Paulette

CAPÍTULO 5

Aprendi muchas cosas en los diez años que vivi en la casa roja, menos a reaccionar de buena manera ante los problemas.

—¡Maldita infeliz! ¡Mil veces maldita!

Doy un bofetón sonoro, en el rostro incrédulo de Corinne y la arrojo al suelo, colocándome sobre ella.

Claudia trata de quitarme de encima de mi tía, Eva está gritando atrás, queriendo llegar a Sasha pero no la dejan.

—Paulette dejala ya, por dios ¡Es tu tía! ¡Paulette!

Uno

Dos

Tres

Tres bofetones, y mi cuerpo tiembla, tres golpes a su rostro y en ese momento, más que nunca siento que lloraré.

Me duele el corazón, siento un inmenso dolor en el cuerpo.

La tomo del cuello del vestido y niego con la cabeza.

— Yo ... — Me mira — yo valgo más, mucho más que está casa. Y cuando te des cuenta de eso, será demasiado tarde.

Y en un momento de frenesí, de euforia comienzo a darle manotazos gritando incoherencias, con el cuerpo temblando y la garganta llena de tanto sentimiento.

— Paulette...

— Te odio, te odio, te odio ¡Te odio!

Le gritó, mientras ella trata de cubrirse el rostro de mis golpes.

No siento esa presencia, ni lo escucho llegar, pero él se posiciona detrás de mi.

Sus grandes y fuertes brazos me levantan, y yo sigo pataleando, sabiendo que no podré salir de su agarre.

— ¡ No volverás a verme! ¡No quiero verte de nuevo! — Pataleo y ejerce más fuerza en sus brazos sin soltarme. — Moriras sola ¡Vas a morir sola por qué no me volverás a ver en tu vida y yo te odiare siempre!

Todo se detiene

Vladimir detiene el paso

Corinne me mira desde el suelo, hay lágrimas silenciosas en sus ojos.

Respiro hondo, y a mi mente vienen todos los momentos que hemos vivido.

Las tardes de té y lectura, las caminatas por las calles de la cuidad, las idas a la biblioteca, la iglesia y la modista.

Cuando me enseñó a cocinar, tejer y a caminar con porte, y elegancia.

Me enseñó a usar el abanico, a quitarme los aguantes y usar el vestido con gracia.

A peinar mi cabello

Me dió muchos regalos a lo largo de los años, y en más de una ocasión...

Me extiendo sus brazos, en las noches que lloraba por mamá, o Jonathan o aquellos a quienes extrañaba.

Intercabiamos miradas

Se levanta del suelo

Quiere hablar, pero no le doy tiempo de hacerlo, y suelto lo que tengo atorado en el pecho.

Llena de dolor

— Vas a morir sola, como ella ¡Morirás sola por qué nunca me volverás a ver!

Vladimir comienza a caminar de nuevo, sosteniendo me con firmeza.

Sigo pataleando, golpeando lo en los brazos y espalda.

Salimos de la casa, hay hombres con armas y maletas afuera, dos carruajes con otro pequeño grupo de hombres y un par de mujeres.

El camino de piedra va quedando atrás, las flores y rosas cerca del muro, y la casona roja también.

— Suélteme, bájeme ya — mi voz aún tiembla ya sea por dolor, enojo o por aguantar las ganas de llorar.

Pero él no me escucha y sigue caminando.

— ¡Que me suelte ya!

— Como quieras.

Solo pronuncia esas palabras, para luego dejarme caer en un sonido seco.

Mi cuerpo choca con el suelo y polvo, en el mismo lugar me giro para verlo.

— ¡Que le pasa! ¿Acaso esta loco?

Me mira divertido, pero sus ojos demuestran enojo, se mete las manos al bolsillo de sus pantalones y con un movimiento de hombros, le resta importancia al asunto.

— Me pediste que te soltara y eso hice ¿no? Ahora arriba, tenemos que partir ya.

Se da la vuelta

Un hombre con ropas de sirviente, se acerca a él.

— Señor la ropa de la señorita...

— ¡No quiero nada de esa casa! — Bramo levantándome del suelo, sin molestarme en sacudir el polvo de mi ropa o zapatos. — No pienso llevarme nada.

El sirviente me mira, entre sorprendido y consternado, mientras Vladimir solo me observa en silencio, sin decir palabra alguna.

—Bien, haré que la modista llegue en cuando nos instalemos, para que tengas vestidos nuevos.

Me sorprende su respuesta, pero trato de no hacerse lo ver, en cambio el otro hombre lo mira con horror en los ojos.

¿Cuál es el problema con él? Mira a Vladimir como si le hubiera crecido otra cabeza, o un nuevo ojo.

Sin más que decir, me encamino hacia el carruaje, de color cafe brilloso, con sus cortinas blancas bordadas y puertas del mismo café.

Me subo, bajo la atenta mirada de Vladimir, el sirviente y los dos hombres que nos harán avanzar, pero en vez de sentarme en los asientos cómodos y acolchonados color oro, me siento en el suelo de este.

Haciendo que mi nuevo dueño, suelte un suspiro.

—Definitivamente eres sobrina de Corinne — dice dejándose caer en uno de los asientos.

Mientras yo estoy en el otro extremo, recuesto mi brazo en uno y pongo mi cabeza sobre el.

— ¿Vas a llorar? — pregunta luego de haber dado la orden de avanzar.

Miro por la venta, luego desvío mi mirada a él.

— No le dare ese gusto, mi señor.

Una pequeña sonrisa se cuela un sus hermosos labios.

— Si quieres llorar hazlo —me mira con sus dorados ojos — no voy a juzgarte.

Siento que su mirada me quema y termino apartando la mía, pero aún siento sus ojos sobre mi.

Será un viaje largo, al parecer...

El viaje comienza y yo siempre me mantengo en el mismo lugar, observando por la ventana el sol arrollador, que flitra sus rayos por las cortinas.

Minutos despues comenzamos hacer pequeñas paradas, gracias a mi:

— Quiero ir al baño — digo inocentemente — por favor.

Mi captor, cierra sus ojos y su frente se arruga llena de molestia

— Dijiste eso, hace quince minutos, hemos estado parando cada quince minutos. — Vuelve a abrir los ojos mirandome.

Lo miro lo más inocente que puedo

— ¿Y cuál es el problema? Digo, es que bebí demasiado jugo de naranja en la mañana, entonces es posible que por eso tengo que estar...



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En el texto hay: mentiras, romance, amor

Editado: 09.02.2026

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