Pecados, Sangre y Seda

El Barniz de la Inocencia.

El aire en el taller de restauración de Elena Vitale no era simplemente aire; era una amalgama densa de historia y químicos. Olía a trementina, a aceite de linaza, a polvo de pigmentos que habían sido molidos hace tres siglos y a la humedad persistente que se filtraba desde los canales de Venecia. Para cualquier otro, ese olor resultaría asfixiante, pero para Elena, era el aroma de la seguridad. O al menos lo había sido hasta esa noche.

Eran las dos de la mañana. El silencio en el barrio de Cannaregio era absoluto, roto solo por el rítmico chapoteo del agua contra los cimientos de piedra del edificio. Elena estaba encorvada sobre su mesa de trabajo, con la columna vertebral protestando por las horas de postura rígida. Bajo la luz blanca y clínica de su lámpara de aumento, descansaba una tabla de madera de álamo del siglo XVII: "La Madonna de los Dolores".

Sus manos, enfundadas en guantes de látex quirúrgico, sostenían un hisopo de algodón humedecido en una mezcla precisa de solventes. Con movimientos que requerían la precisión de un neurocirujano, deslizaba el algodón sobre la superficie del cuadro, eliminando el barniz oxidado que había convertido los azules vibrantes de la virgen en un tono amarillento y sucio.

—Un poco más —susurró para sí misma. Su voz sonó pequeña en la inmensidad del taller lleno de lienzos fantasmales cubiertos por sábanas blancas.

De repente, la presión en la habitación cambió. No hubo un ruido, ni un crujido de maderas viejas, pero la piel de su nuca se erizó. El vello de sus brazos se puso de punta y una sensación de frío glacial le recorrió la espina dorsal. Elena se quedó petrificada. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del mango de su bisturí de precisión.

—Dicen que los secretos mejor guardados están ocultos bajo capas de pintura barata —dijo una voz.

No era una voz cualquiera. Era profunda, con una resonancia que parecía vibrar en los huesos de Elena, y poseía una cadencia aterciopelada que ocultaba un filo de acero. Elena no gritó. El miedo que sintió era de una naturaleza tan pura y antigua que le robó el aliento.

Lentamente, como si sus músculos fueran de plomo, giró la cabeza.

En la penumbra del fondo del taller, donde la luz de la lámpara no llegaba, se recortaba una figura. Era un hombre alto, de hombros anchos, vestido con un traje negro que parecía haber sido cortado con la precisión de una guillotina. El corte de la tela gritaba opulencia, pero la forma en que el hombre lo portaba gritaba violencia.

Dante Moretti dio un paso hacia la luz.

Su rostro era una obra maestra de crueldad y belleza. Tenía pómulos altos y afilados, una mandíbula que parecía tallada en granito y una boca de labios finos que nunca parecía haber conocido la sonrisa. Pero fueron sus ojos los que hicieron que el corazón de Elena fallara un latido: eran de un gris tormentoso, casi plateados, y la miraban no como a una mujer, sino como a una propiedad que acababa de ser reclamada.

—Señor Moretti —logró decir Elena. Su voz salió en un hilo, pero intentó imbuirla de una firmeza que no sentía—. El taller está cerrado al público. Las visitas son solo con cita previa.

Dante no se detuvo hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo contrastaba violentamente con la frialdad de su presencia. Él no pidió permiso; simplemente invadió su espacio personal, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

—Para mí, Elena, nada está nunca realmente cerrado —dijo él. Extendió una mano enguantada en cuero negro y, con una lentitud tortuosa, rozó el cuello de ella.

El contacto fue eléctrico. Elena sintió un calambre que le recorrió el cuerpo, una mezcla de terror y una atracción oscura y vergonzosa que la hizo odiarse a sí misma. Dante desplazó un mechón de cabello castaño detrás de su oreja, dejando al descubierto la vulnerabilidad de su garganta.

—Especialmente cuando tienes algo que me pertenece —continuó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo que le acarició el oído.

Elena retrocedió hasta que su cadera chocó contra la mesa de trabajo, atrapada entre el hombre más peligroso de Italia y el cuadro que estaba restaurando.

—No sé de qué habla —mintió. Su pulso golpeaba contra sus sienes como un tambor de guerra—. Este cuadro es una comisión privada de la Iglesia de San Barnaba.

Dante soltó una risa seca, un sonido sin rastro de humor. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos en la mesa a ambos lados de su cuerpo, encerrándola en una jaula de carne y tela de lujo. El aroma de su perfume —sándalo, tabaco caro y algo metálico, como la sangre— la envolvió.

—No me mires con esos ojos de cierva asustada, piccola —dijo él, sus ojos plateados escaneando el rostro de ella con una intensidad depredadora—. Sé exactamente lo que has encontrado bajo la superficie de esta Madonna. Sé que has descubierto el mapa de las rutas de contrabando de mi abuelo. El lienzo que usó para ocultar su legado antes de que los federales quemaran sus archivos.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo había encontrado, sí. Tres días atrás, al realizar una radiografía de rayos X al cuadro, había descubierto una serie de líneas geométricas y coordenadas que no tenían nada que ver con la iconografía religiosa. Había planeado denunciarlo, pero el miedo la había paralizado.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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