Pecados, Sangre y Seda

La Jaula de Oro.

El trayecto por los canales de Venecia se sintió como un descenso a los infiernos, aunque el escenario fuera de una belleza desgarradora. La lancha motora de Dante, un ejemplar de madera de caoba oscura y motores silenciosos, cortaba el agua estancada sin apenas producir ruido. Elena estaba sentada en el asiento trasero, envuelta en un abrigo que Dante le había arrojado con una cortesía gélida. A su lado, él permanecía inmóvil, una estatua de arrogancia y poder que ni siquiera miraba el paisaje. Su presencia ocupaba todo el espacio, robándole el oxígeno a Elena.

Los palacios góticos desfilaban a ambos lados, sombras decrépitas de un pasado glorioso. Elena siempre había amado Venecia de noche, pero ahora, bajo la mirada plateada de Dante, la ciudad parecía una trampa de piedra y lodo.

—¿A dónde me lleva? —preguntó ella finalmente. Su voz, aunque temblorosa, rompió el hipnótico zumbido del motor.

Dante no giró la cabeza. Sus ojos estaban fijos en el horizonte donde el canal se abría hacia la laguna abierta.

—A un lugar donde estarás segura, Elena. Segura de tus impulsos de heroína y segura de aquellos que querrían el mapa que ahora reside en tu memoria.

—Podría haberme quedado en mi taller. Nadie sabía lo del mapa —insistió ella, aunque sabía que era una mentira desesperada.

—Yo lo sabía —replicó él, y esta vez la miró. Sus ojos brillaron con una luz depredadora bajo la luna—. Y si yo lo sabía, mis enemigos no tardarían en saberlo. La diferencia es que yo te quiero viva para que restaures mi legado. Ellos simplemente te habrían cortado la garganta después de quemar tus dedos uno a uno para obtener las coordenadas.

Elena se estremeció y apretó las manos en su regazo. La brutalidad casual de sus palabras era un recordatorio constante de quién era el hombre que tenía al lado. No era un caballero; era un monstruo que vestía trajes de tres mil euros.

La lancha se desvió hacia una zona privada, lejos de las rutas turísticas. Tras cruzar una serie de puertas de hierro que se abrieron electrónicamente, se adentraron en el muelle privado de una villa impresionante. Era un palacio del siglo XV, pero restaurado con una tecnología que resultaba casi anacrónica. Guardias armados, vestidos con uniformes tácticos oscuros que apenas se distinguían en la noche, esperaban en el muelle.

Dante se levantó y le tendió la mano. Elena la ignoró y saltó al muelle por su cuenta, aunque casi pierde el equilibrio. Él no pareció ofendido; simplemente se limitó a observar su pequeño acto de rebeldía con una sonrisa de suficiencia que la enfureció.

—Bienvenida a la Villa Moretti —dijo él mientras la guiaba hacia la entrada principal—. A partir de ahora, este es tu mundo. No saldrás sin mi permiso, no usarás el teléfono sin mi supervisión y, bajo ninguna circunstancia, intentarás contactar con tu hermano. Si lo haces, las consecuencias para él serán... permanentes.

Elena sintió un nudo de lágrimas en la garganta, pero se negó a llorar frente a él. Entraron en el gran salón, un espacio de techos altísimos decorados con frescos que representarían batallas antiguas. El suelo de mármol de Carrara reflejaba la luz de las lámparas de cristal de Murano. Era una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo.

—Tu habitación está en el ala este. Mañana por la mañana, un equipo te traerá tus herramientas del taller. Todo lo que necesites para trabajar estará a tu disposición —Dante se detuvo frente a una gran escalinata—. Excepto tu libertad.

—¿Por qué yo, Dante? —preguntó ella, deteniéndose también—. Hay cientos de restauradores en Italia. Mejores que yo, con más experiencia.

Dante se acercó a ella, rompiendo de nuevo su espacio personal. Elevó una mano y, con el dorso del dedo índice, recorrió la línea de su mandíbula. El contacto mandó una descarga eléctrica por su columna que Elena odió reconocer como deseo mezclado con miedo.

—Porque tú tienes manos de ángel y ojos de pecadora, Elena. Porque cuando vi cómo mirabas ese cuadro en tu taller, supe que no solo restauras pintura. Tú buscas la verdad debajo de las capas. Y yo necesito a alguien que no tenga miedo de la oscuridad que pueda encontrar.

Se inclinó hacia su oído, y su aliento caliente le rozó la piel.

—Además, me gusta la forma en que tiemblas cuando me acerco. Es una respuesta honesta en un mundo de mentirosos.

Dante se alejó y le hizo una seña a una mujer mayor, vestida con un uniforme negro impecable, que apareció de las sombras.

—Rosa te llevará a tus aposentos. Cena algo y descansa. El trabajo real comienza mañana al amanecer.

Sin esperar respuesta, Dante se dio la vuelta y desapareció por un pasillo lateral, dejándola sola en la inmensidad del salón. Rosa, la mujer del uniforme, se acercó con una expresión neutra.

—Por aquí, signorina —dijo con voz áspera.

Elena la siguió por pasillos interminables decorados con obras de arte que harían palidecer a cualquier museo. Al llegar a su habitación, se quedó sin aliento. Era una suite inmensa con una cama con dosel, muebles de época y un balcón que daba directamente a la laguna. Sobre la cama, descansaba un vestido de seda negra y ropa interior de encaje fino.

—El signore pensó que necesitaría algo más apropiado para su estancia —explicó Rosa antes de retirarse y cerrar la puerta con un clic metálico que Elena supo que era el sonido de una cerradura cerrándose por fuera.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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