Pecados, Sangre y Seda

La Ciudad de las Sombras Teñidas.

El frío de la madrugada en Lyon no era como el de Ginebra; era una humedad que se filtraba por los huesos, cargada con el olor de los ríos Ródano y Saona que abrazan la ciudad. Elena llegó a la estación de Lyon-Part-Dieu con el cuerpo entumecido y el corazón latiendo a un ritmo frenético que no lograba estabilizar. Se había bajado del tren de carga kilómetros atrás, antes de que el asalto total comenzara, saltando hacia una zanja de barro mientras las ráfagas de balas trazadoras iluminaban el cielo como fuegos artificiales de pesadilla. No sabía si Dante estaba vivo. Esa incertidumbre era una mancha ácida en su estómago.

Caminó por el barrio de Vieux Lyon, el casco antiguo, donde las calles son tan estrechas que los edificios parecen susurrarse secretos entre sí. Siguiendo las instrucciones de la cápsula que Dante le entregó, buscaba un traboule, uno de esos pasadizos secretos que atraviesan los edificios y que fueron utilizados por la Resistencia francesa durante la guerra. Era irónico: ahora ella era parte de una nueva resistencia, una que luchaba por la verdad del arte y la supervivencia.

La dirección la llevó a una puerta de madera desvencijada en la Rue Saint-Jean. No había carteles, solo una pequeña talla de un león con un pincel en la boca. Elena golpeó siguiendo el código que venía grabado en la cápsula: tres golpes secos, una pausa, y dos rápidos. El silencio que siguió fue eterno. Finalmente, un visor se deslizó y un solo ojo, nublado por las cataratas pero agudo como un bisturí, la inspeccionó.

—El barniz tarda en secar —dijo una voz rasposa desde el interior.

—Solo si la mezcla es impura —respondió Elena, repitiendo la contraseña que Dante le había obligado a memorizar meses atrás, en una de aquellas noches en las que todavía creían tener el control.

La puerta se abrió con un gemido de bisagras oxidadas. El interior era un santuario de la historia. El aire estaba saturado de trementina, aceite de linaza y el polvo dulce del papel antiguo. Estantes que llegaban hasta el techo albergaban frascos con pigmentos naturales: lapislázuli de Afganistán, ocre de la Toscana, rojo de cochinilla. En el centro del taller, bajo una lámpara de luz fría, un hombre encorvado trabajaba sobre un pergamino.

—'Le Vieux Marc' —dijo Elena, dando un paso hacia la luz.

El hombre se enderezó. Era pequeño, con manos nudosas que parecían hechas de la misma madera que sus marcos, pero sus movimientos tenían la precisión de un relojero. No la saludó. En su lugar, señaló una mesa donde reposaba una jarra de peltre con vino tinto y un trozo de pan.

—Come. Los muertos no pueden restaurar nada, y tú pareces un fantasma que ha caminado bajo la lluvia —dijo Marc. Sus ojos se fijaron en el bulto que Elena llevaba bajo el abrigo—. Dante siempre tuvo buen ojo para los problemas. Traes el microfilm, supongo.

—Traigo la verdad sobre mi padre —corrigió Elena, sentándose pesadamente. El vino le quemó la garganta, pero le devolvió algo de calor—. Dante me dijo que usted sabría qué hacer.

Marc soltó una carcajada seca que terminó en una tos asmática. —Dante cree que yo soy un mago. Solo soy un viejo que sabe leer lo que otros intentan ocultar. La Fundación Sombra... —hizo una pausa, su rostro ensombreciéndose—. Ellos no son solo coleccionistas, pequeña. Son los arquitectos de una historia falsa. Si lo que traes es lo que creo, los cimientos de Europa van a temblar.

Elena sacó la pequeña bobina de microfilm. Marc la tomó con unas pinzas, como si fuera un insecto venenoso. Lo llevó a un proyector de mesa modificado. Las imágenes empezaron a desfilar por la pared blanca del taller: listas de transacciones que databan de los años 50, contratos de arrendamiento de búnkeres olvidados en los Alpes, y fotografías de cuadros que el mundo creía quemados por los bombardeos aliados.

—Mira esto —señaló Marc, ampliando una imagen de un recibo—. "Servicios de conservación: Proyecto Icarus". El nombre del restaurador jefe...

Elena se acercó. La firma en el documento era inconfundible. Las elegantes curvas de la "A" y la firmeza de la "M".

—Es mi padre —susurró Elena, sintiendo que el suelo desaparecía de nuevo—. Él no estaba huyendo de ellos. Él trabajaba para ellos.

—O eso querían que pareciera —dijo Marc, mirándola con una compasión inesperada—. En este mundo, Elena, la primera capa de pintura siempre es una mentira. Para encontrar la obra maestra, tenemos que raspar hasta que duela. Y hoy, vamos a empezar a raspar.



#809 en Thriller
#5460 en Novela romántica

En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.