La última fase del enfrentamiento no ocurrió en el bosque, sino en una vieja serrería abandonada a la salida del desfiladero. Dante se había arrastrado hasta allí, buscando un lugar donde pudiera dar su última batalla con una pared a su espalda. La estructura de madera crujía bajo el viento, pareciendo un eco de sus propios huesos.
El helicóptero se mantuvo a distancia, iluminando la serrería como si fuera un escenario de teatro. Los altavoces resonaron:
—Dante Moretti. Has servido bien a la Fundación durante años. Entréganos el cuaderno y el paradero de la restauradora, y te garantizamos una muerte rápida. Sabes que no hay salida.
Dante se rió, un sonido que se convirtió en una tos húmeda. Estaba sentado sobre un fardo de aserrín, con su última arma sobre las rodillas. —¡Vengan por la información! —gritó—. ¡Está escrita en mi ADN!
Cuatro mercenarios entraron por diferentes puntos. Dante ya no se escondía. Había colocado bidones de combustible que quedaban en la serrería cerca de las entradas. Cuando los soldados cruzaron el umbral, disparó a los tanques.
La explosión fue magnífica. Una columna de fuego naranja envolvió la entrada principal, convirtiendo la serrería en un horno. Los mercenarios retrocedieron, gritando, pero Dante seguía disparando a través de las llamas. Se sentía invencible en medio de la destrucción, un demonio reclamando su reino.
Sin embargo, el humo comenzó a jugar en su contra. Sus pulmones, ya dañados, empezaron a fallar. Se desplomó sobre el aserrín mientras el fuego se extendía por las vigas del techo. El líder de la operación, un hombre que Dante reconoció como Valeska, un antiguo mentor dentro de la organización, entró usando un traje ignífugo.
Valeska se detuvo frente a él, apuntándole a la cabeza con una frialdad profesional. —Fuiste mi mejor alumno, Dante. Es una lástima que tuvieras sentimientos por una civil. El arte es eterno; nosotros somos desechables.
—Ella no es una civil —logró decir Dante, con una sonrisa sangrienta—. Ella es el pincel que va a borrar tu cara de la historia.
Justo cuando Valeska apretaba el gatillo, el techo de la serrería colapsó bajo el peso de algo más que fuego. Un segundo helicóptero, este negro mate y sin luces, apareció de la nada. Una cuerda de descenso cayó y dos figuras vestidas de negro total irrumpieron en el edificio, disparando con una precisión sobrehumana.
No eran de la Fundación. Eran de la "Unidad Cuervo", el grupo mercenario personal de la familia Moretti que había jurado lealtad al hermano de Dante. El caos se volvió absoluto. Valeska tuvo que cubrirse mientras los recién llegados lanzaban granadas de gas lacrimógeno de alta potencia.
Dante sintió que unas manos fuertes lo agarraban por las axilas. —Se acabó, hermano —susurró una voz que no había oído en diez años—. Papá estaría furioso de ver lo descuidado que te has vuelto.
—Llegas tarde, Julian —murmuró Dante antes de perder el conocimiento.
Fue subido al helicóptero mientras la serrería explotaba por completo detrás de ellos. La Fundación Sombra había perdido su rastro, pero ahora Dante estaba en manos de su propia familia, una que podía ser incluso más peligrosa que sus anteriores jefes. En el horizonte, las luces de Lyon seguían brillando, ajenas a la guerra que se libraba para proteger el secreto que Elena Moretti ahora custodiaba en un taller de restaurador.