CAPITULO 2
Al día siguiente, en horas de la tarde; siempre caloroso, como de costumbre en el pueblo de Santader de Quilichao; La casa en donde a veces se queda Anderson era de los padres de Erica, luego paso a a ser de ella. La casa fue un regalo de bodas para su hija recién casada.
Terminó de almorzar y se recostó en la hamaca. Pensó en el desagradable sueño que tuvo anoche. Empezo a Hamacarse. El suave balanceo lo adormece. Los colores naranjas de la hamaca se mezclan con la luz solar, creando un brillo, un "cuarzo". La imagen de un ser fantasmal lo despiertó en algún lugar oscuro, en la nada. Un vacío. Un frío que se siente hasta los huesos, hiela los músculos y congela el cuerpo.
- Que escalofriante. - Pensó, sintiendo su cuerpo pesado y cansado.
Por su mente pasó qué, así, he de sentirse estar en un cuento de Charles Dickens. Aquel fantasma tenía una cara que nunca había visto; su rostro estaba difuminado. De seguro, una ánima que se cruzo al lanzar el primer trago para el suelo.
- Soy Emiro Segundo. - Dijo.
La sopresa al escuchar al fantasma, lo aterró por unos cuantos segundos, hasta que recobró la compostura.
- Soy Anderson. - Contestó, con la voz un poco temblorosa.
- No tengas miedo. - dijo, levantando el brazo, para señalar un camino. - Ve por ahí, encontraras lo que estas buscando.
- ¿Cómo sabes que busco? - preguntó, Anderson.
- No lo sé. - Respondió alejándose. - Todos buscamos algo. Hasta los muertos siguen jodiendo después de muertos.
Se alejó y desapareció entre los árboles que iban apareciendo conforme Anderson caminaba. La oscuridad era luz, y luego oscuridad de nuevo. El camino brillaba con intensidad. En el otro lado, un grupo de hombres realizando excavaciones bajo la lluvia.
- ¡Apurate! - Gritó, una voz a lo lejos.
Anderson se dio la vuelta para ver de donde provenia aquel grito. Detrás de unos matarrales, estaba un hombre robusto, con barba desalineada y cabello largo. Tenía la camisa media abierta, dejando ver los pelos del pecho.
- Señor, Herculano, no creo que podamos encontrar algo con esta lluvia. - Dijo uno de los hombres.
- ¡ah! Hijeputa, es verdad, no vamos a sacar ni mierda con este clima. - Respondió, mirando al cielo. - Pues, vamonos.
- Si señor.
Anderson intento acercarse al hombre que responde bajo el nombre de Herculano, pero no pudo ni siquiera tocarlo. Era un espectro, una especie de proyección astral.
- Son "guaqueros", personas que excavan para encontrar arte precolombino, otros buscan oro. - Dijo el fantasma. - Aquel hombre fue un amigo. No, mi amigo era Eustasio, yo trabajé para Herculano... Creo que morí en un derrumbe. Lo más extraño es que aún no estoy muerto. Mi "yo", está junto a Eustasio, en una cabaña... Al frente está Romina, Úrsula y mi hermano mayor, Emiro Jr.
Corrió hacía el hombre, pero sin éxito. No se movía de su lugar. Un chascarrido lo devolvío a la hamaca dando vueltas. Al abrir los ojos su cara estaba estampada contra el suelo. Un gran chorro de sangre salía de su nariz, corrió al baño, tomó un trapo y lo puso en su cara. Levanto la cabeza para evitar más sangrado. Se quedó por un rato así.
No podía comprender que fue ese sueño, pero algo si era seguro. Su tía Romina, ella debía de saber algo. Posiblemente ella, envió la carta a casa de Alberto, ya que, Anderson suele quedarse todo el tiempo, casi podemos decir que vive con ellos, de hecho, vive con ellos. Ser un cineasta o intentar ser uno de manera idependiente resulta a veces un poco dificil. Alberto lo define como: "un vago que no quiere hacer nada" o "no se come, no se picha, viviendo de sueños". Una mala racha hace que se quedé cierto tiempo en casa de sus mejores amigos, ellos no le ven problema, siempre y cuando pague lo que gasta o toma. Recibe una mensualidad de parte de su tía, pero suele gastarlo en noches bohemias, de borracheras, mujeres y cigarrillos. Todo un proceso creativo que Anderson llama: "la vida de un hippie que si se baña".
Tomó sus cosas, escribió una nota que dejo visiblemente en el centro de la mesa, que hay en la sala. Cerró la puerta y fue en camino a ver a su tía. Ella había heredado la casa de mi abuela, y en efecto, se fue a vivir ahí, a Cali. Vendió la antereior casa porque no podía vivir con los recuerdos de su vieja amiga Anita.
Anita, era una mujer corpulenta, de tez morena, venida de la costa. Se encargaba de cuidar de Romina, desde que sufrió un infarto a los 35 años; la razón fue por fumar demasiado. Su esposo murió por esa misma causa, un año antes. Esto nunca se lo dijo a Anderson, y él, jamás lo sabrá. Al principio no quería tener una desconocida andando por la casa. Había pasado solo un año de la muerte de su esposo y no quería estar con nadie, su luto aún no se ha acabado.
- Deje tanta vaina. - Dijo, con tono molesto, pero con ádeman relajado. - El luto no dura un año.
- El de mi marido, si. - contestó, Romina.
- No me haga reir. Su marido no era ningún burro. - Dijo Anita, riendo.
- ¿Cómo así? - Preguntó.
- No nada, nada. - Respondió, aún riendo.
- Yo tan boba no soy. -Dijo, resoplando.