El Pecado de la Belleza.
Venecia no es una ciudad de piedra y agua; es una ciudad de máscaras y espejismos. Durante el día, se ofrece a los turistas con el rubor de una cortesana joven, vendiendo cristal de Murano y paseos en góndola bajo un sol que parece bendecirlo todo. Pero cuando la niebla del Adriático se arrastra por los canales al caer la medianoche, la verdadera Venecia emerge. Una ciudad que huele a moho, a secretos antiguos y a la sangre de aquellos que olvidaron que, en el fondo de sus aguas estancadas, no hay luz, solo olvido.
Dante Moretti observaba la ciudad desde el balcón de su palacio en el Gran Canal. En su mano, un vaso de cristal tallado contenía un whisky tan oscuro como sus pensamientos. No creía en Dios, a pesar de que la gente se persignaba al oír su nombre y lo llamaban "El Santo" con un susurro que mezclaba la devoción con el pánico. Creía en la estructura. Creía en el orden que solo el miedo puede imponer.
—La belleza es una distracción, Lorenzo —dijo Dante sin apartar la vista del agua negra—. La gente la busca porque cree que los salvará. Pero la belleza es el barniz más peligroso de todos. Oculta la podredumbre hasta que es demasiado tarde para detenerla.
Detrás de él, su segundo al mando permanecía en las sombras, esperando órdenes.
—La mujer ha comenzado la limpieza del lienzo, señor —informó Lorenzo—. Tal como predijo, no ha podido resistirse a mirar debajo.
Dante apretó el vaso. Elena Vitale. La había observado durante semanas a través de lentes de cámaras y cristales tintados. Había algo en la forma en que ella tocaba la historia con sus dedos enguantados que lo irritaba y lo fascinaba a partes iguales. Ella trataba de salvar cosas que el tiempo ya había condenado. Era una restauradora de almas muertas en una ciudad que se negaba a morir.
—Ella cree que está rescatando a una virgen —susurró Dante, y una sonrisa gélida, apenas un movimiento de sus labios, apareció en su rostro—. No sabe que lo que ha despertado es un mapa hacia un infierno que mi abuelo diseñó para ser eterno.
Dante apuró el trago. El fuego del alcohol no era nada comparado con la frialdad de su determinación. Había buscado ese legado durante una década, y ahora, una mujer con ojos de gacela y manos de ángel lo tenía entre sus dedos.
Él no creía en las coincidencias. Creía en la propiedad.
—Prepara la lancha —ordenó, dejando el vaso vacío sobre la barandilla de mármol—. Voy a reclamar lo que es mío. Y si el barniz de su inocencia tiene que romperse para que yo obtenga mi verdad, que así sea. Después de todo, nada es más hermoso que una obra de arte cuando empieza a agrietarse.
Esa noche, el aire en Venecia pesaba más de lo normal. El destino, como el barniz viejo sobre un cuadro olvidado, estaba a punto de ser removido, revelando una imagen que Elena Vitale nunca estuvo destinada a ver, y de la que Dante Moretti nunca la dejaría escapar.