Sesenta segundos antes de que la puerta del vagón volara en mil pedazos, Dante Moretti ya sabía que iba a morir. No era una premonición mística; era puro cálculo táctico. Estaba atrapado en una caja de madera y metal, rodeado de campo abierto y perseguido por una unidad de élite que no respondía ante ninguna convención de Ginebra.
—Corre, Elena —había dicho. Fue lo último que permitió que su corazón dictara antes de cerrar la compuerta de sus emociones y dejar que el "perro de presa" tomara el control.
La explosión fue un martillazo de luz blanca. Dante se había lanzado al suelo, cubriéndose tras un bloque de motor industrial. El aire se llenó de astillas y humo. Antes de que el eco del estallido se apagara, tres granadas de aturdimiento rodaron por el suelo del vagón. Dante cerró los ojos y abrió la boca para equilibrar la presión craneal.
Uno. Dos. Tres.
Los mercenarios entraron con la precisión de autómatas. Dos por la brecha principal, uno por la puerta lateral. Dante no usó su arma de fuego de inmediato; el fogonazo revelaría su posición exacta en la oscuridad. En su lugar, el cuchillo táctico que llevaba en la bota encontró el espacio entre el casco y el chaleco del primer soldado. Un movimiento fluido, casi artístico, de abajo hacia arriba. El hombre cayó sin un suspiro.
—¡Objetivo comprometido! ¡Sector 4! —gritó el segundo soldado, barriendo el interior con el láser rojo de su rifle.
Dante rodó por debajo de una lona, disparando dos veces desde el suelo. Las balas de su 9mm perforaron las rodillas del mercenario, derribándolo. El tercero, desde la puerta lateral, abrió fuego automático. Las balas de 5.56mm destrozaron la madera del vagón, creando una cortina de astillas que hirieron el rostro de Dante.
—¡Vengan por mí, bastardos! —rugió Dante, su voz una mezcla de adrenalina y odio puro.
Salió de su cobertura con una agilidad que desafiaba sus heridas. No estaba disparando para matar solamente; estaba disparando para crear caos. Lanzó una granada de humo que había robado del primer mercenario caído. El vagón se convirtió en una nube gris impenetrable.
Dante conocía cada centímetro del espacio. Se movía por tacto, por memoria. Golpeó a un cuarto hombre que intentaba entrar, usando la culata de su arma como un mazo. Sintió el crujir de un tabique nasal y el peso de un cuerpo colapsando. Pero la ventaja no duraría. Fuera, un helicóptero ligero comenzaba a descender, su reflector barriendo las vías del tren como el ojo de un dios vengativo.
Un disparo de francotirador desde el exterior atravesó la pared del vagón, rozando el hombro de Dante. El dolor fue una descarga eléctrica que casi le hace soltar el arma. Se dio cuenta de que lo querían vivo, pero solo lo suficiente para interrogarlo. Sus disparos iban a las extremidades, a las zonas no vitales.
—Quieren el cuaderno... —masulló Dante, apretando los dientes mientras se vendaba el hombro con un trozo de su propia camisa—. Pues van a tener que buscarlo en el infierno.
Saltó del vagón en movimiento justo cuando una ráfaga de ametralladora pesada desde el helicóptero empezaba a desmenuzar el tren. Cayó rodando por el terraplén, sintiendo cómo las piedras le desgarraban la piel. Al fondo, las luces de una pequeña aldea parpadeaban, pero Dante sabía que no podía ir allí. Llevaría la muerte a gente inocente. Su único camino era el bosque, y el único lenguaje que le quedaba era la guerra de guerrillas.