Pecados, Sangre y Seda

El Refugio de Hielo.

El ascenso por las carreteras serpenteantes de los Alpes Dolomitas fue un viaje de silencios pesados y ráfagas de nieve que golpeaban el parabrisas del todoterreno robado. Atrás quedaba el eco de los disparos en Venecia y el olor a salitre. Ahora, el aire era tan frío que quemaba los pulmones.

Dante conducía con una mano firme, mientras la otra descansaba cerca de la palanca de cambios, rozando ocasionalmente la rodilla de Elena. Ella no se apartaba; no sabía si por cansancio o por una dependencia creciente que la aterrorizaba más que los hombres de Luca.

—Es una vieja cabaña de caza cerca de Cortina d'Ampezzo —explicó Dante sin apartar la vista de la carretera—. No hay electricidad de red, ni internet, ni rastro digital. Si sobrevivimos a la noche sin congelarnos, estaremos a salvo por un tiempo.

Llegaron cuando la luna estaba en su cenit, iluminando las cumbres escarpadas que rodeaban la cabaña como colmillos de plata. El lugar era una estructura de madera oscura y piedra, medio sepultada por la nieve. Dentro, el frío era absoluto.

Dante se puso a trabajar de inmediato, encendiendo una chimenea con movimientos expertos. Elena observaba cómo las llamas empezaban a lamer los troncos secos, proyectando sombras alargadas sobre las paredes desnudas.

—Quítate la ropa —dijo Dante de repente, de espaldas a ella.

Elena se tensó, sintiendo un nudo en el estómago. —¿Qué?

Él se giró, con una expresión de impaciencia profesional. —Tus botas están empapadas y tus pies se van a gangrenar. Hay mantas de lana en ese arcón y ropa seca que pertenece a mi familia. No es el momento para el decoro, Elena. Si te enfermas, eres un lastre. Y yo no cargo con lastres.

Ella obedeció en silencio, refugiándose detrás de una pantalla de madera mientras se cambiaba por un suéter de cachemira demasiado grande y unos pantalones de lana. Al salir, encontró a Dante frente al fuego, bebiendo directamente de una petaca.

—¿Por qué me salvaste en el palacio? —preguntó Elena, sentándose en el suelo, lo suficientemente cerca del fuego para sentir el calor pero lejos de él—. Podrías haberme dejado allí. Luca te habría seguido a ti, y yo habría sido un problema menos.

Dante dejó la petaca y la miró. Por primera vez, no había burla en sus ojos, solo una fatiga profunda. —Porque eres la única persona en años que me ha mirado con asco en lugar de miedo. El asco es honesto. El miedo es una mentira que la gente cuenta para sobrevivir. Además... —hizo una pausa, su voz bajando de octava—, inundaste esa cripta. Tienes el fuego de los Moretti en la sangre, aunque seas una restauradora de arte de clase media.

La tensión en la habitación cambió. Ya no era solo el peligro externo; era la atracción gravitatoria entre dos mundos que nunca debieron colisionar. Elena se dio cuenta de que Dante no era solo un criminal; era un hombre atrapado en una herencia que odiaba tanto como protegía.

—Mi vida está arruinada, ¿verdad? —susurró ella, mirando las llamas—. No hay vuelta atrás.

—La "vuelta atrás" es una fantasía —respondió él, acercándose a ella con pasos felinos. Se sentó a su lado, tan cerca que ella podía oler el tabaco y el cuero de su piel—. Pero el "hacia adelante" puede ser interesante. Si recuperamos esos libros contables, podrías comprar tu libertad. O podrías comprar el mundo entero.

Elena sintió la mano de Dante en su cuello, sus dedos trazando la línea de su mandíbula. El aislamiento empezaba a hacer su efecto; el mundo exterior había desaparecido, dejando solo esa cabaña, el rugido del fuego y el pulso acelerado de dos fugitivos.

—No confío en ti, Dante —dijo ella, aunque no se apartó cuando él inclinó la cabeza hacia la suya.

—Sabia decisión —murmuró él contra sus labios—. Nunca confíes en un hombre que no tiene nada que perder. Excepto a ti.

El beso fue un choque de desesperación y necesidad. En ese refugio de hielo, la traición de Luca y la búsqueda del tesoro quedaron relegadas a un segundo plano, sustituidas por una urgencia más primitiva. Sin embargo, fuera de la cabaña, en la oscuridad de los pinos, un punto rojo de una mira telescópica barrió brevemente la nieve.

Luca no solo los había seguido; los había rodeado. El aislamiento, el refugio que Dante creía perfecto, se había convertido en la trampa final.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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