Vladimir
Las luces le dan un aspecto mágico a la habitación, son suaves, ni muy encendidas, pero tampoco llegando a extinguirse.
La observo, sus mejillas sonrojadas, las pestañas largas y negras, reposando en sus parpados. La nariz, pequeña y respingona, los labios rosados y carnosos, el cabello largo y negro como la noche, esparcido en la almohada.
Su respiración lenta y suave, el subir y bajar de su pecho. Esta ahí sobre mi cama, cuando su habitación es otra, durmiendo donde debería estar yo.
Me digo que es por su seguridad, el que este aquí viendo la descansar, pero lo único que mi mente evoca, es su imagen, y es que parece un maldito ángel caído, incitándome al pecado, tentándome a quemarme en el infierno por ella.
Estoy de pie, delante de la cama, donde ella reposa, negando me a dejar de verla, justo como el primer dia que la vi desde las sombras del atico, de la Mansión Roja.
Y desde entonces me ha desafiado y se ha negado a quedarse callada ante mi, cosa que me enfurece y al mismo tiempo, me hace pensar en las mil maneras, que podría cerrarle esos labios color cereza.
Es tan hermosa, que mi honor esta pendiendo de un hilo en este momento, ya que, quisiera despertarla para hacerla hablar y asi poder la callar con mi...
El sonido de la puerta, abriendose me saca de mis torridos pensamientos y veo a Angeles entrar, con una sonrisa enorme en el rostro y una bandeja con una tasa, servilleta, cubiertos y un vaso con agua en ella.
Su sonrisa se hace aun mas grande, al ver a Paulette en la cama, gira el rostro y sus dientes blancos relucen.
— ¿A que es hermosa no? — se acerca, y deja la bandeja en la mesa pequeña cerca de la cama, toma el vaso con la servilleta y se acerca a mi, y me lo ofrece, frunzo las cejas y lo tomo. — el exceso de cafeina es malo, señor.
Se gira con las manos entrelazadas, para ver al angel en la cama
— Vladimir — digo, nunca me ha gustado que ella y Laura me digan señor, por mas que Cecilia se empeñe en eso.
Sonrie
— Promete que al menos, haras que se case con un hombre noble, con dinero, posición, y sobre todo apuesto. Sus bebes seran los mas hermosos .
Un gruñido sale de mi pecho y doy un sorbo de agua, antes de hablar
— No va casarse con nadie — hablo, pero mas bien suena a gruñido.
La sonrisa que me muestra ahora, podría partirle el rostro por la mitad, pero estoy seguro que aún así, seguirá sonriendo.
Es aterrador
— ¿Se casara contigo? Si es así, yo encantada de trabajar como burra, toda una semana, sin paga.
La miro con diversión.
—Pediré, que ya no te dejen leer más novelas románticas, te están afectando demasiado la cabeza.
Un jadeo sale de ella, mientras ocultó una sonrisa al ver, su expresión de ofensa en el rostro.
— Eso no es...
La miro, es un poco mas joven que Paulette, tiene veintiún años, pero ama trabajar como una persona de cuarenta y tantos. Es tan dedicada, solidaria y feliz, que es como estar viendo al puto sol en persona.
Y se parece tanto a su madre, a esta edad, que me pregunto, si ella no nota el gran parecido entre ambas.
El parecido que Laura y ella tienen.
— Eres como tú madre — Me mira, con curiosidad y maldigo para mis adentros. — La vi en una ocasión antes que falleciera. Una mujer hermosa.
Sonríe y su rostro se ilumina
Mira a Paulette — Gracias, Ceci, dice lo mismo que de las dos, yo soy la más que se parece a mamá.
Que conveniente
Alisa su uniforme, celeste, y su perfil me pone a pensar, en las desgracias que tuvo que vivir Cecilia para ocultarle la verdad, por tanto años.
Verdad que la acabará alejando, cuando se entere...
— Puedes irte a descansar yo me quedaré aquí, con ella.
Mis palabras suenan como una melodía para ella, porque vuelve el bendito sol, a su rostro.
— ¿Te gusta observarla? — Señala con un dedo hacia la cama y frunce el ceño — porque es algo raro y perturbador.
—No señales, es de mala educación y no estoy observando la. Cuido mi mercancía.
Lleva sus manos a las caderas
— Claro
Entonces la puerta se abre, por segunda vez y Cecilia entra, cierra tras ella y nos mira.
— Angeles no señales, es de mala educación
La joven la mira con vergüenza y su boca toca el suelo, mientras hace caso omiso y me señala, comenzando parlotear.
Las miro, Cecilia apunto de salir de los cuarenta y su versión más joven, a la que se niega a decirle que es la hija, que nunca tuvo el derecho de reconocer, que nunca fue suya, si no de su padre.
Quien espero se esté quemando en el infierno.
Las dejo discutir un rato más, antes que la rubia mayor, despache a la menor y se gire a verme con seriedad.
— Las estas malcriando mucho, no somos tus amistades, somos tus empleadas. Sirvientes Vladimir.
La miro
— Son como de mi familia Cecilia, yo te vi llegar a su edad — digo mirando hacia el ángel del infierno — embarazada de Laura, echada de tu casa y sin nada, más que una bebita de cinco años, que es tu vivo retrato. Así que no son mis sirvientes. Son familia, mis padres lo dijeron y yo lo mantendré.
Sus ojos ámbar, se ponen a lagrimar, pero se recompone de inmediato, negándose a que la vea, débil y vulnerable, como esa tarde que llegó pidiendo ayuda.
—Por favor, no vuelvas a repetir lo, te pueden escuchar.
Me giro al pequeño escritorio detrás de mi, junto a la ventana, y coloco el vaso sobre este.
— Tarde o temprano tienes que decirle, Cecilia. Idolatra a ese hombre, como si realmente hubiera sido un buen hombre, y que espero arde en el infierno, por los siglos.
Mira su vestido azul, largo y toma la falda con las manos, negando se a verme.
— La verdad, las mataría a ambas, y terminarían odiandome. Algo que no soportaria jamás. Las amo demasiado.
Miro a esta mujer, que se convirtió en la hermana mayor de mis hermanos y mía, en la hija que mi padre siempre quiso y la mejor y única amiga que mi madre tuvo.