El refugio de Julian Moretti no estaba en un mapa. Era una antigua estación de radar de la Guerra Fría, excavada profundamente en las entrañas de los Alpes franceses, cerca de la frontera con Suiza. Desde el exterior, solo parecía un saliente rocoso azotado por la ventisca; por dentro, era una catedral de fibra óptica, servidores refrigerados por nitrógeno y pantallas que monitoreaban el pulso del mundo.
Elena se sentaba en la mesa central, rodeada por el silencio metálico del complejo. Frente a ella, el Códice de las Sombras permanecía abierto. A diferencia de los archivos digitales de Marc, el Códice era una reliquia tangible. Sus páginas de vitela contenían mapas trazados a mano, coordenadas geográficas y una lista de nombres que harían caer gobiernos enteros.
—Es más que un inventario —susurró Dante, acercándose a ella con una taza de café humeante. Su brazo en cabestrillo era un recordatorio constante de lo cerca que habían estado de perderlo todo—. Es un mapa de ruta. La Fundación no solo roba arte; lo usa como moneda de cambio para comprar silencios en el Consejo de Seguridad.
Elena asintió, pero sus ojos no estaban en el libro, sino en el equipo de Julian. Eran siete personas en total, incluyendo a Marc. Estaba Sarah, una ex-analista del Mossad encargada de la logística; Kael, un especialista en infiltración táctica; y tres técnicos más que Julian había reclutado personalmente durante años. Todos ellos eran, en teoría, la familia elegida de los Moretti.
—Algo no encaja, Dante —dijo Elena en voz baja, asegurándose de que Marc, que estaba al otro lado de la sala, no pudiera oírla—. En París, De Valois recibió una alerta de seguridad desde Ginebra exactamente en el momento en que yo estaba entrando en su despacho. Marc dice que hackearon su servidor externo, pero Marc es el mejor. Un hackeo así no ocurre por accidente.
Dante se tensó. Su mirada recorrió la sala de control, observando a cada miembro del equipo. —Julian confía en estas personas con su vida. Han pasado por el fuego juntos.
—El fuego cambia a las personas —replicó Elena—. O quizás, algunas personas solo están esperando a que el fuego sea lo suficientemente grande para vender las cenizas.
Julian Moretti entró en la sala con el rostro sombrío. Su presencia siempre imponía respeto; era más corpulento que Dante y llevaba el peso del liderazgo como una carga física. —Marc ha detectado actividad inusual en la red encriptada. Hay un "latido" electrónico que sale de este búnker cada seis horas. Es una señal de ráfaga, demasiado corta para ser rastreada por métodos convencionales, pero constante.
La habitación quedó en silencio. El equipo dejó de teclear. La sospecha, como un gas invisible y letal, comenzó a llenar el aire.
—¿Estás diciendo que tenemos una filtración aquí mismo? —preguntó Sarah, cruzándose de brazos—. Hemos estado encerrados en este agujero durante diez días. Nadie ha salido, nadie ha entrado.
—Exactamente —dijo Julian, su voz resonando contra las paredes de hormigón—. Lo que significa que uno de ustedes está enviando nuestra ubicación. Y lo que es peor, está enviando fragmentos del Códice.
Elena sintió un escalofrío. El Códice no estaba solo allí para ser recuperado; era el cebo y la trampa al mismo tiempo. Miró a Marc, que evitaba el contacto visual, sumergido en sus líneas de código. Miró a Kael, que limpiaba su arma con una calma excesiva.
—Propongo un protocolo de aislamiento —sugirió Marc sin levantar la vista—. Apagamos la salida externa. Nadie usa la red hasta que yo encuentre el origen del "latido".
—Hazlo —ordenó Julian—. Pero quiero que todos entreguen sus dispositivos personales. Ahora.
Mientras los miembros del equipo depositaban sus teléfonos y tabletas en una caja de Faraday, Elena notó un pequeño detalle. Sarah dudó un segundo antes de entregar un pequeño llavero metálico. Fue un movimiento casi imperceptible, una micra de segundo de indecisión que solo alguien entrenado en observar la restauración de detalles minúsculos notaría.
—Elena —susurró Marc por el sistema de comunicación interno de sus cascos, un canal que solo ellos dos compartían—. No confíes en el protocolo de Julian. He encontrado algo en el registro de acceso de la cámara de seguridad de la noche que llegasteis. Alguien entró en la sala del Códice a las tres de la mañana. Borraron el metraje, pero dejaron un rastro en el búfer del sensor de peso de la mesa.
—¿Quién fue, Marc? —preguntó ella, sintiendo que el corazón le martilleaba en las costillas.
—No puedo saberlo por el peso, es demasiado impreciso. Pero el rastro digital lleva a una dirección IP interna que pertenece a... —La voz de Marc se cortó en un estallido de estática.
Elena miró hacia la consola de Marc. Él estaba forcejeando con su teclado. De repente, las luces rojas de emergencia empezaron a girar y una alarma ensordecedora rompió la calma del búnker.
—¡Brecha de seguridad en el nivel 1! —gritó la voz automatizada—. ¡Puertas de presión sellándose!
El búnker se convirtió en una trampa de acero. Alguien acababa de activar el protocolo de autodestrucción de datos, y en medio del caos, Elena vio cómo una figura se deslizaba hacia la salida de emergencia con un bulto bajo el brazo. El Códice ya no estaba sobre la mesa. La traición había dejado de ser una sospecha para convertirse en una carrera por la supervivencia.