Pata De Cerdo

Pata de Cerdo

 

“Las molestias son lo último que se gana, de todas maneras, fue satisfactorio pero no…no bueno”

 

Miro a ambos lados de la calle y cruzo la carretera, unos kilómetros más y llegaría a mi casa, pero antes debía pasar por el mismo sitio, aquel lugar donde un grupo de estúpidos vándalos se juntan para quedarse un buen rato, y lo aprovechaban provocando molestias a algunos compañeros míos del colegio.

Avisto ya unas dos motos detrás de una apartada cabaña, esta estaba abandonada ya hace años y la utilizaban para quedarse allí, quién sabe para qué. La mayoría llevaba chalecos y casacas de cuero. También había unas cuantas chicas, quienes tenían ropas que les dejaba ver todo el cuerpo casi desnudo.

Estoy a metros de la cabaña cuando alguien me agarra del brazo. —Hola Joe

En ese momento mis ojos solo veían a lo lejos unas cuantas casas, mi cabeza empieza a sudar y mis labios tiemblan.

—Que no vas a saludar a tu amigo—dice esa voz

Volteo para dirigirme a él y lo miro, se llamaba Mirkos, o ese era el nombre que se puso el mismo, su nombre real era Miguel. Enseñaba una sonrisa alargada, y sus dientes tenían un tono amarillento y además parecía tener una mirada lasciva.

—Ven quiero mostrarte algo—me jala del brazo hasta la cabaña.

Mientras paso al costado de los demás y las motos, escucho una música, parecía ser rock o algún subgénero parecido. Mirkos abre la puerta y me lanza, tropiezo y caigo con las manos delante de mí. Cuando levanto la vista, frente a mi había otro chico, y a su costado una refrigeradora.

—Ahora conoces a tu nuevo amigo, Joe te presento a Lian, Lian te presento a Joe.

Aquel chico solo atina a respirar bajo su cabeza en dirección al suelo.

—Ve acércate, te dejaré ir dentro de un rato, después de que te de un último premio por tener la boca cerrada—dijo eso último y se fue cerrando la puerta.

La luz se proyectaba desde el exterior por las ventanas rotas. Aquel chico levanta la cabeza y dice: —Hola Joe.

Mostró una sonrisa aún más horrenda que la de Mirkos, más sádica y enfermiza: —te ayudaré si tú me ayudas a salir de aquí, sé que quieres ver muerto a ese hijo de puta, pero antes debemos salir de aquí.

Se para y se limpia el uniforme con sus manos, era de mi misma escuela.

—Hace dos días que no salgo de aquí, quieren matarme pero no me dejaré.

—Pero como piensas salir—atino a decir, parece que se sorprende por la forma en como hablé, confiada.

—Necesito que me ayudes a mover este cilindro—me señala con el dedo un tacho que se encontraba a su derecha.

—Pero, ¿no lo podías hacer tú?

—Vaya sí que eres atrevido para hablar—dijo en tono sarcástico— no puedo, ellos me rompieron el brazo.

—Bueno, de todas formas, yo también iba a escapar de la misma manera.

Al poco rato empujamos aquella chatarra hacia la ventana y Lian se acercó a la refrigeradora, sacó algo enrollado en una bolsa negra, la desenvolvió y dejó ver lo que ocultaba. Una pata de cerdo, casi como el tamaño de una pierna humana, tenía en sus manos. Estaba muy congelada.

—Ahora, vámonos.

Subimos y nos ayudamos para saltar por el marco inferior de la ventana, caímos al suelo tratando de no hacer mucho ruido. Luego escuchamos unas cuantas motos encenderse y marcharse. Según nuestros cálculos solo habría dos o tres personas restantes.

— ¡AHORA SI, VENGA LA DIVERSIÓN!—gritó Mirkos y abrió la puerta de la cabaña. Nosotros yacíamos sentados esperando a que sucediera algo, o eso era lo que yo hacía, puesto que Lian pareciera haber planeado todo.

Unos segundos después, de solo oír pasos, oímos su grito.

— ¡LIAN MALPARIDO!—esta vez se oyó de caminó hacia detrás de la cabaña. Nos había encontrado.

Entonces, desde la esquina de la cabaña, apareció Mirkos, caminando con furia.

—Ahora si los mataré—corrió hacia nosotros y Lian se paró, agarró la pata de cerdo y lo golpeó. Este cayó al suelo como un trozo de carne pesada, y levantaba polvo con su agitada respiración.

No le dio tiempo para hablar algo y lo golpeó varias veces en la cabeza, vi como su cráneo poco a poco se hundía dejándolo completamente irreconocible, ya no parecía una cabeza, tenía a forma de una calabaza calabaza aplastada en un gran charco de sangre. Lian reía y reía hasta que me dijo: —Párate Joe, párate y vete corriendo sin mirar atrás, y cuéntale a tu madre que tuviste un día maravilloso—mientras reía con más fuerza.

Hice caso, me levante y me fui corriendo sin mirar atrás, de todas formas ya el trabajo estaba hecho.

Llegué a casa y escuche como la gente empezó a asomarse por las ventanas y otros iban a la carretera buscando el origen de los disparos, la policía del pueblo también hizo lo suyo.

Yo simplemente entré, saludé a mi mamá con un bezo y le conté que el día estuvo magnífico.

Ella recordó algo que le pasó en el día mientras fue a comprar cosas para el almuerzo, me contó que mientras regresaba con las bolsas, un chico de mi colegio le robo la pata de cerdo que había comprado para el mes, ¡Cuánto nos gustaba comer cerdo!, supongo que son ironías de la vida.




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