La tormenta los obligó a refugiarse en una cueva natural a medio camino del paso fronterizo. La moto de nieve se había quedado sin combustible y la herida de Dante necesitaba atención urgente. Elena había improvisado un vendaje con su propia bufanda y restos de una manta, pero la fiebre empezaba a apoderarse de él.
Dante estaba recostado contra la pared de piedra, envuelto en sombras. La luz de una pequeña linterna LED creaba sombras grotescas en el techo de la cueva. Estaba delirando, murmurando nombres en italiano y fechas que no significaban nada para Elena.
—Dante, mírame. Tienes que mantenerte despierto —decía ella, frotando sus manos para darle calor.
Él abrió los ojos. Estaban vidriosos, pero por un momento, la claridad regresó a ellos. Miró a Elena como si la viera por primera vez, con una mezcla de arrepentimiento y una extraña fascinación.
—Lo lograste —susurró—. Quién lo diría... la restauradora de cuadros... convertida en una fugitiva de los Alpes.
—Tuvimos suerte. Pero no durará mucho si no bajamos de aquí.
Dante soltó una risa seca que terminó en una tos dolorosa. —Suerte. No creas en la suerte, Elena. Todo esto... cada paso que hemos dado... ha sido parte de un diseño.
Elena se detuvo. Algo en su tono la puso en guardia. —¿De qué estás hablando?
—¿Crees que fue una coincidencia? —continuó Dante, sus palabras saliendo con dificultad—. ¿Que ese cuadro, la Madonna della Cripta, apareciera justo en tu museo? ¿Justo cuando tú estabas a cargo de la sección de arte renacentista italiano?
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. —¿Qué quieres decir? El cuadro fue una donación anónima de una fundación suiza.
Dante negó con la cabeza lentamente, una sonrisa amarga dibujándose en sus labios. —La fundación suiza era una cáscara vacía. Yo creé el rastro. Yo envié el cuadro a Venecia. Yo me aseguré de que llegara a tus manos.
Elena se apartó de él, poniéndose de pie en el estrecho espacio de la cueva. Su mente empezó a rebobinar los últimos meses. La llegada del cuadro, la obsesión que sintió por restaurarlo, los detalles ocultos que solo ella parecía notar...
—¿Tú me enviaste el cuadro? —su voz era apenas un susurro de horror—. ¿Por qué?
—Necesitaba a alguien con tu talento —confesó Dante, cerrando los ojos por un momento—. Los Moretti tenían el mapa, pero estaba oculto bajo capas de pintura y barniz que solo un experto podía ver sin destruir el original. Yo no podía llevarlo a un restaurador de la mafia; Luca se habría dado cuenta. Necesitaba a alguien externo, alguien limpio... alguien obsesivo.
—Me usaste como un señuelo —dijo Elena, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. Me pusiste en el punto de mira de Luca. Me convertiste en un objetivo solo para que yo te hiciera el trabajo sucio de limpiar ese mapa.
—No fue solo por el mapa —la voz de Dante se volvió más profunda, casi suplicante—. Sabía que si tú lo tenías, estarías a salvo por un tiempo. Luca no mata lo que no entiende, y él no entiende el arte. Eres la mejor en lo que haces, Elena. Sabía que encontrarías la verdad detrás de los pigmentos.
—¡Me pusiste en peligro de muerte! —gritó ella, el eco rebotando en las paredes de la cueva—. Mi vida, mi carrera... todo lo que era se ha quemado en esa cabaña. ¡Y todo fue porque tú decidiste jugar a ser Dios con mi destino!
Dante intentó incorporarse, pero el dolor lo devolvió al suelo. —Tenía que sacarlo de la familia. Los Moretti están podridos. Si Luca se hacía con los registros contables ocultos en la Madonna, el mundo sería un lugar mucho más oscuro. Tú eras la única salida.
Elena lo miró con una mezcla de odio y una tristeza infinita. El hombre que la había salvado, el hombre al que había empezado a entregar su confianza en medio de la nieve, era el mismo que había orquestado su ruina desde el principio.
—No eres mejor que Luca —dijo ella con frialdad—. Él usa la violencia; tú usas a las personas como si fueran pinceles. Soy solo una herramienta para ti, ¿verdad?
Dante no respondió de inmediato. La miró fijamente, y por un segundo, la máscara de mercenario cínico se rompió por completo.
—Al principio lo eras —admitió—. Pero ahora... ahora desearía haber enviado ese cuadro al fondo del Adriático antes de dejar que te tocara.
Elena se dio la vuelta, dándole la espalda. Fuera de la cueva, la tormenta empezaba a amainar, revelando un paisaje de una belleza cruel. Había descubierto la verdad, pero el precio era que ahora estaba atrapada con el arquitecto de su propia desgracia en el fin del mundo.