El escape por los túneles de servicio de Ginebra fue una carrera contra la asfixia. Dante guiaba a Elena a través de un laberinto de tuberías de vapor y cables de fibra óptica, moviéndose con la familiaridad de alguien que ha estudiado los planos de la ciudad durante semanas. El sonido de las botas de los equipos tácticos resonaba arriba, una percusión amenazante que los empujaba más profundo hacia la oscuridad.
—¿A dónde vamos? —susurró Elena, su voz quebrada por el esfuerzo. Sus manos, antes delicadas para la restauración, estaban cubiertas de hollín y grasa.
—A la estación Cornavin. Hay un tren de carga que sale hacia la frontera francesa en diez minutos. Es la única salida que no está bloqueada por controles biométricos —explicó Dante, deteniéndose en una intersección para escuchar.
Lograron salir a la superficie en un callejón mojado a dos manzanas de la estación. La lluvia seguía cayendo, ahora mezclada con el azul de las sirenas que inundaban la zona bancaria. Se movieron como sombras entre los viajeros nocturnos hasta alcanzar los muelles de carga.
Dante la ayudó a subir a un vagón de madera que transportaba maquinaria industrial. El interior olía a aceite de motor y hierro frío. En cuanto las puertas se cerraron y el tren comenzó a moverse con un chirrido metálico, Elena se desplomó sobre un montón de mantas de embalaje.
—Dante... —dijo ella después de unos minutos de silencio—. Me mentiste. Dijiste que todo terminaría con Luca.
Dante se sentó frente a ella, limpiando su arma con un pañuelo de seda. —Creí que sería así. Pero Luca era más estúpido de lo que pensaba. Dejó un rastro que lleva directamente a la Fundación Sombra. Y lo que es peor, usó tu nombre en sus registros personales como la "única llave viviente".
—¿La llave viviente? ¿Por qué?
—Porque tú eres la única que sabe cómo leer la técnica de la velatura que tu padre usó en el mapa oculto. No es solo lo que viste en el marco, Elena. Es la forma en que el color reacciona a ciertas frecuencias de luz. Ellos no solo quieren el cuaderno, te quieren a ti para que les digas qué significa.
Elena sacó uno de los microfilms y lo sostuvo contra una rendija de luz que entraba por la pared del vagón. —Esto es una lista de nombres. Políticos, directores de museos, incluso cardenales. Si esto sale a la luz...
—Si esto sale a la luz, el mundo del arte se acaba —sentenció Dante—. Y la Fundación Sombra prefiere quemar el Louvre antes que dejar que eso ocurra.
El tren ganaba velocidad, alejándolos de la seguridad de Suiza y adentrándolos en la incertidumbre de la campiña francesa. Elena cerró los ojos, tratando de recordar las clases de su padre, las tardes de domingo en las que él le hablaba de "la responsabilidad del restaurador".
—Mi padre siempre decía que restaurar es devolver la verdad a la luz —murmuró ella—. Si esta es la verdad que él protegió, no puedo dejar que la destruyan.
Dante la miró con una mezcla de admiración y temor. —Ese es el problema con la verdad, Elena. A diferencia de un cuadro, no puedes simplemente colgarla en una pared y admirarla. La verdad muerde.
De repente, el tren comenzó a frenar bruscamente. El metal crujió y las chispas saltaron bajo el vagón. Dante se puso de pie al instante, pegándose a la puerta.
—No deberíamos estar parando aquí —dijo, desenfundando de nuevo.
Desde el exterior, el sonido de un megáfono rompió el silencio del campo francés. "Este tren está bajo jurisdicción federal. Abran las puertas y salgan con las manos en alto."
Pero no era la policía francesa. A través de la rendija, Elena vio los uniformes: gris oscuro, sin insignias, con máscaras tácticas negras. Los soldados de la Fundación Sombra no usaban banderas.
—Toma esto —Dante le entregó una pequeña cápsula—. Si nos separan, ve a Lyon. Busca el taller de 'Le Vieux Marc'. Él sabrá qué hacer con los microfilms.
—¿Y tú?
Dante le dedicó una sonrisa amarga, la primera que veía en meses. —Yo voy a recordarles por qué los Moretti eran los perros de presa de esta fundación antes de decidir morder la mano que los alimentaba.
La puerta del vagón fue arrancada de sus bisagras por una carga explosiva, y la noche se llenó de fuego y gritos una vez más.