La lluvia en Ginebra siempre parecía tener una textura metálica, como si el agua misma estuviera impregnada del acero y el oro que fluían por las bóvedas subterráneas de la ciudad. Elena caminaba por la Rue de la Corraterie, protegiéndose bajo un paraguas negro que la hacía pasar desapercibida entre los ejecutivos y banqueros que se apresuraban hacia sus citas.
Habían pasado tres meses desde la noche en el Adriático. Tres meses de silencio, de sobresaltos cada vez que un coche se detenía demasiado tiempo frente a su estudio en España, y de pesadillas donde el rostro de Luca emergía de las olas. La llave que Dante le había enviado quemaba en su bolsillo. Sabía que abrir esa caja de seguridad era cruzar un umbral del que no habría retorno, pero la curiosidad profesional y el instinto de supervivencia eran más fuertes que el miedo.
El Banco de Crédito Privado suizo era una fortaleza de discreción. Tras pasar tres controles de identidad —usando su nuevo pasaporte a nombre de Adriana Cruz—, un empleado de guantes blancos la escoltó hacia las entrañas del edificio. El silencio allí abajo era absoluto, una calma sepulcral que solo el dinero antiguo puede comprar.
—La caja 404-B, señora —dijo el empleado, retirándose con una reverencia casi invisible.
Elena insertó la llave. El mecanismo giró con un clic aceitado. Al abrirla, no encontró lingotes de oro ni fajos de billetes. Lo que había dentro era mucho más peligroso: un cuaderno de cuero desgastado, un visor de diapositivas antiguo y una serie de microfilms.
Al encender el visor y colocar la primera diapositiva, Elena contuvo el aliento. No eran documentos bancarios. Eran fotografías de alta resolución de una serie de bocetos de Leonardo da Vinci que se creían perdidos en el incendio de un búnker en 1945. Pero lo que la hizo temblar no fue el valor artístico, sino las anotaciones al margen.
"Propiedad de la Fundación Sombra. El equilibrio debe mantenerse."
Elena sintió un frío glacial. La caligrafía no era de Luca. Era mucho más antigua. De repente, una voz resonó en la penumbra de la sala de seguridad, una voz que no debería estar allí.
—Ese cuaderno es la razón por la que tu padre tuvo que morir, Elena.
Ella se giró bruscamente, dejando caer el cuaderno. En la puerta, apoyado contra el marco con una elegancia que ocultaba su letalidad, estaba Dante. Pero no era el Dante herido y vulnerable de los Alpes. Vestía un abrigo de cachemir largo y sus ojos estaban más hundidos, como si hubiera visto el infierno y hubiera decidido mudarse allí.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó ella, retrocediendo hasta chocar con las cajas de acero.
—Nunca te perdí de vista —respondió él, acercándose lentamente—. Te envié esa llave para protegerte, pero también para advertirte. Luca no era el jefe de la organización, Elena. Él era solo el tesorero. Los verdaderos dueños de ese cuaderno acaban de descubrir que la caja ha sido abierta.
—¿De qué hablas? ¿Qué es la Fundación Sombra?
Dante recogió el cuaderno del suelo con una mezcla de respeto y asco. —Es una red que ha controlado el mercado de arte y, por extensión, gran parte de la política europea desde el final de la guerra. Usan las obras maestras como garantía para préstamos internacionales que no figuran en ningún libro. Tu padre descubrió que la Madonna della Cripta era la llave para descifrar dónde guardan el inventario real.
Elena sintió que el mundo giraba. Su padre, un humilde profesor de historia del arte, no había sido una víctima colateral de la mafia. Había sido un objetivo estratégico.
—Si ellos saben que estoy aquí... —empezó ella.
—Ya están arriba —la interrumpió Dante, sacando una pistola con silenciador de su abrigo—. La policía de Ginebra ha recibido una alerta de robo en esta sección. No vienen a arrestarnos, Elena. Vienen a asegurarse de que el cuaderno no salga de este sótano.
—Dante, no puedo volver a esto —suplicó ella, con lágrimas de frustración en los ojos—. Solo quería pintar. Solo quería paz.
Dante la tomó de los hombros, obligándola a mirarlo. —La paz es una mentira para gente como nosotros. Ahora, guarda esos microfilms en tu ropa. Vamos a salir de aquí por el conducto de ventilación del sistema de extinción de incendios. Y corre, porque en sesenta segundos, este banco se convertirá en una tumba.
Un estallido sordo sacudió el techo. El polvo empezó a caer como nieve sobre las cajas de seguridad. La caza había comenzado de nuevo, pero esta vez, el premio no era un cuadro, sino la verdad que podría colapsar el sistema financiero de un continente.