El amanecer en Venecia no trajo claridad, sino una neblina espesa que borraba los límites entre el cielo y el agua. Para Elena, la mañana comenzó con el sonido de la cerradura de su habitación abriéndose. Rosa estaba allí con una bandeja de café negro, fruta y un conjunto de ropa de trabajo: pantalones de lino oscuro y una camisa blanca sencilla.
—El signore la espera en el laboratorio —dijo la mujer con su habitual parquedad.
El "laboratorio" resultó ser una antigua capilla privada dentro de la villa, reconvertida en un estudio de restauración de última generación. Había microscopios electrónicos, lámparas de Wood, disolventes de alta pureza y, en el centro, sobre un caballete reforzado, descansaba "La Madonna de los Dolores".
Dante estaba de pie junto a una de las ventanas góticas, observando el lienzo. Llevaba las mangas de su camisa remangadas, revelando antebrazos fuertes y el resto de los tatuajes intrincados que Elena había vislumbrado la noche anterior.
—Tus herramientas llegaron hace una hora —dijo él sin mirarla—. He hecho traer incluso la lupa de aumento que usaba tu padre.
Elena se acercó a la mesa de trabajo, sintiendo una punzada de nostalgia al ver sus propios pinceles y espátulas dispuestos con precisión quirúrgica. Se puso la bata blanca y se recogió el cabello en un moño tenso. En ese espacio, ella era la autoridad.
—Necesito silencio absoluto —declaró ella, recuperando un poco de su orgullo—. Y no quiero que nadie esté a menos de dos metros del cuadro mientras trabajo con los solventes.
Dante se giró, una chispa de diversión cruzando su rostro. —Me gusta cuando das órdenes, Elena. Te hace parecer menos una víctima y más la mujer que realmente eres.
Él no se fue, pero se retiró a un escritorio en la esquina de la capilla, donde comenzó a revisar documentos en una tableta, manteniéndose como una sombra vigilante.
Elena comenzó el proceso. Primero, la limpieza superficial. Con hisopos de algodón humedecidos en una solución suave, fue retirando décadas de barniz oxidado y hollín de velas. Bajo la suciedad, los colores de la Madonna empezaron a vibrar: el azul lapislázuli de su manto era tan profundo que parecía un abismo.
Pero Elena no buscaba la belleza. Buscaba las inconsistencias.
A media mañana, mientras examinaba la zona inferior del cuadro bajo luz ultravioleta, encontró lo que buscaba. Cerca del borde del marco, la fluorescencia del pigmento cambiaba. Había un repinte, una capa añadida probablemente un siglo después de la creación original del cuadro.
—Aquí hay algo —susurró, olvidando por un momento quién era su captor.
Dante estuvo a su lado en un segundo. Su cercanía física volvió a alterar el ritmo cardíaco de Elena, pero ella se obligó a concentrarse.
—Mira la fluorescencia —explicó ella, señalando la pantalla del monitor conectado al microscopio—. El autor original usó pigmentos minerales estándar. Pero esta capa... esto es plomo blanco mezclado con algo más denso. No es decorativo. Es una máscara.
—¿Puedes quitarlo sin dañar lo que hay debajo? —la voz de Dante era baja, cargada de una urgencia contenida.
—Es arriesgado. Si el solvente es muy fuerte, borraré el mapa. Si es muy débil, no penetraré la capa de plomo.
Justo en ese momento, la pesada puerta de madera de la capilla se abrió de golpe. Un hombre joven, de unos veintitantos años, entró con paso arrogante. Se parecía a Dante, pero sus facciones eran más afiladas y sus ojos bailaban con una inestabilidad peligrosa.
—¡Dante! Los rusos están en el puerto. Dicen que el trato de la zona norte ha caducado —exclamó el recién llegado, ignorando por completo a Elena.
—Luca, te dije que no me interrumpieras aquí —respondió Dante, su voz bajando a un tono gélido que hizo que Elena se tensara.
Luca se detuvo y sus ojos se posaron en Elena. Una sonrisa desagradable se extendió por su rostro. —Vaya, así que esta es la famosa restauradora. Tienes buen gusto, hermano. Es mucho más bonita que la última que tuvimos que... "retirar".
Elena palideció. La implicación de las palabras de Luca era clara.
—Sal de aquí, Luca. Ahora —ordenó Dante.
—Solo venía a avisarte. Pero veo que estás ocupado jugando a los artistas —Luca se acercó a Elena, rodeando el caballete. Ella retrocedió, chocando con la mesa de solventes—. Ten cuidado, preciosa. En esta casa, las cosas frágiles suelen romperse si no tienen utilidad inmediata.
Dante se movió con una velocidad que el ojo apenas podía seguir. Agarró a su hermano por el cuello de la chaqueta y lo estampó contra la pared de piedra de la capilla.
—No vuelvas a hablarle —siseó Dante al oído de su hermano—. No vuelvas a mirarla. Ella es mi prioridad. Si la tocas, te olvidaré que compartimos la misma sangre. ¿Ha quedado claro?
Luca, a pesar de estar siendo asfixiado, soltó una carcajada nerviosa. —Está claro, hermano. Está claro. Solo era una broma.
Dante lo soltó con desprecio. Luca se arregló la ropa, lanzó una última mirada de odio a Elena y salió de la estancia. El silencio que quedó era pesado, cargado con la violencia residual del encuentro.
Dante respiró hondo y se giró hacia Elena. Ella estaba temblando, con una espátula todavía en la mano como si fuera un arma defensiva.