Pecado Eterno

CAPITULO 1

Bridget Whitman

El sonido de la alarma no era solo un ruido; era una agresión personal. Era ese pitido agudo e insistente que parecía rebotar contra las paredes de mi pequeña habitación en Silverwood, recordándome que el mundo seguía girando a pesar de que mi cuerpo rogaba por cinco minutos más de calor bajo el edredón. Me levanté con la lentitud de quien arrastra el peso del mundo en los hombros. Si no fuera porque sabía que un minuto extra de sueño significaba no levantarme en absoluto, me habría quedado allí para siempre.

Caminé arrastrando los pies hasta el baño. El contacto del agua helada contra mi rostro fue el interruptor que finalmente encendió mi cerebro. Me miré en el espejo, observando a la chica de rasgos suaves y piel clara que me devolvía la mirada. Mis ojos verdes, aún algo nublados por el sueño, destacaban contra el ligero rubor de mis mejillas. Me cepillé los dientes con energía y comencé mi rutina: un poco de crema, ese toque de bálsamo melocotón que tanto me gustaba y, por supuesto, el eterno dilema con mi cabello rubio miel. Las ondas se negaban a cooperar, así que simplemente las acomodé sobre mis hombros y me aseguré de que el flequillo cubriera mi frente de manera decente.

Hoy no era un día cualquiera. Era el primer día de clases, el inicio de nuestro segundo año en la carrera de Criminología Forense.

Había quedado con los chicos en nuestra cafetería de siempre, "Musse", antes de enfrentarnos a las aulas. Era nuestro ritual sagrado. Mientras me vestía con capas de ropa para combatir el frío eterno de Silverwood, mi mente divagó hacia el porqué de todo esto.

La gente siempre me pregunta: "¿Por qué Criminología, Bridget? Eres tan... delicada". Lo que no entienden es que mi pasión nació del caos. Hace seis años, el mundo tal como lo conocía se hizo añicos. Mi madre murió en lo que las autoridades llamaron un "accidente animal". Pero yo vi las fotos. Vi los informes. Antes de que el caso se cerrara apresuradamente, mencionaron marcas extrañas en su cuerpo. Parecían tatuajes, intrincados y oscuros, grabados en su piel. Mi madre no tenía ni un solo tatuaje.

—Fue un oso, Bridget. Las mordidas son claras —dijo el oficial en aquel entonces.

Pero yo sabía que los osos no dejan símbolos. Desde ese día, me obsesioné con la verdad. Quería ser la persona que hablara por aquellos que ya no pueden hacerlo, la que descifrara los secretos que la piel se lleva a la tumba. Mi padre, el hombre más noble que conozco, vio ese fuego en mis ojos. Siendo el veterinario del pueblo, comenzó a trabajar turnos dobles en su clínica para ayudarme. Entre su esfuerzo y mis noches en vela estudiando para obtener la beca completa, logramos lo imposible: entrar en Silverwood, la universidad más prestigiosa y aislada del país.

Mientras terminaba de abrocharme las botas, una presencia peluda y cálida se frotó contra mis piernas.

—¿Estás listo, Nyx? —susurré, acariciando las orejas puntiagudas de mi lince.

Nyx no era una mascota común. Lo encontré hace dos años, cuando aún era un cachorro de apenas tres meses. Estaba atrapado en el bosque, con la pata destrozada por una trampa de oso ilegal. Recuerdo el gruñido defensivo que soltó cuando me acerqué, el brillo de dolor en sus ojos. Pero cuando mis manos tocaron el metal de la trampa para liberarlo, él se quedó inmóvil. Me miró con una tristeza tan humana que me heló la sangre. Al liberarlo, no huyó. Se quedó allí, herido y vulnerable.

Lo cargué en brazos, ignorando el peso y el peligro, y corrí hasta la clínica de mi padre. Los clientes se apartaban horrorizados al ver a un depredador salvaje entrar en el edificio, pero mi padre actuó de inmediato. Tras una cirugía delicada y mucho papeleo legal —aprovechando que él era el único veterinario titulado de la zona—, Nyx se convirtió en mi compañero oficial. Es leal, protector y, sinceramente, mucho más inteligente que la mayoría de las personas que conozco.

Caminamos juntos por las calles cubiertas de nieve hasta llegar a la cafetería. Al entrar, el aroma a café tostado y pan caliente nos envolvió. Los dueños de "Musse" adoraban a Nyx, así que siempre nos permitían entrar sin problemas.

Allí estaban ellos, mi pequeño círculo de seguridad: Loren, con su piel oscura y esa risa que podía iluminar hasta el día más gris de Silverwood; Jenny, mi mejor amiga, cuya energía extrovertida siempre lograba sacarme de mi caparazón ; y Megan, la más reservada y silenciosa del grupo, que compartía conmigo la pasión por los casos forenses.

—¡Al fin llegas, Whitman! —exclamó Jenny, dándole un trozo de galleta a Nyx por debajo de la mesa—. Estábamos debatiendo si este año sobreviviremos a Toxicología.

—Será un año complicado —dije, tomando asiento—, pero al menos los temas son más interesantes.

Sin embargo, la conversación pronto cambió de rumbo. El ambiente en la cafetería estaba cargado de un murmullo inusual.

—¿Se enteraron? —susurró Megan, inclinándose hacia adelante—. Dicen que han transferido a seis chicos de otra universidad. Están en su último semestre.

—Dicen que son... —Loren hizo una pausa, buscando la palabra— ...inquietantes. Y ridículamente guapos.

Yo rodé los ojos. No tenía tiempo para distracciones, mucho menos para "chicos guapos" que llegaban a mitad de la carrera para causar revuelo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.