El olor a querosén y cuero mojado era tan real que Tamara casi se vomita.
Intentó abrir los ojos, pero la oscuridad la devoraba. No era su cuarto. No era ningún cuarto que reconociera. Las paredes eran frías, como si sudaran. El piso crujía bajo sus pies descalzos. Y esa risa… esa risa infantil que se colaba entre las sombras, retumbando como si viniera desde todos lados al mismo tiempo. La misma risa de aquella noche.
Dio un paso. Después otro. Hasta que una silueta borrosa emergió frente a ella. Una figura pequeña, con una máscara de madera agrietada y una soga colgando del cuello. Tamara gritó, pero no tenía voz.
Despertó empapada en sudor.
El techo de la casa parecía inclinarse sobre ella, asfixiándola. Se incorporó con un quejido bajo, llevando una mano al pecho. Palpitaba. Palpitaba como si su corazón supiera algo que ella aún no había terminado de aceptar.
Giró la cabeza. Se levantó y fue a la habitación de Griselda. Para su no tan sorpresa, estaba vacía.
En la cocina, encontró un plato cubierto con un repasador, el aroma a medialunas recién horneadas intentando suavizar la ansiedad que le subía por el estómago.
Un papelito al costado decía:
“Me fuí temprano al colegio, te amo. —G.”
Tamara apoyó las manos sobre la mesada y bajó la cabeza.
No lloró.
No tembló.
No dijo una palabra.
Pero sabía que algo se había activado adentro. Algo que llevaba años intentando mantener dormido. Y su hija… su hija ya había empezado a hacer preguntas.
Preguntas que no podía seguir esquivando.
No por mucho tiempo más.
Colegio Secundario "Carlos Saavedra Lamas" — Patio central, recreo de media mañana.
—Che, ¿tu vieja está bien? —preguntó Juana, mientras sacaba un alfajor del bolsillo interno de la campera del uniforme—. Hoy te dejó más temprano que de costumbre, ¿no?
—Sí… —respondió Griselda, con un tono que no convencía ni a sí misma—. Está media rara desde ayer. Se despertó a la madrugada y no volvió a dormir.
—¿Otra vez pesadillas? —intervino Sofi, la tercera del grupito, mientras se sentaban en el banco de cemento bajo el árbol del fondo—. Me acuerdo que en primaria decías que a veces gritaba dormida.
—Sí… eso. Pero no gritó esta vez. Solo… no sé, se quedó callada, mirando la nada.
Juana se quedó en silencio unos segundos, masticando lento, pensativa.
—¿No era tu vieja la que tenía una familia medio… complicada?
Griselda giró el rostro. No se enojó. Tampoco lo negó.
—Sí. Desde siempre —admitió, jugando con la cremallera del buzo—. Pero nunca me contó nada. Es como si todo antes de conocer a mi papá no existiera.
—¿Y no sabés si tenés tíos? ¿Primos? —preguntó Sofi con curiosidad genuina—. Capaz tenés una banda de parientes en Ucrania y ni sabés.
—No sé. A veces pienso que sí… pero es como si todos hubieran desaparecido. Como si nadie quisiera que yo sepa.
El timbre cortó la conversación.
Pero la idea ya había prendido.
Y Griselda… no la iba a dejar ir tan fácil.
Recoleta, mediodía.
La calle parecía otra. Lejos del cemento manchado de los barrios del sur, Recoleta aún preservaba esa falsa sensación de Europa mal imitada. Las veredas limpias, los autos eléctricos, los edificios con nombres franceses. Una burbuja que fingía no enterarse de lo que pasaba a treinta cuadras.
Aleks cruzó la calle como si viviera allí. Nadie se fijó en su andar seguro, en su saco gris claro con cuello abierto, ni en los lentes ahumados que cubrían su mirada helada. Entró al café “Le Manoir”, una trampa de mármol y caoba frecuentada por jueces, asesores y tipos que cobran más por callar que por hablar.
El hombre que lo esperaba estaba sentado en una de las mesas del fondo, junto al ventanal. Alcides Ramírez, ex subsecretario de Enlace Legislativo durante la última administración de Chiselli. Había caído en desgracia tras un escándalo con obras públicas en Lomas, pero nunca terminó preso. Nadie que sabe demasiado termina preso.
—Disculpe la demora, señor Ramírez —dijo Aleks, con tono cortés y acento neutro, mientras se sacaba los lentes—. El tránsito está imposible últimamente.
—Imposible está el país, señor Pyatov —respondió el otro, sin levantar la vista del cortado—. Aunque usted no tiene cara de sufrirlo demasiado.
Aleks sonrió apenas. Se sentó con lentitud, como un gato que mide su entorno. La moza se acercó y pidió un espresso doble sin azúcar. Luego, sin vueltas, colocó sobre la mesa una pequeña carpeta de cartón, gastada pero prolija. No la abrió.
—Usted trabajó con Chiselli —dijo Aleks—. Muy de cerca. Según mis fuentes, incluso compartieron algunos proyectos más... confidenciales.
Alcides tensó la mandíbula.
—Mire, señor Pyatov. Yo ya fui interrogado por la policía, por la fiscalía, por dos ONGs y hasta por el diario Clarín. Todo lo que tenía que decir, ya lo dije.
Aleks abrió la carpeta. Dentro, una sola foto: el cadáver del asesor. Boca abierta. Sangre coagulada. Ojos fijos en el techo de baldosas viejas.
Ramírez palideció.
—¿Qué es esto?
—El resultado de no hablar.
Aleks giró la foto para que la mirara mejor.
—¿Me está amenazando?
—Lo estoy iluminando —respondió con una calma casi amable—. Le estoy dando una oportunidad de ser útil. Una lista, Ramírez. Sólo eso. La que tenía Chiselli con los nombres de empresarios, contactos internacionales... los que lavaban el dinero por él. Me basta con eso.
Ramírez tragó saliva.
—No sé si todavía la tengo. Era una carpeta azul, creo. O roja. La dejé en... en un viejo galpón en Lanús. Pero tendría que buscar.
Aleks se inclinó apenas, dejando su tono suave.
—Busque. Esta semana. Me avisa al número que le dejo. No se haga el idiota, Ramírez... porque el próximo que salga en una foto, va a ser usted.
Ramírez no respondió. Sólo asintió, mirando ahora con miedo a ese tipo elegante que decía llamarse Pyatov, pero que tenía la presencia de alguien que no pedía favores. Los cobraba.
#1047 en Detective
#202 en Novela policíaca
conflicto social y familiar, policias y mafia, mafia accion drama
Editado: 13.01.2026