El sabor del beso de Dante todavía quemaba en los labios de Elena cuando el sol terminó de hundirse en el Adriático. La euforia del descubrimiento técnico había sido reemplazada por una inquietud punzante. Había cruzado una línea que no tenía retorno; ya no era solo una restauradora bajo coacción, era una cómplice.
—Prepárate —había dicho Dante después de separarse de ella—. Salimos en una hora. El mapa no espera a que recuperemos el aliento.
Elena se cambió de ropa por algo más práctico: ropa térmica oscura y una chaqueta impermeable. Dante la esperaba en el muelle privado de la villa, junto a una lancha motora de casco negro, diseñada para el sigilo. No había luces encendidas, solo el resplandor de los instrumentos de navegación.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Elena, subiendo a la embarcación con ayuda de un guardaespaldas silencioso.
—A un lugar que no existe en los mapas de la oficina de turismo —respondió Dante desde el timón—. Según tus coordenadas, la entrada a la cripta está cerca de Poveglia, en una zona de bancos de arena que cambian con la marea.
El viaje por la laguna fue un ejercicio de sombras. Venecia a lo lejos parecía una joya flotante, pero ellos se dirigían hacia la oscuridad, donde el agua se volvía estancada y el olor a salitre y lodo era más fuerte. Dante manejaba con una precisión quirúrgica, evitando las patrullas de la guardia costera.
—Mi hermano Luca no vendrá —dijo Dante de repente, rompiendo el silencio del motor—. Lo he enviado a lidiar con los rusos en tierra firme. Pero eso no significa que estemos solos. El rumor de que la "Madonna" ha hablado ya debe estar corriendo por las alcantarillas de la ciudad.
Elena miró hacia atrás. La oscuridad parecía observarlos. —Si encontramos lo que hay allí... ¿me dejarás ir? —La pregunta salió más débil de lo que ella pretendía.
Dante la miró de reojo. Su perfil, recortado contra la luna débil, parecía tallado en obsidiana. —Te daré lo que te prometí: seguridad y riqueza. Pero "dejarte ir" es un concepto relativo, Elena. Ahora sabes demasiado. Y yo soy un hombre que no suele desprenderse de sus tesoros más valiosos.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna.
Llegaron a un punto donde el agua era tan poco profunda que el motor empezó a agitar el fondo fangoso. Dante lo apagó. El silencio fue absoluto, roto solo por el chapoteo del agua contra el casco. Frente a ellos, una estructura de piedra medio derruida emergía de las aguas, cubierta de algas y percebes. Parecía el resto de una antigua torre de vigilancia o un lazareto olvidado.
—Sujeta esto —Dante le pasó una linterna potente y una tableta con la imagen digitalizada del mapa que ella había extraído.
Descendieron al agua, que les llegaba por la cintura. El frío era punzante. Elena guiaba a Dante usando los números romanos grabados en el lienzo.
—A la izquierda... tres metros. Debería haber una marca, una "M" entrelazada con una serpiente —instruyó ella, su voz resonando en la estructura hueca.
Dante apartó una gruesa capa de musgo con un cuchillo de combate. Allí estaba. El emblema de los Moretti. Al presionarlo, un mecanismo antiguo, alimentado por el peso del agua y la marea, crujió con un sonido metálico. Una losa de piedra se deslizó pesadamente, revelando una escalera que descendía hacia las entrañas de la laguna.
—Increíble —susurró Dante. Su ambición era casi tangible, una energía que llenaba el espacio.
Bajaron. El aire abajo era viciado, oliendo a siglos de encierro. La linterna de Elena iluminó paredes decoradas con frescos desconchados que narraban una historia de pecado y redención. Al final del pasillo, llegaron a una cámara circular. En el centro, no había oro ni joyas a simple vista, sino una serie de cajas de madera selladas con cera y plomo.
Pero antes de que pudieran avanzar, un sonido metálico llegó desde arriba. El eco de pasos rápidos sobre la piedra.
—Dante, no eres el único que sabe leer las mareas —una voz conocida retumbó desde la entrada.
Era Luca. No estaba solo. Detrás de él, tres hombres armados con silenciadores descendían por la escalera.
—Luca, te di una orden —dijo Dante, interponiéndose entre los hombres y Elena con una calma aterradora.
—Las órdenes de un hombre distraído por una mujer no valen nada —escupió Luca, apuntando con su arma directamente al pecho de su hermano—. Los rusos pagarán diez veces más por lo que hay en esas cajas que lo que tú podrías darnos en un año. Es hora de un cambio de administración en la familia.
Elena retrocedió hasta chocar con una de las cajas de madera. Su mano tocó un mecanismo de hierro en la base de la pared. El mapa mencionaba una "trampa para los indignos".
—¡Dante, la inscripción! —gritó Elena—. ¡Si alguien no autorizado toca el sello central, la cámara se inunda en menos de un minuto!
Luca se rió, pensando que era un truco. —Bonito intento, preciosa. Pero me llevaré el tesoro y a ti también. Me vendrá bien una restauradora personal en mi nuevo yate.
Dante no miraba a Luca, miraba a Elena. En un lenguaje silencioso, le dio una orden con los ojos: Corre.
En un movimiento coordinado, Dante se lanzó contra el primer hombre de Luca mientras Elena, con un movimiento desesperado, tiró de la palanca de hierro que había identificado en el mapa. Un estruendo sordo sacudió la cripta. El suelo empezó a vibrar y el agua de la laguna comenzó a entrar por los respiraderos del techo con la fuerza de una catarata.