Pasos hacia el Destino

Capítulo 161, Paraíso, (12)

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Sin la protección del arte del destino, el dolor en su brazo derecho, o lo que le queda de él, es superado por la sensación de sus pulmones ahogándose y la piel comenzando a quemarse ante la presencia de Zachin, que se aproxima. Los ojos rojos que no dejan de fijarse en él se abren y se cierran, obligándolo a revivir las experiencias más dolorosas que ha tenido. El sufrimiento físico que soporta en cada parte de sus extremidades no se compara con las muertes trágicas de sus amigos, quienes lo han ayudado. Por unos segundos se encuentra sosteniendo el cuerpo de su maestro Lutao; al siguiente, está llorando por Fenira y por sus padres.
En un intento por defenderse de todo aquello, levanta la mano con su espada, pero esta se vuelve roja y amarilla.
—Así es, pelea hasta el final —gruñe Zachin, satisfecha de haberlo logrado: derrotar al Guerrero Imbatible—. Sufre por haberte interpuesto en el camino de los Sextos.
Ámilis no quiere rendirse. No quiere soltar su arma porque, en el fondo, siente que tiene el deber de protegerlos a todos. Trata de recordar a las personas que sabe que lo están esperando, mientras que su mano se calcina por el hierro que la consume hasta alcanzar sus huesos. Ya no le queda mucho tiempo. Está a punto de lanzar un último ataque, y bajo la mirada de todos los Amos que lo observan, su espada se le escapa para perderse en la oscuridad.
—Veo que sigues buscándolas —Zachin se detiene a unos pies de él—. No lo voy a permitir. Tú vas a morir solo, al igual que todos ellos, que pronto te van a seguir en la miseria de sus destinos.
Ámilis cierra los ojos con fuerza para poder encontrarlas, pero es obligado a abrirlos cuando sus párpados se queman, dejando expuestos sus globos oculares. Temblando de dolor y miedo, sus ojos son privados de todas sus memorias, incapaces de permitirle siquiera descansar en la oscuridad. En su lugar, una luz parece devorarlo. Lleva su calcinada mano izquierda hasta ellos para ayudarse, y lo único que consigue es sentir un anillo y el último dedo que lo carga.
Parecía que no tenía ningún lugar donde escaparse. No había un sitio en su cuerpo que no le doliera lo suficiente como para permitirle concentrarse, o un fragmento de memoria capaz de darle fuerzas. Está a punto de caer, de pronto, siente que su anillo, a pesar de todo lo que le ocurre, le brinda un poco de su frío.
No sabe si aquella persona todavía existe. No conoce su nombre ni cómo es, ni tampoco sabe si tuvieron muchos hijos. Sin embargo, deposita su fe en que se aman y en que tienen que volver a encontrarse. Frente a toda aquella agonía, su corazón consigue distinguir la gran muralla que lo separa de ese amor.
—Te amo —dice, endureciendo las piernas para no rendirse—. Sé que estás esperándome y no pueden quitarnos lo que tenemos.

Al escuchar aquello, el Sexto en Zachin desea maldecirlo y despedazarlo lentamente, pero su otra parte, la que todavía siente, se apiada al verlo de esa manera. Así que se prepara para matarlo de una vez. Abre el hoyo en su cabello y alista su mano.

En los últimos segundos de su vida, Ámilis trata con todas sus fuerzas de sobrepasar la muralla del destino, concentrándose en su fe que no puede ser destruida. Se concentra, ignorando el dolor. Aparta de su camino todo aquello que su mente le dice que es imposible alcanzar, que ya no hay tiempo y que la muerte es inevitable. El dolor, la tristeza y la incesante luz hacen cuanto pueden por detenerlo. Intentan derrumbarlo, impedirle atravesar un obstáculo que se supone nadie debe cruzar.

Alza el brazo cubierto de quemaduras hacia la cima. Su fe le permite tocar el borde y, reuniendo todas sus fuerzas, comienza a escalarlo. Con la mano extendida y el último dedo sosteniendo su anillo, por fin lo cruza.

Al otro lado de aquella pared que desaparece, se encuentra contemplando una chimenea con las leñas consumiéndose. Todavía no puede escuchar nada; solo distingue las llamas. Se siente relajado, completamente tranquilo. Sabe que todo va a estar bien y que ya no tiene que luchar otra vez. Iba a permanecer contemplando aquel fuego cuando, de repente, tiene el impulso de girar hacia su izquierda, donde están las personas que más ama.

El Destino se percata de que alguien está a punto de dar un gran paso y dirige su atención hacia un peculiar ser llamado humano.

Ámilis poco a poco gira el cuello y dirige sus ojos hacia dos personas sentadas en una silla. Una mujer sostiene a una niña. Ambas están dormidas, descansando junto a los papeles de regalo esparcidos por el suelo. En su mente no existe ninguna duda de que ellas son las personas por las que ha luchado durante tanto tiempo y a quienes siempre amará: su querida esposa, Yudaxi, y su pequeña hija, Liliul.

Sin ojos, sin poder escuchar ni sentir, ahora es capaz de percibir la verdad. A su alrededor aparecen muchas cosas que hasta ese momento no había podido apreciar. Gira hacia ambos lados y encuentra a las personas que siempre lo han acompañado. Su maestro, Fenira, sus hijos de otros tiempos, sus amigos y todos los hilos de los sentimientos de quienes compartieron buenos momentos con él y que nunca lo abandonaron se encuentran allí, por todas partes, al alcance de su mano.

Zachin aprieta el puño y luego lo abre, preparando sus dedos para poner fin a la vida del Guerrero Imbatible, que por alguna extraña razón parece estar volteando a los lados. Se dice que debe estar delirando, pero cuando lo escucha hablar, se detiene.
—No te voy a detener; no necesito hacerlo —dice Ámilis, sin miedo ni dolor—. Solo espero que mis pasos hacia el destino puedan ayudarte.
Ella no comprende a qué se refiere ni por qué, de repente, está contento. Se suponía que dentro de él no quedaba nada. Le ha arrebatado los recuerdos de su familia y sus amigos, ha destrozado todos sus sentimientos; lo único que le queda es su poder, sin ninguna forma de utilizarlo.
—¿Tú no me vas a detener? Tonto, cuando te consuma, iré directamente hacia tu hogar para matarlos a todos. ¡Muere!




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