Pecados, Sangre y Seda

La Verdad Detrás de la Máscara.

El silencio en la cueva era más pesado que la nieve que bloqueaba la entrada. Elena permanecía de pie, mirando hacia la penumbra del exterior, donde el viento empezaba a calmarse. La revelación de Dante había transformado el refugio en una celda de sospechas.

—Dime una cosa —dijo Elena sin girarse—. Si todo esto fue planeado, ¿también planeaste que Luca nos encontrara en Venecia? ¿Planeaste que casi nos mataran en la cripta?

Dante tosió, un sonido húmedo que indicaba que su estado empeoraba. —No. Luca fue más rápido de lo que esperaba. Y más despiadado. Pensé que tendría semanas para acercarme a ti de forma... civilizada. Pero cuando vi que enviaba a sus sicarios al museo, supe que el juego se había acelerado. Tuve que intervenir antes de que te borraran del mapa.

Elena se giró lentamente. La ira seguía ahí, pero la curiosidad profesional empezaba a filtrarse. —El cuadro. ¿Cómo supiste que yo era la indicada? Hay cientos de restauradores en Europa con más nombre que yo.

Dante esbozó una pequeña sonrisa ensangrentada. —Leí tu tesis sobre la técnica del sfumato en los seguidores de la escuela veneciana. Notaste detalles en cuadros menores que otros expertos pasaron por alto. Tienes una forma de mirar las cosas, Elena... ves lo que hay debajo. Ves la intención del artista, no solo el resultado. Eso es lo que necesitaba. Los Moretti siempre ocultaron sus secretos en la belleza. Mi abuelo decía que nadie sospecha de un ángel rezando.

—Esa "belleza" ha matado a personas, Dante —replicó ella, acercándose de nuevo, pero manteniendo la distancia—. Incluyendo a esos hombres en la cabaña.

—Esos hombres eligieron su camino. Tú no tuviste elección, y por eso te pido perdón. Aunque sé que no significa nada ahora.

Elena se sentó en una roca frente a él. La luz de la linterna se estaba agotando, parpadeando débilmente. —Si los registros contables están bajo la pintura, ¿por qué no los recuperaste tú mismo? Eres un Moretti. Conoces los secretos.

—Porque soy un soldado, no un cirujano —Dante extendió sus manos; estaban llenas de cicatrices, rudas y endurecidas por el gatillo—. Si hubiera intentado quitar las capas de barniz del siglo XVIII, habría destruido el mapa. Necesitaba tu delicadeza. Necesitaba tu amor por el arte para salvar algo que yo solo podía proteger con violencia.

La ironía no se le escapó a Elena. Ella, que despreciaba la violencia, había sido la clave para que un guerrero pudiera completar su misión.

—¿Qué hay en esos registros que sea tan importante? —preguntó ella.

—Nombres —respondió Dante con gravedad—. Políticos, jueces, banqueros de toda Europa que han lavado el dinero de mi familia durante décadas. Si esos registros salen a la luz, el imperio Moretti se desmorona, pero también cae la mitad del sistema financiero de Italia. Luca quiere usarlo para chantajear al mundo. Yo quiero usarlo para quemarlo todo y empezar de cero.

Elena guardó silencio. Estaba atrapada entre dos monstruos, uno que quería el poder absoluto y otro que buscaba una redención nihilista a través de la destrucción. Y ella era la única que poseía la clave, grabada en su memoria fotográfica tras horas de restaurar la Madonna.

—Sé dónde está la segunda parte del código —dijo ella de repente.

Dante la miró con intensidad. —¿Dónde?

—No está en el cuadro. El cuadro solo era la lente. El código real está en el marco original que Luca todavía tiene. Las muescas que parecen carcoma son en realidad coordenadas. Sin el mapa que yo restauré, las coordenadas no sirven de nada. Pero sin las coordenadas, el mapa es solo una pintura bonita.

Dante soltó un suspiro largo. —Entonces estamos a medias. Luca tiene la llave y nosotros el mapa.

—Y ambos nos quieren muertos —concluyó Elena.

Se miraron en la penumbra. La traición inicial de Dante seguía siendo un muro entre ellos, pero la necesidad los obligaba a escalar ese muro juntos. Elena se dio cuenta de que, a pesar de todo, no sentía el mismo asco por Dante que por Luca. Dante la había manipulado, sí, pero lo había hecho por una causa que, en su mente retorcida, era noble.

—Si salimos de esta cueva —dijo Elena, extendiendo la mano hacia Dante—, lo haremos bajo mis condiciones. No soy tu herramienta. Soy tu socia. Y cuando esto termine, quiero mi vida de vuelta.

Dante tomó su mano. Su agarre era débil pero decidido. —Si salimos de aquí, Elena, te daré lo que quieras. Incluso si eso significa que nunca vuelvas a ver mi cara.

Afuera, la tormenta cesó por completo. El cielo se abrió en un azul profundo de madrugada, revelando el camino hacia el valle. El asedio había terminado, las revelaciones habían sido hechas. Ahora solo quedaba la guerra final por el alma de los Moretti, y Elena ya no era una espectadora; era la jugadora más peligrosa del tablero.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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