El aroma del café se mezclaba con el suave murmullo del noticiero de fondo. La televisión del comedor estaba algo fuerte, como siempre que la abuela de Eva se sentaba en su sillón favorito, entre frazadas, telenovelas grabadas y pastillas que no quería tomar.
Eva, en cambio, estaba en su mundo. Sentada frente a su notebook, con el cabello atado a medias y una taza que decía “Confío en mí (a veces)” al borde del escritorio, los ojos se le movían rápido, siguiendo líneas de código, comandos y enlaces que ningún usuario promedio se animaría a abrir.
—Vamos, la puta madre... si existe, tiene que estar en algún lado —murmuró.
Tenía varias pestañas abiertas, pero ninguna decía mucho. Los buscadores habituales no arrojaban nada relevante. Stasiuk familia, Ucrania, Aleksander, mafia ucraniana, Odessa, Kiev, Interpol. Todo le devolvía la nada misma, como si alguien se hubiera encargado personalmente de hacer desaparecer los rastros. Pero Eva era terca. Y sabía que los fantasmas más pesados no se borraban tan fácil.
Conectó su VPN, rebotando su señal entre servidores de Odesa, Novosibirsk y Moscú, y luego usó un navegador de acceso a la Deep Web. Ahí, en foros enterrados, donde aún se compartían archivos .onion y bases de datos filtradas, encontró lo que buscaba.
Un hilo viejo. Año 2018. Título:
“El funeral del zar caído: ¿se terminó el imperio Stasiuk?”
Click.
Un artículo traducido del ucraniano original. El texto hablaba de un tal Svyatoslav Stasiuk, supuesto jefe de una red criminal de alto perfil, muerto en un "accidente" de auto en las afueras de Kyiv. Según el artículo, el entierro fue discreto, sin presencia oficial, pero con caras conocidas del bajo mundo.
Eva siguió bajando. Captura tras captura. La mayoría pixeladas, hechas con un celular viejo o una cámara con zoom forzado. Pero una en especial la hizo frenar en seco.
Una imagen del funeral, tomada de lejos, en blanco y negro. Svyatoslav ya estaba bajo tierra. Llovía. Y cerca del ataúd, entre una docena de rostros sombríos, un joven de no más de dieciocho años se mantenía inmóvil, con las manos en los bolsillos, empapado. No miraba la tumba. Miraba a través de ella. Ojos vacíos. Perdidos. Fríos.
Eva agrandó la imagen.
—No... —susurró.
El rostro no era claro. Pero la mandíbula, los pómulos, la postura. Todo gritaba un solo nombre: Aleks.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Se llevó la taza a la boca, pero no bebió. Sus dedos, rápidos como siempre, se deslizaron por el teclado y luego por el celular. Abrió WhatsApp.
Eva
Amigo, creo que descubrí algo... algo grande.
Del otro lado de la ciudad, Vini estaba en el sillón con su hija, mirando Paw Patrol por tercera vez en el día. Sintió el zumbido del celular. Lo miró de reojo. Vio el mensaje de Eva.
Y frunció el ceño.
—¿Qué hiciste ahora, rubia? —murmuró.
--------------------------------
12:18 AM - COMISARÍA - RECOLETA
La madrugada había caído como una sábana pesada sobre Recoleta. Las luces de la comisaría brillaban con un tono amarillento y húmedo, mientras una moto policial pasaba sin prisa por la vereda. Sid exhaló el humo de su cigarrillo, apoyado contra la puerta de su Mercedes negro, con cara de pocos amigos y los papeles de la fianza arrugados en la mano.
Un policía con ojeras le hizo una seña desde adentro.
—Listo, ya podés llevártelo.
El sonido del candado corriendo y el chirrido de la puerta anticiparon la aparición del irlandés: alto, fornido, con un vendaje improvisado en el pómulo derecho y restos de sangre seca en la remera negra.
—¿Sabes cuántas veces me prometí no terminar así otra vez? —bufó el irlandés, sacudiéndose el cuello como si saliera de una ducha helada.
Sid no contestó. Se limitó a mirarlo de arriba abajo mientras apagaba el cigarro en el suelo.
—Isaak Stasiuk, ¿eh? —dijo el irlandés, escupiendo al costado—. Ese muchacho está completamente enfermo.
—¿Y tú qué carajo esperabas? ¿Una invitación a tomar el té?
—Mira que he visto locos… pero ese niño es otra categoría. Igual… —el irlandés lo miró fijo, algo más serio—. Quiero que sepas algo.
—Escupe.
—El detective Pyatov… el ucraniano. Fue él quien intervino. Si bien nos dió una paliza, luego nos ayudó bastante. Dijo que éramos “útiles”. A los policías no los dejo catearnos. Incluso les dijo que nos trajeran agua y mantas.
Sid arqueó una ceja. Sorprendido, aunque no lo mostraría nunca.
—No es que me caiga bien —continuó su colega—, pero esas cosas no se olvidan. No por aquí.
Sid asintió apenas. Lo suficiente para entender que el nombre de Aleks Pyatov acababa de ganarse un pequeño espacio en su lista… aunque aún no sabía si como enemigo o como potencial aliado.
—Sube al auto. Ya hiciste suficiente por hoy.
El irlandés soltó una risita seca y se subió al asiento del acompañante. Sid miró una última vez hacia la puerta de la comisaría antes de arrancar.
El motor ronroneó suave. La noche seguía… y Buenos Aires no dormía del todo.
--------------------------------
1:31 AM - PANAMERICANA Y THAMES
La Panamericana se abría frente al Audi gris como una serpiente dormida. El motor ronroneaba parejo, la velocidad justa para no levantar sospechas, pero lo bastante firme como para sentir el control. Dentro del auto, el bajo retumbaba con fuerza:
“Fratelli, sto nel gioco da una vita intera…”
—¿Qué cazzo es esto, Francesco? ¿Otra vez esos que se creen gangsters en Milán? —masculló Romeo, con el ceño fruncido, dando una pitada a su habano.
—Sfera Ebbasta, papá. Es lo que se escucha ahora. —le respondió Francesco mientras cabeceaba ritmicamente a las barras del trapero italiano.
—Lo que se escucha ahora es una merda con autotune —refunfuñó, bajando apenas el volumen—. Si Alighieri los escuchara, vuelve del infierno solo para cagarlos a patadas en el culo.
#1047 en Detective
#202 en Novela policíaca
conflicto social y familiar, policias y mafia, mafia accion drama
Editado: 13.01.2026