Pecados, Sangre y Seda

El Juicio de la Madonna.

El escape de la mansión fue un descenso al caos. Dante y Elena se abrieron paso por las escaleras de servicio mientras las alarmas aullaban. Los disparos resonaban en los pasillos de mármol, destruyendo jarrones invaluables y espejos venecianos.

—¡Hacia el muelle! —gritó Dante, cubriéndola mientras descendían hacia los niveles inferiores de la villa, donde el mar golpeaba contra las rocas.

Luca los perseguía con una furia ciega. Ya no le importaba el mapa; quería la cabeza de su hermano. El enfrentamiento final se produjo en la terraza inferior, una plataforma de piedra suspendida sobre el Adriático embravecido. La luna llena iluminaba la escena con una luz espectral.

Luca salió de las sombras, con una pistola en la mano y el rostro desencajado. —¡Se acabó, Dante! No saldréis de esta roca.

Dante se puso frente a Elena, pero ella lo apartó suavemente. Tenía algo en la mano: la pequeña linterna de luz negra y su teléfono móvil.

—Luca —dijo ella, su voz elevándose sobre el rugido de las olas—. He enviado las fotos del marco y la superposición del mapa a tres servidores externos. Si algo nos pasa, los registros de los Moretti se publicarán automáticamente en los sitios web de los principales diarios de Europa.

Luca se detuvo en seco, con el dedo en el gatillo. —¿Mientes?

—¿Quieres arriesgarte? —desafió Elena—. Sabes que soy meticulosa. He identificado los nombres. El banco suizo, los políticos en Roma, las cuentas en Panamá. Tu imperio se basa en el secreto. Sin ese secreto, no eres más que un criminal común esperando ser arrestado.

La cara de Luca se tornó de un rojo violáceo. La lógica de Elena era impecable y, por primera vez, él sintió el frío del miedo.

—Dante, diles que se detengan —pidió Luca, su voz ahora con un tinte de desesperación.

—Es demasiado tarde, hermano —dijo Dante con una tristeza genuina—. El cuadro de la Madonna fue enviado para encontrarnos, pero terminó juzgándonos. El secreto está fuera.

En ese momento, el sonido de helicópteros empezó a acercarse desde el horizonte. No eran los refuerzos de Luca. Eran las luces azules y rojas de la Interpol y la policía estatal italiana. La filtración de Elena ya había comenzado a mover los hilos del mundo legal.

Luca, viéndose acorralado, lanzó un grito de rabia y apuntó a Elena. Dante reaccionó con la velocidad del rayo, lanzándose contra su hermano. Ambos cayeron al suelo, forcejeando cerca del borde del acantilado.

—¡No! —gritó Elena.

Un disparo resonó, seco y definitivo, perdiéndose en el estruendo del mar. Los dos hermanos quedaron inmóviles por un segundo. Luego, Dante se separó lentamente. Luca se quedó mirando al cielo, con una expresión de sorpresa eterna. La bala había sido suya, pero en el forcejeo, su propia arma se había disparado contra su pecho.

Dante se levantó con dificultad, mirando el cuerpo de su hermano antes de que este resbalara por el borde, desapareciendo en las aguas oscuras del Adriático. El ciclo de violencia de los Moretti se había cerrado de la forma más trágica posible.

Elena se acercó a él. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por las hélices de los helicópteros que ya sobrevolaban la villa.

—¿Lo has hecho? —preguntó Dante, refiriéndose a la publicación de los datos.

—Sí —respondió ella—. Ya no hay vuelta atrás para nadie. Tu familia ha caído, Dante. Y yo... yo ya no tengo un museo al que volver.

Dante la miró, y por primera vez, no había planes ni sombras en sus ojos. Solo cansancio y una extraña paz. —Te dije que te daría lo que quisieras.

—Quiero desaparecer —dijo Elena—. Pero esta vez, bajo mis propios términos. Sin cuadros enviados por correo, sin mapas ocultos. Solo yo.

Semanas después, en una pequeña ciudad costera en el sur de España, una mujer con el cabello corto y un nombre nuevo se sentaba frente a un lienzo en blanco en un estudio con vista al mar. En las noticias, el "Escándalo Moretti" seguía sacudiendo los cimientos de la política europea, con arrestos que se sucedían cada día.

Un sobre llegó a su puerta. No tenía remitente ni sellos sospechosos. Dentro, solo había una pequeña llave de una caja de seguridad en Ginebra y una nota escrita con una caligrafía elegante y firme:

"El mundo cree que la Madonna fue restaurada. Yo sé que ella nos restauró a nosotros. Sé libre, Elena. Te lo ganaste."

Elena dejó la nota sobre la mesa y tomó un pincel. Por primera vez en su vida, no estaba limpiando la visión de otro hombre; estaba pintando la suya propia. El asedio había terminado, y las revelaciones habían dado paso a algo mucho más valioso: un nuevo comienzo.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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