París no recibía a Elena con los brazos abiertos, sino con el frío juicio de sus gárgolas de piedra y el brillo gélido de la Torre Eiffel recortándose contra un cielo de grafito. Se encontraba en un pequeño piso franco en Le Marais, un lugar que olía a libros viejos y a la humedad de los muros del siglo XVII. Frente a ella, sobre una mesa de caoba, reposaba la invitación que determinaría su destino: una tarjeta de cartulina gruesa, con bordes de oro y el emblema en relieve de la Galerie des Éphémères.
—Mírate, Elena —dijo la voz de Marc a través del auricular inalámbrico, distorsionada por el cifrado de grado militar—. Ya no eres la hija asustada de un restaurador de Ginebra. A partir de este momento, eres la Condesa Alessandra Vieri, una heredera italiana con más dinero que escrúpulos y un apetito insaciable por las vanguardias prohibidas.
Elena observó su reflejo en el espejo de cuerpo entero. Marc había hecho milagros. Su cabello castaño ahora lucía un rubio platino casi blanco, cortado en un estilo bob afilado que endurecía sus facciones. Unas lentillas de color gris tormenta ocultaban sus ojos verdes, y un sutil maquillaje reconstructivo había alterado ligeramente la línea de su mandíbula. El vestido, una pieza de alta costura de seda negra que parecía absorber la luz de la habitación, se ajustaba a su cuerpo como una armadura de gala.
—Me siento como una impostora, Marc —susurró Elena, ajustándose un collar de diamantes que, en realidad, ocultaba una cámara de alta resolución en el cierre.
—Todos en esa gala son impostores, pequeña —respondió Marc desde Lyon, donde supervisaba los planos digitales de la galería—. Los coleccionistas fingen que aman el arte cuando solo aman el estatus. Los directores de la Fundación fingen que preservan la historia cuando solo la manipulan. Tú solo vas a ser la mejor actriz de la sala.
La misión era suicida, pero necesaria. El microfilm que descifraron en Lyon mencionaba el "Códice de las Sombras", un registro físico de las obras de arte expoliadas que la Fundación utilizaba para financiar sus operaciones políticas. El Códice no estaba digitalizado; era un objeto físico, custodiado en la caja fuerte privada del director de la galería, Henri de Valois, un hombre que figuraba en los archivos de su padre como el principal nexo entre el mercado legal y el inframundo de la Fundación.
—Recuerda el protocolo —instruyó Marc—. De Valois es un narcisista. No le hables de dinero; háblale de la técnica. Háblale de la luz de Caravaggio y de la desesperación de Goya. Haz que crea que eres una de las pocas personas en el mundo capaces de entender su "visión".
Elena tomó un bolso de mano donde escondía un dispositivo de interferencia electrónica y una jeringa de acción rápida con un sedante. Sus manos temblaban ligeramente, pero su mente estaba extrañamente clara. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro ensangrentado de Dante en aquel tren. No sabía si él estaba muerto o cautivo, pero sabía que la única forma de honrar su sacrificio era terminar lo que empezaron.
—El transporte está abajo —anunció Marc—. Un Mercedes negro con cristales blindados. El conductor es de confianza, un viejo amigo de Julian Moretti. No hables con él. Mantén el personaje desde que cruces el umbral.
Elena bajó las escaleras, sintiendo el peso de la seda contra sus piernas. Al salir a la calle, el aire de París la golpeó. Se subió al coche y observó las luces de la ciudad pasar como trazos de un pincel impresionista. A medida que se acercaban al distrito 8, el tráfico se volvía más denso, lleno de vehículos de lujo que convergían hacia la Galerie des Éphémères.
—Marc, ¿estás ahí? —preguntó ella en voz baja cuando el coche se detuvo frente a la alfombra roja.
—Siempre, Alessandra. La red local está bajo mi control. He creado un bucle de cinco segundos en las cámaras de la entrada. Tienes vía libre. Recuerda: el Códice está en el segundo piso, tras la biblioteca de incunables. Tienes que conseguir que De Valois te invite a su despacho privado.
Elena bajó del coche. Los flashes de los fotógrafos la cegaron por un instante, pero ella no bajó la cabeza. Caminó con la arrogancia de alguien que posee el mundo, entregando su invitación al portero de guantes blancos. Al entrar, el aroma a champán caro y perfumes de diseñador la envolvió. La música de un cuarteto de cuerda llenaba el espacio, pero para Elena, todo era ruido blanco. Sus ojos buscaban una sola cosa: a Henri de Valois, el hombre que guardaba la llave de la caída de la Fundación. La función había comenzado.