El frío de la laguna se les había filtrado hasta los huesos, pero la adrenalina actuaba como un anestésico temporal. Dante y Elena emergieron en un callejón sin salida cerca del Campo Santo Stefano, lejos de donde habían dejado la lancha original. Dante, con la camisa empapada pegada al cuerpo y la mirada de un animal herido, arrastró a Elena hacia la sombra de un arco gótico.
—No podemos volver a la villa —sentenció Dante, su voz era un susurro ronco mientras vigilaba el canal—. Luca conocía todos mis movimientos. Si él sobrevivió, o si sus hombres informaron a los rusos, la villa será una zona de matanza en este momento.
Elena abrazaba sus propios brazos, temblando violentamente. —Tu hermano... ¿crees que realmente ha muerto?
—Luca es como una rata de alcantarilla —respondió Dante con amargura—. Sobrevive a lo que sea. Pero ahora el problema no es solo él. Has inundado la cripta, Elena. Has sellado el "Pecado de los Moretti" bajo toneladas de agua salada.
—Era eso o que nos mataran —replicó ella, recuperando algo de fuego en su voz—. Además, el mapa sugería que el mecanismo de inundación es reversible... si se sabe cómo.
Dante se detuvo en seco y la inmovilizó contra la pared de piedra húmeda. Sus ojos brillaron con una intensidad renovada. —Dímelo otra vez. ¿Reversible?
—Hay una mención a los "respiraderos de la purificación" en la simbología del cuadro. Si encontramos el punto de drenaje en la superficie de la isla, podríamos sacar el agua. Pero necesitamos equipo de buceo profesional y, sobre todo, tiempo. Algo que no tenemos.
Dante asintió para sí mismo, su mente estratégica trabajando a mil por hora. —Tengo un refugio. Un antiguo palacio que mi familia perdió en una partida de cartas hace décadas y que yo recompré en secreto. Nadie sabe que me pertenece. Ni siquiera Luca.
Caminaron por los puentes secundarios, evitando las cámaras de seguridad y las patrullas. Venecia a las tres de la mañana era una ciudad de fantasmas. Finalmente, llegaron a una puerta de madera podrida en un canal lateral olvidado. Al entrar, el lujo marchito del lugar los recibió: lámparas de cristal de Murano cubiertas de polvo, espejos empañados y muebles tapados con sábanas blancas que parecían espectros.
Dante fue directo a un armario y sacó mantas secas y una botella de coñac. —Bebe —le ordenó, pasándole la botella—. Necesito que tu cerebro funcione, no que te mueras de hipotermia.
Elena bebió, sintiendo el líquido quemar su garganta y calentar su pecho. Se sentó en un sofá Luis XIV, sintiéndose fuera de lugar en medio de tanta decadencia. —¿Por qué es tan importante ese tesoro, Dante? No puede ser solo por el dinero. Tienes millones.
Dante se quitó la chaqueta mojada, revelando los tatuajes que cubrían su espalda: una mezcla de iconografía religiosa y símbolos criminales. —No es dinero. Es una prueba. El cuadro de la Madonna escondía la ubicación de los libros contables de la Inquisición veneciana del siglo XVIII. Mi familia no solo robaba oro; robaban secretos. Esos documentos contienen pruebas de que las familias más poderosas de Europa hoy en día construyeron sus imperios sobre la sangre y la traición. Con eso en mi poder, no solo soy rico... soy el dueño de sus destinos.
Elena guardó silencio. La magnitud del juego la abrumaba. No era una simple guerra de mafias; era un chantaje generacional.
De repente, el teléfono satelital de Dante vibró. Él escuchó durante un minuto, su rostro endureciéndose hasta parecer una máscara de mármol. Al colgar, miró a Elena con una expresión indescifrable.
—Tenemos un problema nuevo —dijo él—. Mi informante en la policía dice que han encontrado el cuerpo de uno de los hombres de Luca cerca de la torre. Pero no es eso lo más grave. Alguien ha filtrado tu nombre, Elena. Te han vinculado con el robo de la Madonna en el museo. Ahora eres la mujer más buscada de Italia.
Elena sintió que el mundo se desvanecía. —Yo no hice nada... tú me obligaste...
—Para el mundo, eres la mente maestra que sedujo a un Moretti para saquear un tesoro nacional —Dante se acercó y le tomó la cara con suavidad, casi con ternura—. Ahora solo me tienes a mí. Tu vida anterior ha muerto esta noche.
Justo en ese momento, un ruido de cristales rotos resonó en la planta baja del palacio. Alguien acababa de entrar. No eran pasos de policía; eran pasos pesados, tácticos.
—Están aquí —susurró Dante, sacando su arma—. Luca no pierde el tiempo.
Elena miró a su alrededor, buscando una salida, pero Dante la tomó de la mano. —Si quieres sobrevivir para ver el amanecer, vas a tener que confiar en mí más de lo que confías en tus propios ojos.
Se dirigieron hacia el balcón que daba al canal, donde la niebla empezaba a cubrirlo todo, preparando el escenario para una huida que los llevaría más allá de las fronteras de Italia.