El despacho de Henri de Valois se convirtió instantáneamente en una olla a presión. Elena retrocedió un paso, sus manos en alto en un gesto de rendición fingida, mientras su cerebro procesaba las opciones a una velocidad suicida. El arma de De Valois apuntaba directamente a su pecho.
—¿Quién te envía? —preguntó él, su voz era ahora un siseo venenoso—. ¿Interpol? ¿El Mossad? ¿O acaso eres otra de las piezas perdidas de ese traidor de Moretti?
—Marc, ahora —pensó Elena con todas sus fuerzas.
—¡Cegadora en tres, dos, uno! —bramó la voz de Marc.
De repente, todas las luces de la galería se apagaron de golpe. Un segundo después, los aspersores de emergencia del despacho se activaron, lanzando una lluvia torrencial. Pero no era agua común; era un compuesto químico retardante que Marc había manipulado desde el sistema central para crear una niebla densa y opaca al contacto con el aire caliente de los radiadores.
En medio del caos y la oscuridad, Elena no huyó. Se lanzó hacia adelante. Sabía que De Valois no dispararía a ciegas por miedo a dañar su preciosa colección. Usando el sedante que llevaba oculto en su bolso, se abalanzó sobre él. El hombre intentó golpearla con la culata del arma, pero Elena esquivó el ataque y clavó la aguja en su cuello.
De Valois soltó un gruñido ahogado y sus rodillas flaquearon. Antes de que cayera al suelo, Elena le arrebató el mando remoto que llevaba en el cinturón.
—¡La caja fuerte, Elena! —gritó Marc—. ¡Tengo el código! Es la frecuencia de resonancia del azul ultramar: 4-6-2-9-1.
Con los dedos temblando por la adrenalina, Elena introdujo los números en el panel táctil. La pesada puerta de acero se abrió con un chasquido hidráulico. Dentro, envuelto en una tela de seda púrpura, estaba el Códice de las Sombras. Un libro grueso, encuadernado en piel humana según los rumores, que contenía la verdad sobre el expolio artístico más grande del siglo XX.
Lo metió en su bolso justo cuando la puerta del despacho era derribada por dos guardias de seguridad.
—¡Está aquí! ¡Abran fuego! —gritó uno de ellos.
Elena se lanzó tras el escritorio de mármol mientras las balas destrozaban los libros de la estantería. El aire se llenó de fragmentos de papel y polvo de cuero.
—No puedes salir por la puerta, Elena —dijo Marc, su voz ahora tensa—. La galería está rodeada por la policía de París y los mercenarios de la Fundación. Tienes que usar el balcón.
—¿El balcón? ¡Estamos en un segundo piso alto! —respondió ella, disparando su interferidor electrónico hacia los sensores de movimiento de la sala para crear falsas alarmas que confundieran a los guardias.
—Confía en mí. Hay un camión de basura posicionado justo debajo. El conductor es Julian. Él ha hackeado la ruta municipal. ¡Salta ahora!
Elena corrió hacia las puertas de cristal del balcón, atravesándolas mientras las balas le rozaban los talones. El frío de la noche parisina la recibió de nuevo. Miró hacia abajo: un camión de basura avanzaba lentamente, con la parte superior abierta. Sin permitirse pensar, Elena saltó al vacío.
El impacto contra las bolsas de basura fue brutal. El aire salió de sus pulmones y sintió un dolor agudo en las costillas, pero estaba viva. El camión aceleró inmediatamente, alejándose de la galería mientras las sirenas de la policía empezaban a inundar la zona.
—¿Lo tienes? —preguntó una voz desde la cabina del camión. No era Julian. Era una voz que Elena reconoció al instante, una voz que creía haber perdido para siempre.
La pequeña trampilla que comunicaba la parte trasera con la cabina se abrió. Dante Moretti, con el rostro cubierto de cicatrices nuevas y un brazo en cabestrillo, la miraba con una mezcla de alivio y orgullo.
—Dante... —Elena empezó a llorar, apretando el Códice contra su pecho—. Pensé que habías muerto.
—Soy difícil de matar, Elena. Especialmente cuando alguien tiene que enseñarte a terminar este cuadro —dijo él con una sonrisa débil—. Vámonos de aquí. Julian nos espera en el aeródromo de Le Bourget. París va a estar muy caliente mañana.
Mientras el camión se perdía por las callejuelas de París, Elena miró hacia atrás. La Galerie des Éphémères estaba rodeada de luces azules y rojas. Por primera vez en su vida, no se sentía como una víctima de la historia, sino como su autora. Tenía el Códice. Tenía a Dante. Y ahora, la Fundación Sombra iba a descubrir lo que sucede cuando intentas borrar a una restauradora que sabe exactamente dónde están todas las grietas.