En la consulta de la vida,
donde el corazón palpita como un tambor distante,
me siento ante ti, marcapasos de mi existencia.
El diagnóstico de este amor,
es un análisis clínico exhaustivo,
de síntomas y signos,
señales eléctricas que viajan por mis venas.
Tu risa es la anestesia,
esa que adormece mis miedos,
y tus ojos,
óptimos de luz y de enigmas,
son el ultrasonido que revela la profundidad
de un océano oculto en mi pecho.
Eres la resonancia magnética
que escanea mis pensamientos,
cazando cada quiste de inseguridad,
cada remolino de dudas
que asedió mi razón.
Revisemos los postulados:
existe un pulso,
un ritmo que nos une
en esta danza química,
donde el amor es un neurotransmisor,
dopamina y serotonina
fluctuando en el torrente de mis días.
Cómo evaluar la presión arterial
de un corazón que late descontrolado,
al acercarse a tu mundo,
como si el universo
preparara un trasplante de almas.
El lenguaje médico de nuestro encuentro
no tiene por qué ser un informe frío,
sino un relato de nuestras cicatrices,
un compendio de cuidados intensivos,
donde cada caricia es un fármaco,
cada beso, una terapia alternativa.
El tratamiento no viene en pastillas,
sino en sonrisas compartidas,
en el roce cálido de las manos,
un recordatorio constante
de que la vida,
como el amor,
es un proceso interdisciplinario.
Cuántas visitas de control,
cuántas aventuras de alta complejidad
han tejido el diagnóstico
que ahora afirmo:
mi amor por ti es crónico,
una enfermedad benigna,
un virus de felicidad
que se propaga sin controles,
sin protocolos sanitarios.
Vayamos al laboratorio,
donde el amor se convierte en ciencia.
Con un microscopio,
miramos el ADN de este vínculo,
sus hebras se entrelazan
como nuestras vidas,
cada hebra un recuerdo,
cada nudo una promesa
de estar juntos en emergencias
y en alegrías cotidianas.
Imaginemos un futuro,
descontaminando las incertidumbres,
sanando con confianza la herida
de la ausencias del ayer.
Que este poema
sea nuestro acta de nacimiento,
nuestra historia clínica detallada,
donde el amor surge sin medicamentos,
solo con la magia de ser nosotros.
En el eco de las despedidas,
al cerrar este libro,
me aferro a este último dictamen:
mi amor es un elixir,
el remedio más genuino.
Así, firmo esta declaración,
con una pluma que fluye,
como la sangre que corre
en este corazón que te elige,
una y otra vez,
en cada latido.