El aire de la costa dálmata era radicalmente distinto al de los Alpes. Ya no olía a pino y nieve congelada, sino a salitre, jazmín y el humo lejano de los yates de lujo. Elena y Dante se encontraban en una villa alquilada en las afueras de Dubrovnik, un lugar estratégico para observar la fortaleza de Luca: una mansión de piedra blanca que parecía brotar directamente de los acantilados sobre el mar Adriático.
Dante se recuperaba de su herida con una terquedad que rozaba lo inhumano. Aunque todavía caminaba con una ligera rigidez, sus ojos habían recuperado ese brillo depredador. Elena, por su parte, ya no era la mujer que temblaba al sostener una pistola. Había algo nuevo en su mirada: una determinación gélida, la de alguien que ha aceptado que su antigua vida ha muerto y que la única forma de recuperar algo parecido a la libertad es atravesando el fuego.
—El marco está en el estudio privado de Luca —dijo Dante, desplegando un plano arquitectónico sobre la mesa de mármol—. Se encuentra en el tercer piso, protegido por un sistema de reconocimiento biométrico y dos guardias permanentes en el pasillo.
Elena observó el plano con una precisión de cirujana. —El reconocimiento biométrico solo funciona si Luca está presente o si alguien tiene acceso a sus datos. Pero el sistema eléctrico de estas villas antiguas suele ser su punto débil. Si cortamos la energía, los cierres magnéticos tardarán treinta segundos en reiniciarse.
Dante la miró con una ceja levantada. —Parece que has estado estudiando más que solo restauración de arte.
—He estado estudiando cómo sobrevivir a tu familia —respondió ella sin mirarlo—. El marco es de madera de nogal del siglo XVIII. Tiene incrustaciones de nácar que forman el código que mencioné. No podemos simplemente robarlo; necesito cinco minutos con él para fotografiar los ángulos correctos bajo luz ultravioleta. Solo así podré superponerlo al mapa que memoricé.
El plan era audaz y suicida. Aprovecharían una gala benéfica que Luca organizaba esa noche. Un evento lleno de la élite criminal y política de Europa, el escenario perfecto para que dos fantasmas se movieran entre la multitud.
Llegaron a la mansión al anochecer. Elena vestía un traje de noche de seda verde esmeralda que ocultaba una micro-cámara en el escote y una pequeña daga de cerámica en el muslo. Dante, impecable en un esmoquin negro, parecía el epítome de la nobleza italiana, aunque el bulto apenas perceptible bajo su chaqueta delataba su verdadera naturaleza.
La mansión de Luca era un templo a la opulencia mal habida. Estatuas romanas auténticas flanqueaban los pasillos, y cuadros que deberían estar en el Louvre colgaban de las paredes bajo luces tenues. Elena sintió una punzada de dolor profesional al ver el trato que se le daba a esas obras; para Luca, el arte no era cultura, era moneda de cambio y trofeo.
—Ahí está —susurró Dante, asintiendo levemente hacia el fondo del salón principal.
Luca Moretti estaba rodeado de hombres en trajes oscuros. Se veía más joven que Dante, pero su rostro tenía una crueldad refinada, una falta total de empatía que lo hacía parecer una estatua de cera. Cuando sus ojos se cruzaron con los de ellos, no hubo sorpresa, solo una sonrisa lenta y triunfal.
—Mi querido hermano —dijo Luca, abriendo los brazos mientras se acercaba—. Y la famosa restauradora. Debo admitir que vuestra resistencia en los Alpes fue... inspiradora. Lástima que solo haya servido para traerme el mapa directamente a casa.
—No hemos venido a entregarte nada, Luca —dijo Dante, su voz baja y peligrosa.
—Oh, creo que sí. Porque mientras hablamos, mis hombres tienen rodeada vuestra pequeña villa. No hay escapatoria. Pero soy un hombre razonable. Entrégame el mapa, Elena, y te permitiré vivir como mi conservadora privada. Una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo.
Elena dio un paso al frente, su voz firme. —El mapa no está en un papel, Luca. Está aquí —se señaló la sien—. Y si quieres que los registros de los Moretti tengan sentido, necesitas lo que yo sé. Pero antes, quiero ver el marco. Quiero asegurarme de que no lo has arruinado con tu falta de gusto.
Luca soltó una carcajada. La arrogancia fue su primer error. —Subamos. Me encantará ver cómo te das cuenta de que tu genio es solo una herramienta más en mis manos.
Subieron las escaleras bajo la vigilancia de cuatro guardaespaldas armados. El estudio de Luca era frío y moderno. En el centro, sobre un caballete de acero, estaba el marco vacío de la Madonna della Cripta. La madera oscura brillaba bajo los focos.
Elena se acercó al marco con una reverencia casi religiosa. Sus dedos recorrieron las muescas ocultas entre las tallas de querubines. Eran coordenadas astronómicas, un sistema de cifrado utilizado por los banqueros venecianos del Renacimiento.
—Es fascinante —murmuró ella, activando discretamente la micro-cámara.
—¿Y bien? —presionó Luca—. ¿Dónde están los registros?
Elena miró a Dante. El contacto visual duró apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente.
—Ahora —dijo ella.
En ese instante, una explosión controlada en la subestación externa de la villa sumergió la propiedad en una oscuridad absoluta. Los gritos de sorpresa de los guardias fueron ahogados por el sonido de un combate rápido y letal. Dante se movió como una sombra, desarmando al primer guardia antes de que pudiera desenfundar.