El humo de los sistemas de extinción de incendios inundaba los pasillos del búnker. La visibilidad era casi nula. Elena corría por el corredor principal, guiada por la voz entrecortada de Marc en su auricular.
—¡Elena! El sistema ha sido saboteado desde la terminal de mando —gritaba Marc—. ¡Están bloqueando los ascensores! Si el topo llega al hangar inferior, escapará con el Códice.
Elena dobló una esquina y se encontró de frente con Dante. Él sostenía una pistola, su rostro era una máscara de furia y dolor.
—Es Sarah —dijo Dante, respirando con dificultad—. Julian la encontró en la sala de servidores. Ella le disparó, Elena. Julian está herido.
—¿Julian? ¿Dónde está? —Elena sintió un vuelco en el estómago. Julian era la roca del grupo; si él caía, todo el sistema se desmoronaba.
—Kael está con él en la enfermería. Sarah se dirige al túnel de ventilación que da al risco. Tienes que detenerla. Yo no puedo correr con este brazo, pero puedo cubrirte desde la sala de monitores si Marc logra recuperar el control de las cámaras.
Elena asintió y se lanzó hacia las escaleras de servicio. Mientras subía, su mente trabajaba a mil por hora. Sarah. La analista del Mossad. Tenía sentido. Tenía las habilidades, el acceso y la frialdad necesaria. Pero algo en la explicación de Dante le resultaba extraño. ¿Por qué Sarah dejaría a Julian vivo si su objetivo era el Códice y la aniquilación del grupo?
—Marc —llamó Elena en voz baja mientras se deslizaba por un conducto estrecho—. Necesito que verifiques algo. ¿Quién activó el protocolo de autodestrucción?
—El código de acceso fue el de Julian —respondió Marc, su voz temblaba—. Pero Elena, eso es imposible. Julian estaba en la enfermería según Dante.
—Marc, escucha con mucha atención. Necesito que rastrees el llavero que Sarah entregó. Dijiste que las cámaras fueron borradas, pero que el sensor de peso detectó a alguien. ¿Cuánto peso marcó?
Hubo un silencio de varios segundos, interrumpido solo por el tecleo frenético de Marc. —Setenta y ocho kilos.
Elena se detuvo en seco en medio del conducto. Sarah no pesaba más de sesenta. Kael era un hombre grande, de casi noventa kilos. Solo había una persona en el equipo que encajaba perfectamente con ese peso.
Dante Moretti.
El sudor frío resbaló por la espalda de Elena. Recordó la llegada a París, el rescate oportuno de Dante en el camión de basura. ¿Cómo sabía él exactamente dónde iba a caer? ¿Cómo había sobrevivido a una explosión en un tren que no dejó otros supervivientes? Dante no era la víctima; era el infiltrado. La Fundación no lo había capturado; lo habían reclutado o, peor aún, él siempre había trabajado para ellos.
—¡Elena, Sarah está en el hangar! —la voz de Dante volvió a sonar en su oído, urgente, persuasiva—. ¡Dispárale en cuanto la veas! No dejes que hable, tiene un transmisor para llamar a los equipos de extracción de la Fundación.
Elena llegó a la rejilla que daba al hangar. Abajo, Sarah estaba agazapada detrás de unas cajas, pero no tenía el Códice. Tenía un botiquín de primeros auxilios y estaba tratando de vendarse una herida en el hombro. No parecía una traidora escapando; parecía una presa huyendo de un depredador.
Entonces vio a Dante entrar en el hangar por la puerta principal. Ya no llevaba el cabestrillo. Movía el brazo con total normalidad mientras sostenía un silenciador profesional. Su rostro, el rostro del hombre que Elena amaba, estaba desprovisto de cualquier emoción humana.
—Sarah —dijo Dante, su voz resonando en el hangar vacío—. Fuiste un error de cálculo. Deberías haber muerto en la sala de servidores con mi hermano.
—¿Por qué, Dante? —gritó Sarah, con lágrimas de rabia en los ojos—. Julian te amaba. Elena te ama.
—El amor es una variable que no cabe en el nuevo orden —respondió él fríamente—. La Fundación me ofreció algo que Julian nunca pudo: un asiento en la mesa. No ser el perro que recupera las sobras, sino el dueño del banquete. ¿Dónde está el libro? Sé que lo escondiste cuando te diste cuenta de que yo era el que te seguía.
Elena, desde su escondite, sintió que el mundo se fracturaba. La traición de Dante era una herida más profunda que cualquier bala. Él no solo quería el Códice; quería eliminar a todos los que pudieran testificar su ascenso dentro de la Fundación.
—Marc —susurró Elena, con la voz quebrada por la traición—. Graba todo. Cada palabra.
—Lo estoy haciendo, Elena —respondió Marc, con una tristeza infinita—. Pero tienes que moverte. Él va a matarla.
Elena sacó su arma. Su mano, la mano de una restauradora capaz de reconstruir la belleza a partir de fragmentos, ahora se cerraba sobre el metal frío de un instrumento de muerte. Apuntó al hombre que una vez fue su luz en la oscuridad.
—Dante —dijo ella, saliendo de las sombras y dejándose ver en la pasarela superior.
Dante se giró lentamente, subiendo el arma hacia ella. Por un segundo, un destello de la vieja ternura cruzó sus ojos, pero desapareció tan rápido como una exhalación en el frío.
—Elena. Deberías haberte quedado en la enfermería. Esto no tiene que terminar contigo en el suelo. Entrégame a Sarah y el Códice, y te juro que te llevaré conmigo. Podemos dirigir la Fundación juntos. Tu talento y mi ambición... seríamos imparables.