La Galerie des Éphémères era un monumento al exceso y al gusto refinado. Grandes lienzos de maestros flamencos compartían espacio con esculturas abstractas de acero que parecían garras surgiendo del suelo de mármol. Elena se movía por el salón principal con una copa de cristal en la mano, aceptando cumplidos vacíos y devolviendo sonrisas gélidas.
—A las once en punto, hacia tu derecha —susurró Marc en su oído—. Henri de Valois. Está hablando con el embajador suizo.
Elena localizó a su objetivo. De Valois era un hombre de unos sesenta años, de cabello canoso perfectamente peinado y un traje a medida que gritaba autoridad. Tenía esa mirada condescendiente de quien cree que puede tasar el valor de un alma humana con solo mirarla.
Elena esperó el momento oportuno. Cuando De Valois se despidió del embajador, ella se acercó a un cuadro de un seguidor de Rembrandt que colgaba cerca de él. Se quedó inmóvil, observando la pincelada con una intensidad fingida.
—La preparación del lienzo es defectuosa —dijo ella en voz alta, lo justo para que él la oyera—. El ocre ha empezado a devorar la imprimación. En cincuenta años, esa sombra será solo una mancha de humedad.
De Valois se giró, arqueando una ceja. Se acercó a ella, evaluando primero su vestido y luego su rostro. —Una observación audaz para alguien que debería estar disfrutando del champán, Condesa Vieri. La mayoría de mis invitados solo ven el nombre en la placa.
—Los nombres son para los subastadores, Monsieur de Valois —respondió Elena, girándose con una elegancia estudiada—. Yo busco la intención. Y la intención de este artista era ocultar su falta de talento tras una oscuridad innecesaria. Es una lástima. La composición tenía potencial.
De Valois sonrió, una expresión depredadora. —Rara vez encuentro a alguien que hable el lenguaje de los pigmentos con tanta... propiedad. Me han dicho que su colección en Roma es modesta pero exquisita.
—Prefiero la calidad a la cantidad —dijo ella, dando un sorbo a su copa—. Al igual que la Fundación Sombra, ¿no es cierto? Se dice que vuestro almacén en los Alpes guarda cosas que harían que el Louvre pareciera un mercadillo.
El aire entre ellos se tensó. De Valois no se inmutó, pero sus ojos se entrecerraron. —La Fundación es un mito para asustar a los coleccionistas novatos, Condesa. Nosotros solo somos custodios.
—Custodios de lo que el mundo no merece ver —replicó Elena, bajando la voz—. He oído rumores sobre un Códice. Un inventario de lo que realmente importa. Me gustaría saber si tales leyendas tienen una base... material.
De Valois la observó durante lo que pareció una eternidad. Marc, en el oído de Elena, murmuraba: "Cuidado, estás tensando demasiado la cuerda". Pero Elena sabía que con hombres como él, la única forma de entrar era desafiándolos.
—Es usted una mujer peligrosa, Alessandra —dijo finalmente De Valois—. Pero el entusiasmo por la verdad es una virtud que valoro. Quizás... solo quizás, podría mostrarle algo que no está en el catálogo público. Mi despacho tiene una vista excelente de la ciudad, y una biblioteca que incluso usted encontraría fascinante.
—Sería un honor —dijo Elena, ocultando el triunfo tras una máscara de indiferencia.
Subieron por una escalera de caracol de hierro forjado hacia el segundo piso. El ruido de la fiesta se fue desvaneciendo, sustituido por el silencio denso de los pasillos alfombrados. De Valois abrió una puerta pesada de roble que daba acceso a un despacho circular. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que albergaban manuscritos antiguos y frascos de botica.
—Marc, estoy dentro —pensó Elena, sabiendo que el dispositivo de audio transmitía cada palabra—. El despacho es circular. Hay tres cámaras ocultas en las molduras del techo.
—Recibido —respondió Marc—. Estoy trabajando en el bucle de las cámaras. Tienes tres minutos antes de que el sistema de seguridad central realice un chequeo de rutina.
De Valois se acercó a una de las estanterías y presionó un lomo de cuero desgastado. Un panel se deslizó silenciosamente, revelando una caja fuerte táctil. —Aquí guardo lo que el tiempo no ha podido destruir —dijo él, girándose hacia ella—. Pero antes de mostrarle el Códice, Condesa, debe comprender que el conocimiento tiene un precio.
Él se acercó demasiado, invadiendo su espacio personal. Elena sintió una oleada de asco, pero mantuvo la mirada fija. —Estoy acostumbrada a pagar por lo que quiero, Monsieur.
En ese momento, el teléfono de De Valois vibró. Él frunció el ceño y lo sacó del bolsillo. Al ver la pantalla, su expresión cambió de la lascivia a una furia fría.
—Vaya, vaya —dijo él, levantando la vista hacia Elena—. Parece que el control de seguridad en la entrada acaba de recibir una alerta desde Ginebra. La Condesa Alessandra Vieri murió en un accidente de esquí en Cortina hace tres años.
Elena sintió que su corazón se detenía. —Marc... —susurró para sus adentros.
—¡Elena, sal de ahí! —gritó Marc por el auricular—. ¡Han hackeado mi servidor externo! ¡Es una trampa!
De Valois sacó una pistola pequeña pero letal de su chaqueta. —Dime quién eres antes de que decida si tu rostro se vería mejor en un lienzo o en el suelo.