Pecados, Sangre y Seda

El Precio de la Verdad.

El primer disparo de Dante impactó en la barandilla de metal, justo a centímetros de la rodilla de Elena. Ella se lanzó al suelo, rodando detrás de un pilar de hormigón mientras el hangar se convertía en un campo de tiro.

—¡Marc, libera los cierres del hangar! —gritó Elena—. ¡Necesitamos luz!

—¡Si lo hago, la Fundación verá la señal de baliza de Dante! —respondió Marc—. ¡Están a diez minutos de vuelo en helicóptero!

—¡Hazlo! ¡Prefiero que vengan ellos a que él nos mate en la oscuridad!

Las enormes puertas del hangar empezaron a abrirse con un estruendo metálico, revelando la noche nevada de los Alpes. La luz de la luna entró de golpe, bañando el hangar en un azul espectral. Dante se cubrió los ojos por un instante, y Sarah aprovechó ese segundo para lanzar una granada de humo que llevaba en el cinturón.

Elena bajó por la escalera de incendios a toda velocidad. El humo nublaba todo, pero ella conocía el terreno. Había estudiado los planos del búnker con Marc durante noches enteras. Se movió entre las cajas de suministros, escuchando los pasos pesados de Dante.

—No puedes huir, Elena —decía la voz de Dante, que parecía venir de todas partes—. Sé cómo piensas. Sé que no tienes el valor de dispararme al corazón.

Elena se detuvo detrás de un motor de avión en desuso. Tenía el Códice escondido dentro de su propia chaqueta; lo había recuperado de la mesa en el primer segundo del caos, antes de que nadie se diera cuenta. Sarah solo había sido el señuelo que ella misma había usado para atraer a Dante al hangar.

—No se trata de valor, Dante —gritó Elena—. Se trata de justicia. Mataste a Julian... tu propio hermano.

—¡Julian era débil! —rugió Dante, perdiendo por fin su compostura—. Estaba obsesionado con "devolver" el arte, con pedir perdón por los pecados de nuestro padre. Yo quiero el poder que ese arte representa. ¡Ese libro es la llave de un imperio!

Dante apareció de entre el humo, a menos de cinco metros de ella. Su rostro estaba desencajado. Disparó dos veces más, obligando a Elena a retroceder hacia el borde abierto del hangar, donde el precipicio caía verticalmente hacia el valle cubierto de nieve.

—Dámelo —exigió Dante, extendiendo la mano—. Dame el Códice y te dejaré vivir. Te dejaré en un pueblo perdido de Italia y nunca volverás a saber de mí. Es tu última oportunidad.

Elena sacó el libro. El Códice de las Sombras, el objeto por el que tanta gente había muerto. Lo sostuvo sobre el abismo.

—Si das un paso más, lo suelto —amenazó ella.

Dante se detuvo. Sus ojos brillaban con una codicia enfermiza. —No lo harás. Eres una restauradora. Amas los objetos bellos. No podrías destruir algo tan único.

—Te equivocas, Dante —dijo Elena, con una calma que la sorprendió incluso a ella—. Lo que amo es la verdad que los objetos representan. Y este libro solo representa tu ambición y la sangre de mi padre. Si tengo que elegir entre la historia y el hombre que se convirtió en un monstruo para poseerla... elijo el vacío.

En ese momento, el sonido de los rotores de los helicópteros de la Fundación empezó a vibrar en el aire. Las luces de búsqueda barrieron el hangar.

—¡Están aquí! —gritó Dante, riendo triunfante—. ¡Dámelo ahora o te dispararé y lo recogeré de tu cadáver!

Elena miró a Dante por última vez. Vio al hombre que la salvó en Ginebra, al hombre que la besó bajo la lluvia en Lyon, y al extraño que ahora le apuntaba con un arma. Con un movimiento rápido, Elena no soltó el libro al vacío. Lo lanzó con todas sus fuerzas hacia Sarah, que estaba recuperando la consciencia cerca de la cabina de control.

—¡Sarah, corre! —gritó Elena.

Dante, instintivamente, giró su arma hacia Sarah para detenerla. Fue el error que Elena necesitaba. Ella se lanzó sobre él con todo su peso, tacleándolo antes de que pudiera disparar. Ambos cayeron al suelo, luchando por el control del arma.

Dante era mucho más fuerte, pero Elena estaba impulsada por una rabia pura. Logró golpear la herida de su brazo —la que él decía tener y que ahora ella sabía que era real aunque fingiera lo contrario— y el arma salió disparada hacia el borde del precipicio.

Se quedaron jadeando, uno frente al otro, al borde de la caída. El viento de la ventisca les azotaba el rostro.

—Se acabó, Dante —dijo Elena.

—Nunca se acaba —susurró él. Intentó lanzarse sobre ella una vez más, pero un disparo resonó en el hangar.

Dante se detuvo. Miró hacia su pecho, donde una mancha roja comenzaba a extenderse sobre su camisa negra. Detrás de él, Julian Moretti estaba de pie, apoyado contra el marco de la puerta, sosteniendo un arma con manos temblorosas. Estaba pálido, con la camisa empapada en sangre, pero sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita.

—Hermano... —susurró Dante, antes de que sus fuerzas le fallaran. Dio un paso atrás, perdió el equilibrio y cayó al abismo, desapareciendo en la oscuridad y la nieve de los Alpes.

Elena se desplomó en el suelo, sollozando. Julian se acercó a ella y puso una mano en su hombro, mientras Marc llegaba corriendo desde la sala de servidores.

—Lo tenemos —dijo Marc, sosteniendo el Códice que Sarah le acababa de entregar—. Sarah está a salvo. Julian necesita un hospital ahora mismo.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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