Pecados, Sangre y Seda

El Calvario de la Tormenta.

La oscuridad en el sótano era un ente vivo. Elena escuchaba los pasos de Dante sobre su cabeza, rápidos y pesados, seguidos por el estruendo de muebles siendo arrastrados para bloquear los accesos. El asedio se había convertido en una guerra de desgaste.

Arriba, la voz de Dante sonaba ronca, dando órdenes falsas para hacer creer a los atacantes que no estaba solo. Era un truco desesperado. Elena abrazaba sus rodillas, sintiendo el frío del suelo de tierra filtrarse por su ropa. La pequeña Glock seguía en su mano, una presencia pesada y acusadora. Había matado a alguien. O al menos, había ayudado a hacerlo. La imagen del hombre de blanco cayendo se repetía en su mente como un bucle roto.

Un estallido mucho más fuerte que los anteriores sacudió la estructura. La cabaña gimió; los cimientos de piedra vibraron. Habían usado explosivos en la puerta principal.

—¡Dante! —gritó ella, olvidando las órdenes de silencio.

No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido de una lucha cuerpo a cuerpo. Golpes secos, el crujido de madera rota y un grito de dolor que no reconoció. Luego, silencio. Un silencio absoluto que solo era roto por el silbido del viento entrando por las brechas de la casa.

Elena no pudo aguantar más. El miedo a la soledad era mayor que el miedo a la muerte. Empujó la trampilla lentamente. El aire que entró estaba cargado de nieve y humo.

La sala principal era un caos. La mesa de roble estaba astillada, la chimenea en ruinas y dos cuerpos yacían en el suelo, teñidos de rojo sobre la madera clara. Dante estaba apoyado contra la pared del fondo, sujetándose el costado izquierdo. Su camisa blanca estaba empapada de sangre.

—Te dije... que te quedaras... abajo —logró decir, con una sonrisa forzada que era más una mueca.

—Estás herido —Elena corrió hacia él, ignorando los cuerpos.

—Es solo un rasguño. El chaleco detuvo lo peor, pero una esquirla entró por el lateral. Escucha, Elena, esto no ha terminado. Han retrocedido para reagruparse, pero volverán con fuego. Van a quemar la cabaña.

—Tenemos que irnos. Ahora.

—A la tormenta es muerte segura —dijo Dante, tratando de ponerse de pie—. Pero aquí dentro es un horno. Hay unas motos de nieve en el cobertizo trasero. Si logramos llegar, tenemos una oportunidad de cruzar el paso hacia Austria.

Dante se apoyó en ella. Era más pesado de lo que parecía, una masa de músculo y voluntad que empezaba a ceder. Caminaron penosamente hacia la parte trasera, esquivando los escombros. Elena recogió un abrigo pesado y se lo puso a Dante, cuyos labios empezaban a tomar un tinte azulado.

Salieron por la puerta de la cocina. El frío los golpeó como un muro físico. La visibilidad era de apenas dos metros. La nieve les llegaba a las rodillas, dificultando cada paso hacia el cobertizo.

De repente, una luz cegadora los envolvió. Un foco de gran potencia desde lo alto de la colina.

—¡Ahí están! —gritó una voz.

Dante empujó a Elena hacia la nieve justo cuando una ráfaga de balas trazadoras cortaba el aire por encima de sus cabezas, iluminando los copos de nieve como luciérnagas de fuego. Él respondió al fuego con su último cargador, cubriéndola mientras ella se arrastraba hacia la puerta del cobertizo.

Elena logró abrir el candado con una piedra, sus dedos casi sin sensibilidad. Dentro, dos motos de nieve Polaris brillaban bajo la luz de su linterna.

—¡Dante, aquí! —gritó.

Él llegó tropezando, cayendo pesadamente sobre una de las motos. La sangre de su costado estaba dejando un rastro oscuro en la nieve virgen. Elena se subió detrás de él, pasando sus brazos por su cintura para sostenerlo.

—Arranca... —susurró Dante, entregándole la llave—. Yo no puedo... ver bien.

Elena nunca había conducido una moto de nieve, pero el instinto de supervivencia es el mejor maestro. Giró la llave y el motor rugió, un sonido bendito que ahogó los gritos de los hombres de Luca que se acercaban corriendo por la nieve.

Aceleró a fondo. La moto saltó hacia adelante, rompiendo la puerta del cobertizo y lanzándose al abismo blanco de la montaña. Detrás de ellos, la cabaña estalló en llamas, convirtiéndose en una pira naranja que iluminaba la tormenta, un faro de destrucción que marcaba el final de su refugio y el comienzo de una huida suicida por las cumbres de los Alpes.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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