares o en medio de las calles. Para los que lo presencian, lo más aterrador no era verlos desaparecer, sino descubrir que no significaban nada para ellos.
A medida que el duelo prosigue, miles de enormes ojos se abren por todo el espacio del reino de Laboa para presenciar el fin de la traidora. Detrás de cada grupo de esos ojos, las siluetas revelan sus naturalezas. Uno tiene la apariencia de un escorpión con cuernos; otro posee varias alas que, al desplegarse, dejan al descubierto aún más párpados. Sus formas representan los ideales y aquello que consideran bello en el arte de la destrucción.
Uno de ellos se diferenciaba de los demás, pues era el único que esperaba que el humano gane para poder enfrentarse contra él. Tiene dos ojos, una cabeza y un torso semejante a los de un ser humano, pero donde debería estar su corazón hay un agujero. Ese Sexto desea que, de alguna forma, Ámilis pueda desafiar su destino.
Había otra gran Ama, de ojos aún más brillantes. Ella no estaba concentrada en el Guerrero Imbatible, sino en la Ama Zachin, quien había demostrado ser un Sexto inferior. Le resulta repugnante seres como ella, aferrados a sus despreciables sentimientos del pasado. Aun sabiendo que iba a ganar el combate, no estaba convencida de que pudiera adoptar el destino de los Jueces.
En su luna, Laboa está cerca de cumplir su misión. Desde su puerta de los pasados, observa a Zachin levantarse de la silla acompañada de Isabel. Su boca llena de dientes se abre en una expresión de alegría por conseguir aquello que otros no han podido. Muy pronto acabaran con el Guerrero Imbatible, con la existencia y, finalmente, con la traidora, que ni sabe quién es en realidad.
Quería seguir contemplando el portal donde Zachin entra al cuarto donde va a matar a la princesa, cuando sus dos intrusos aparecen.
—Es tiempo que mueras —grita el Quinto, lanzándose al ataque.
Mientras las montañas se hacen pedazos, el anciano baja la olla al suelo. El peso de esta crea un par de crujidos. Mirando a los alrededores, le es claro que no había un solo sitio donde pudiera hacerlo sin pisar sobre los restos de alguien. Toda la luna parecía estar hecha de los huesos de quienes habían intentado detener a aquel monstruo.
Preferiría estar al lado de su maestro o al de su estudiante, pero tenía su propio trabajo: mantener a salvo la olla que ha cargado durante miles de años. Todavía desconoce su verdadera importancia. Lo que sí sabe, es que la van a necesitar.
Alza la cabeza hacia el cielo, donde Ámilis lucha por todos ellos. Los estallidos de luz producidos por la intensa batalla marcan el largo camino que le tomó llegar hasta allí.
Los dos se conocieron cuando él tenía catorce años, justo cuando perdió a su maestro Lutao. En comparación con lo que es hoy, aquel niño no era más que otra víctima, asustado sin saber qué hacer. Hasta se podría decir que no tenía el corazón de un guerrero ni la inclinación; le duele aceptar que ese muchacho haya desaparecido.
—Lo siento por haberte dado esa carga —lo dice entristecido, tratando de recordar a aquel niño que alguna vez quiso vivir una vida sencilla.
Lo peor y más trágico es que, después de todo ese sacrificio, iba a tener que perder a su hija. Si hubo algo que le dio felicidad y un propósito, fue su familia, y en especial Liliul. No puede imaginar lo que debe estar sintiendo en este momento. Lo único que puede esperar es que logre recuperarlo todo en el otro futuro.
Tiene que dejar de pensar en todo eso cuando dos Sextos aparecen.
—El destino no juzga o toma lados… —dice preparado a combatir.
Más y más personas desaparecen de los mundos-paraísos a medida que el Guerrero Imbatible destruye a los Sextos. De los más de trescientos que había al principio, solo quedan unos cincuenta, incluida la Ama Zachin, que ha estado esperando la conclusión de su pasado. Al igual que Laboa, también puede contemplar el evento que se supone le cambió la vida, donde se dirige a matar a la princesa. Hubiera querido que esa parte de ella llegara a su fin, pero parece que ya no tiene más tiempo. Entonces ordena a los demás que se aparten de Ámilis. Ella misma va a enfrentarse a él.
No ha olvidado quién fue ni lo que el Guerrero Imbatible significó para ella. Recuerda los momentos que compartieron, cuando tuvieron que sufrir juntos para sobrevivir al infierno en el que Astra se convirtió.
Cierra los dedos y una larga espada brota de su palma hecha de huesos y carne, donde su sangre se derrama en el vacío del espacio oscuro. Los ojos rojos que contienen sus deseos más perversos se encienden con mayor intensidad y sus largas alas se despliegan por completo. Todo su estructura física se expande; huesos y músculos internos se convulsionan al otorgarle más fuerza y más poder, duplicando su tamaño.
Con casi veintiún pies de altura, se acerca a Ámilis.
—Todo acaba hoy —declara Zachin con un gruñido, lo bastante fuerte para que todos los espectadores lo entiendan, incluido su oponente—. Y te prometo que, cuando te conviertas en cenizas y te consuma, tu familia te acompañará.
—He visto tu paraíso y he visto quién eres. Tienes razón: esto termina hoy.
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