El bosque de Ambérieu era una densa red de pinos y maleza que en la oscuridad se transformaba en una trampa mortal. Dante se movía como un animal herido pero letal, aprovechando cada sombra. Su hombro izquierdo estaba prácticamente inútil, y la pérdida de sangre empezaba a nublarle la visión, pero su entrenamiento como ejecutor de los Moretti lo mantenía en pie.
Detrás de él, la unidad de la Fundación Sombra se había desplegado en abanico. Usaban visores térmicos. Dante lo sabía, por lo que se sumergió en un arroyo helado, cubriendo su ropa y piel con barro frío para enmascarar su firma de calor. Era una técnica vieja, dolorosa, pero efectiva.
—Tenemos rastro de sangre —escuchó una voz por radio, a pocos metros de su posición—. Se dirige al norte, hacia el desfiladero.
Dante sonrió para sí mismo, una mueca sangrienta. Los estaba llevando exactamente a donde quería. El desfiladero era un embudo natural donde la superioridad numérica no significaba nada.
Se posicionó en una cornisa de roca, preparando su última trampa. Tenía tres cargadores, dos granadas y un odio que quemaba más que el frío del barro. Cuando el primer equipo de exploración entró en la zona estrecha, Dante no disparó. Esperó a que los tres hombres estuvieran bajo la saliente.
Dejó caer una de las granadas, no hacia ellos, sino hacia un cúmulo de rocas sueltas sobre sus cabezas. El estallido provocó un pequeño desprendimiento. No fue suficiente para matarlos, pero sí para confundirlos y romper su formación. En el caos, Dante descendió como un espectro.
Fue un combate cuerpo a cuerpo, brutal y sucio. Dante usó su peso para derribar al hombre más cercano, arrebatándole el cuchillo y usándolo con una eficiencia aterradora. Recibió un golpe en las costillas que le hizo escupir sangre, pero devolvió el ataque con un disparo a quemarropa que iluminó la noche por un milisegundo.
—¿Dónde está la chica? —preguntó el líder del equipo, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el ojo, mientras forcejeaba con Dante en el suelo.
—En un lugar donde nunca podrán tocarla —gruñó Dante, hundiendo sus dedos en la herida del hombre—. Ella es el fin de todos ustedes.
Un segundo soldado intentó intervenir, pero Dante usó el cuerpo del líder como escudo humano. Los disparos del subordinado impactaron en su propio jefe. Dante aprovechó el momento de duda para eliminar al superviviente. Se quedó solo en el desfiladero, rodeado de cadáveres y el sonido del viento entre los pinos.
Pero la victoria era pírrica. El helicóptero seguía rodeando la zona, y más luces se acercaban desde la carretera. La Fundación no iba a rendirse. Habían invertido demasiado en el "Proyecto Icarus" como para dejar que un Moretti traidor arruinara décadas de conspiración.
Dante intentó levantarse, pero sus piernas cedieron. Se apoyó contra un árbol centenario, sintiendo cómo el frío empezaba a volverse acogedor. "Elena", pensó. "Espero que hayas llegado a Lyon". Sacó la última cápsula que guardaba, una que no era para ella, sino para él mismo. Contenía una señal de emergencia que, al activarse, enviaría su posición a un contacto que juró nunca volver a llamar: su hermano separado, un hombre que odiaba a la Fundación tanto como él, pero por razones mucho más oscuras.
Presionó el botón. La señal salió al aire. Ahora, solo le quedaba esperar a ver quién llegaba primero: el rescate o el pelotón de fusilamiento.