En el consultorio del corazón,
donde se auscultan susurros,
las palpitaciones se miden en escalas,
de uno a diez, y el amor,
con su globo de arritmias,
se cuela por las venas,
mientras las lágrimas,
son suero que brota
de una herida no suturada.
Las palabras adquiridas,
son fármacos de consuelo;
cada “te amo” una dosis,
cada “no puedo más” un antídoto,
pero el pálpito del adiós,
ese que resuena en el pecho,
es una infección que se apodera
de la mente y el alma,
una bacteria que crece
en el tejido de la esperanza.
Las miradas cruzadas,
rayos X que escudriñan
el interior más oscuro,
buscando el tumor de la traición,
ese adenoma maligno
que creía erradicar,
y, sin embargo, cada abrazo,
es quimioterapia de sueños,
un intento por vencer
la metástasis del desamor.
Y en cada caricia,
un electrocardiograma,
que traza las ondulaciones
de un amor que late,
pero también de un dolor,
que reverbera en el silencio,
un eco de lo que fue,
una herida abierta
que nunca encuentra su cierre.
En este laberinto del cuerpo,
donde se entrelazan los nervios,
las fibras del deseo,
con las fibras de la angustia,
me aferro a la poesía,
como a un balón de oxígeno,
un respirador que asiste
al alma en estado crítico,
dándole vida a las palabras,
aunque la muerte a veces sonría
en los bordes de los recuerdos.
Afiladas son las agujas
de las promesas rotas,
que perforan la piel
de la confianza
y dejan cicatrices,
marcas indelebles
de cada invierno sin calor.
Yo, que soy médico del sentimiento,
diagnostico el amor
como un virus benigno,
pero a la vez multifacético,
un organismo en constante mutación
que nos infecta,
que nos cura y nos mata,
todo en la danza de un día.
Así que aquí estoy,
escribiendo con guantes de latex,
disecando recuerdos,
sacando a la luz cada fragmento,
cada glóbulo de alegría
y cada plaqueta de dolor.
Porque el amor no es solo un bálsamo,
también es un bisturí
que corta y puede dejar
una herida profunda,
una incisión que arde
bajo el brillo de las estrellas,
donde las almas se encuentran,
pero también se pierden.
Y el tratamiento es el tiempo,
con su paciencia infinita,
donde el amor se regenera,
y el dolor se convierte
en una lección,
un aprendizaje vital,
la anatomía del corazón
es un mapa en constante cambio,
pulsando entre el deseo y la distancia,
una mariposa que vuela,
entre el néctar de los instantes,
y la amargura de lo perdido.
Así que, querida,
tomemos este diagnóstico
como un poema,
un códice de lo humano,
tejiendo entre el amor y el dolor,
los versos que nos hacen vivos,
las palabras que nos identifican,
la poesía que nos sana,
en este teatro del deseo,
donde cada lágrima es un verso,
y cada sonrisa,
una sesión de terapia...