En la penumbra del quirófano,
donde el aire se vuelve denso,
las luces, ojos insomnes,
mirando cada latido,
cada suspiro que se aferra
a la vida, como un niño
a la falda de su madre.
Aquí, el silencio grita,
un eco de promesas rotas,
un susurro de esperanzas,
mientras el bisturí
se convierte en la mano de un dios
que decide el destino,
con la precisión de un amor
que se quiebra en mil fragmentos.
Bajo la piel, adentro,
donde el corazón late en rojo
y la sangre canta
canciones de despedida,
un desgarro emocional
se hace eco,como un grito ahogado
de lo que pudo haber sido.
La cirugía del alma,
el desmantelamiento de los sueños,
cada latido, cada pulsación,
un recordatorio de lo que
fue y ya no es.
Las heridas se abren,
tierra fértil para la angustia,
donde las lágrimas se mezclan
con el sudor del cirujano.
Me miro en el espejo
de las sábanas azules,
fugaz reflejo de un ayer,
cuando el amor vibraba
en el aire denso,
caminos entrelazados
de sonrisas compartidas
y promesas de eternidad.
Pero aquí,
la eternidad se deshace
como un hilo de sutura
que no puede atar las partes,
mientras el latido se detiene,
y el eco de un corazón roto,
suena como un tambor lejano,
marcando el fin de una sinfonía.
El desgarro se siente,
no como un grito,
sino como una sinfonía muda,
una danza de sombras
en el corazón,
donde cada fragmento
es un recuerdo que se aferra,
un acróbata en el vacío,
luchando por no caer.
En la sala fría,
las máquinas murmuran,
sus ojos de acero
observan la batalla que se libra,
un duelo entre
la vida y la muerte,
y yo, en la mesa,
soy el prisionero de mis fantasmas,
el eco de una agonía eterna.
Aquí, la muerte
se presenta como una amante,
con estadísticas en la mano,
disfrazada de salvación
mientras yo me aferro
a las sombras del pasado,
deseando que una simple palabra,
un susurro,
pueda salvarme del abismo.
Pero el quirófano es implacable,
y en su luz cruel se revela
la verdad de los corazones
que se rompen con un simple
"adiós",
como si el amor,
una vez tan fuerte,
de repente se volviera
ceniza en el aire.
Cada corte,
cada sutura,
es una cicatriz en el alma,
el recordatorio doloroso
de lo que perdimos,
y aunque el cirujano
intente coser
las partes del corazón,
hay heridas que el tiempo
ni la destreza pueden curar.
Así, bajo el fulgor frío,
la muerte danza
en el quirófano,
y yo,
en mi propia operación,
aprehendo que,
más allá de la carne,
hay desgarres que sangran
en la eternidad del alma,
y roturas que nunca sanarán.