Pecados, Sangre y Seda

Sangre sobre la Nieve.

La madrugada en los Alpes no trajo la luz, sino un velo de gris estático. La tormenta de nieve había alcanzado su punto álgido, convirtiendo el mundo fuera de la cabaña en un abismo blanco donde el viento aullaba como un animal herido. Dentro, el calor de la chimenea se había reducido a brasas agonizantes.

Dante se despertó antes que Elena. Su instinto, forjado en años de emboscadas y paranoias, detectó una anomalía en el ritmo del viento. No era el sonido de la naturaleza; era el crujido rítmico de botas rompiendo la costra de hielo a cincuenta metros de distancia.

Se levantó de la cama de madera con la agilidad de un depredador, recogiendo su Beretta y comprobando el cargador en un movimiento fluido. Se acercó a la ventana, apenas una rendija entre los tablones reforzados, y escrutó la penumbra.

—Elena —susurró, su voz apenas un hilo que cortó el silencio.

Ella se incorporó bruscamente, con el cabello revuelto y los ojos desorbitados por el rastro de un sueño que ya no recordaba. La manta de lana resbaló de sus hombros.

—Están aquí —dijo Dante. No hubo pánico en su tono, solo una resignación gélida—. Luca no esperó al amanecer.

Elena sintió que el corazón le subía a la garganta. —¿Cómo? Estamos en medio de la nada.

—Rastreadores térmicos, satélites, o tal vez simplemente alguien que conoce mis escondites mejor de lo que pensaba. No importa el cómo, solo el ahora. Escúchame bien: vas a bajar al sótano de servicio, donde se guarda la leña. Hay una trampilla bajo la alfombra de piel de oso. No salgas hasta que yo te lo diga.

—No voy a dejarte solo —replicó ella, su voz temblorosa pero firme. El miedo se estaba transformando en una rabia sorda.

Dante se acercó a ella, tomándola por los hombros. Sus manos estaban frías. —Esto no es una película de héroes, Elena. Son profesionales. Si te quedas aquí, eres un blanco. Si te escondes, eres mi seguro de vida. Toma esto.

Le entregó una pistola más pequeña, una Glock 26. Elena la tomó con manos torpes. El peso del metal frío parecía una condena.

—Solo úsala si la puerta de la trampilla se abre y no soy yo —sentenció Dante.

De repente, el silencio fue destrozado por el estallido de un cristal. Una granada cegadora rodó por el suelo de madera, emitiendo un pitido agudo antes de estallar en un destello blanco insoportable. Dante empujó a Elena hacia el suelo justo a tiempo.

El asedio había comenzado.

Los disparos perforaron la madera de las paredes con un sonido seco, como martillazos rápidos. Los hombres de Luca no buscaban parlamentar; querían demoler la estructura con ellos dentro. Dante rodó detrás de la pesada mesa de roble y devolvió el fuego, sus disparos medidos, quirúrgicos.

Elena, con los oídos zumbando y la visión manchada por manchas negras, se arrastró por el suelo hacia la trampilla. El olor a pólvora y ozono llenaba el aire, mezclándose con el frío punzante que entraba por las ventanas rotas. Vio a Dante cambiar de posición, moviéndose entre las sombras con una calma aterradora. Cada vez que su arma escupía fuego, se oía un grito amortiguado afuera.

Pero eran demasiados. El destello de las linternas tácticas bailaba en las paredes, barriendo el interior de la cabaña. Eran al menos seis hombres, moviéndose en formación de pinza.

—¡Fuego de cobertura! —gritó una voz desde afuera, distorsionada por el viento.

Una ráfaga de ametralladora ligera destrozó la chimenea, enviando fragmentos de piedra y ceniza por toda la habitación. Dante se vio obligado a agacharse, cubriéndose la cabeza.

Elena llegó a la alfombra de piel de oso. Sus dedos buscaron desesperadamente el anillo de la trampilla. Al encontrarlo, tiró con todas sus fuerzas. El espacio era oscuro y olía a humedad y pino. Se deslizó dentro, pero justo antes de cerrar la madera sobre su cabeza, vio a un hombre entrar por la ventana principal.

Era una sombra masiva vestida de blanco camuflaje. Dante no lo vio; estaba ocupado disparando hacia la puerta principal que estaba siendo golpeada por un ariete improvisado.

Elena, con el corazón martilleando contra sus costillas, levantó la pequeña Glock. Sus manos temblaban tanto que temía que el arma se le cayera. Recordó lo que Dante le había dicho sobre el "punto de mira". Apuntó a la espalda de la sombra blanca.

El disparo de Elena fue ensordecedor en el espacio cerrado del sótano. La sombra blanca se desplomó hacia adelante, golpeando el suelo con un ruido sordo. Dante se giró al instante, rematando al intruso antes de mirar hacia la trampilla con una expresión de pura incredulidad.

—¡Cierra esa maldita puerta, Elena! —rugió.

Ella obedeció, sumergiéndose en la oscuridad total mientras los disparos arriba se intensificaban, convirtiendo la elegante cabaña de caza en una tumba de madera y sangre.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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