Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el taller de Marc se convirtió en el universo entero de Elena. Mientras el mundo exterior buscaba a una "terrorista" que había asaltado un banco en Ginebra, ella se sumergió en los secretos de su propio linaje. Marc no solo era un experto en pigmentos; era un maestro en el arte de la decodificación visual.
—Tu padre no usaba códigos matemáticos, Elena —explicaba Marc mientras analizaban una serie de diapositivas de la Madonna della Cripta bajo diferentes espectros de luz—. Él usaba la técnica de la pentimenti. Pintaba algo, y luego lo cubría con otra capa que solo era visible cuando se aplicaba un solvente específico o una longitud de onda determinada.
Elena observaba cómo las imágenes proyectadas revelaban patrones geométricos ocultos en los pliegues del manto de la Virgen. Lo que antes parecían sombras artísticas ahora se revelaban como coordenadas geográficas y números de cuentas en paraísos fiscales.
—Él estaba dejando un rastro —comprendió Elena—. Estaba documentando los crímenes de la Fundación mientras trabajaba para ellos. Era su seguro de vida.
—Y fue su sentencia de muerte —añadió Marc con amargura—. El problema de dejar un rastro es que, tarde o temprano, alguien más aprende a leerlo. Luca Moretti lo descubrió, pero no tenía la delicadeza para entenderlo todo. Por eso te necesitaba a ti. Por eso Dante te sacó de allí.
Elena se alejó de la mesa, caminando entre los marcos vacíos que colgaban de las paredes. —Dante... él es uno de ellos, ¿verdad? Un Moretti. Un perro de presa, como él mismo dijo.
Marc dejó las pinzas y se giró hacia ella. —Dante es un hombre que nació en un incendio y decidió que no quería arder. No lo juzgues por sus cicatrices, sino por cómo las obtuvo. Si él te envió aquí, es porque cree que tú eres la única parte de este mundo que todavía vale la pena salvar.
De pronto, un zumbido sordo interrumpió la conversación. Era un dispositivo en la mesa de Marc, una radio de onda corta que captaba las frecuencias de la policía local. Marc subió el volumen.
"...intervención en el muelle de carga de Ambérieu-en-Bugey finalizada. Seis bajas confirmadas, todas de identidad desconocida. No se encontró al objetivo principal. Se sospecha huida hacia los bosques circundantes."
Elena sintió un alivio momentáneo que fue aplastado rápidamente por la lógica. "No se encontró al objetivo principal". Eso podía significar que Dante había escapado, o que su cuerpo había quedado irreconocible. O peor, que lo habían capturado vivo.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Marc, apagando la radio—. Si los mercenarios de la Fundación están en Ambérieu, están a menos de una hora de Lyon. Tenemos que procesar el resto de los microfilms y preparar tu nueva identidad. A partir de mañana, Elena Moretti muere. Nacerá alguien que ellos no puedan rastrear.
—No quiero otra identidad —dijo Elena con una firmeza que sorprendió incluso a Marc—. Quiero que sepan quién soy. Quiero usar lo que mi padre dejó para desmantelar esa fundación desde adentro.
Marc la miró de arriba abajo, viendo la determinación en sus ojos verdes, el mismo brillo que recordaba en el profesor de arte años atrás. —Eso es un suicidio, muchacha.
—No —respondió ella, tomando un pincel de la mesa—. Es una restauración. Voy a devolver la verdad al cuadro, cueste lo que cueste.
Esa noche, bajo la tutela del viejo maestro, Elena no aprendió a esconderse, sino a camuflarse a plena vista. Marc le enseñó a alterar sus rasgos con prótesis dentales ligeras, a cambiar su forma de caminar y, lo más importante, a usar su conocimiento del arte para infiltrarse en los círculos donde la Fundación Sombra operaba. Pero mientras practicaba, su mente seguía en aquel vagón de tren, en el sonido de la explosión y en la mirada de un hombre que había prometido ser su escudo.