Entre vidrieras de vidrio polarizado, escaleras mecánicas relucientes y barandas de acero inoxidable, los hermanos Stasiuk caminaban entre turistas y oficinistas apurados.
Liudmila iba un par de pasos adelante, con su andar firme y decidido, ojos filosos escaneando cada local con una eficiencia casi militar. Llevaba una camisa negra remangada y una pollera beige que contrastaba con sus botas oscuras. A su lado, Isaak caminaba más lento, distraído con su celular, con el ceño fruncido por algo que leía… o alguien a quien ignoraba.
—¡Isaak, por favor! —refunfuñó Liudmila sin girar la cabeza—. No estamos de paseo, es el cumpleaños de papá. Algo digno. ¿Entendido?
—Sí, sí, sí... digno —murmuró Isaak, sin levantar la vista del celular—. O sea… un reloj trucho que parezca de verdad.
—Te juro que si no fueras mi hermano…
—Pero lo soy. Mala suerte.
Unos metros después, todo se volvió más rápido de lo que Isaak pudo procesar. Al mirar su reflejo en la puerta de un Starbucks, chocó de lleno con un muro… de carne.
—Mirá por dónde caminás, pibe —gruñó una voz grave con acento extranjero.
Isaak alzó la vista. Frente a él, un hombre alto, corpulento, de tez pálida y ojos como hielo roto. Llevaba una camiseta ajustada, tatuajes en ambos brazos y una gorra hacia atrás que no alcanzaba a tapar una cicatriz en la ceja izquierda. Irlandés. Voz rasposa. Cara de pocos amigos.
Liudmila, algo sorprendida, intentó calmar la situación.
—Disculpe, fue sin querer, mi hermano estaba distraído…
Pero Isaak no escuchaba. Estaba cruzando miradas con el tipo, y ya estaba molesto. Sin decir nada, agarró el vaso de gaseosa de una chica que comía cerca, lo giró con teatral lentitud… y lo volcó sobre el pecho del irlandés.
Un “¡che, pelotudo!” se escuchó de fondo.
El vaso cayó al suelo con un cloc de plástico. Un segundo de silencio. El irlandés ni se inmutó. Solo giró el cuello como si se lo estuviera destrabando, y luego se echó a reír… una risa baja, seca, entre dientes.
Liudmila abrió los ojos.
Isaak cerró los puños.
El irlandés sonrió como quien mira a un perro chico ladrando.
COMISARÍA – 9:18 AM
El sonido de los ventiladores de techo mezclado con el golpeteo constante de teclas armaba la sinfonía matinal de la comisaría. Cafés a medio terminar, expedientes apilados, y voces que se superponían como capas de tensión mal disimulada.
Aleks Stasiuk entró como todos los días: espalda recta, mirada afilada, barba recortada al milímetro. El atuendo siempre impecable. Lo saludó de pasada Julieta Cammarano, la forense, con un guiño cómplice.
—Buen día, Stasiuk. ¿Listo para otra dosis de podredumbre humana?
—Siempre —respondió Aleks, sin frenar el paso.
Vini, apoyado contra una pared, le levantó la barbilla en señal de saludo. Cuando Aleks pasó de largo, lo miró de reojo, con esa mezcla de respeto y recelo que siempre flotaba cuando el ucraniano entraba en escena.
En la esquina del pasillo, el teniente Figueroa se acomodaba la camisa dentro del pantalón mientras hojeaba un informe.
—Stasiuk, ¿alguna novedad de la causa Chiselli?
Aleks se detuvo apenas.
—Avanza mejor que el Renault de Petrov en 2010.
Figueroa lo miró sin entender un carajo. Sonrió igual, rascándose la nuca.
—Yo soy más del fútbol, vos sabés... Ferro desde la cuna.
—Lo compadezco, mi teniente —tiró Aleks, y siguió camino.
—¡Eva te espera en la tres! —gritó Figueroa por detrás.
OFICINA 3 – 9:22 AM
La puerta estaba entornada. Aleks golpeó dos veces con los nudillos y entró. Eva Rivera ya estaba allí, revisando un archivo con resaltador en mano. Al verlo, se incorporó con una sonrisa ladeada y le estampó un beso en la mejilla.
—Buen día, Stasiuk.
Aleks endureció la mandíbula un segundo. Ese tipo de saludo lo seguía descolocando. En Kiev, eso no se hacía. En Berlín, menos. Acá era rutina.
Eva lo notó.
—Tranquilo, vikingo, es solo una mejilla —bromeó, volviendo a su asiento—. Y sí, seguimos con lo de Chiselli, pero hay más cosas podridas en esta ciudad.
Aleks se acomodó en la silla opuesta.
—¿Como cuál?
—Una banda oriental, bastante organizada, está saqueando contenedores del puerto. Silenciosamente, sin dejar cabos. Tamara investigó más sobre ellos.
En ese instante, como si el guion lo hubiese escrito alguien con precisión quirúrgica, Tamara Stasiuk entró a la sala con una carpeta bajo el brazo. Cuando cruzó la puerta, el tiempo pareció ralentizarse un instante en la mente de Aleks.
No era el uniforme oscuro. Ni el peinado prolijo. Era ella. Su sola presencia lo hacía tambalear por dentro, aunque su rostro no mostrara nada. Pero algo en su mirada se apagaba un poco cada vez que la veía... y no podía hablarle.
Tamara ni lo miró. Caminó directo al escritorio.
—Tenemos nombre. Takuto Shimizu. Japonés, aunque criado en Uruguay. Su abuelo fue parte de la Yamaguchi-gumi en Kyoto. El tipo sabe moverse. En los papeles es un empresario textil.
—Y en la práctica —agregó Eva— maneja saqueos coordinados como si fueran coreografías. Esta semana creemos que planean interceptar un barco estadounidense que llega con arsenal para la Federal. Acuerdo directo entre Trump, Milei y Petri.
—Entonces vamos a estar ahí —afirmó Eva, mirando a ambos—. Viernes, 23:30. Puerto Madero. Vamos los tres. Sin errores.
Aleks asintió. Tamara también.
Pero por dentro, algo más se movía.
MANSIÓN BELMONTE – BOEDO – 9:41 AM
El comedor era amplio, con luces tenues rebotando sobre paredes de madera antigua y vitrales italianos traídos desde Nápoles. Sobre la mesa, una copa de vino tinto oscilaba en la mano derecha de Romeo Belmonte, patriarca de voz pausada y mirada filosa.
En el extremo opuesto de la sala, Francesco se apoyaba contra una columna, aún con la chaqueta puesta, como si la adrenalina del encuentro no se le hubiera ido del cuerpo.
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Editado: 13.01.2026